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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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07 Diciembre 2019 04:06:00
¿Ya eligió su grupo?
La sociedad es la suma y luego la multiplicación de lo que somos cada uno de nosotros. Todos, sin excepción, tenemos responsabilidad en lo que pasa a nivel colectivo, aun cuando estemos convencidos de que los culpables son otros.

Cuando una persona no se pregunta cuál es su coto de responsabilidad en una situación social, y en consecuencia no se interroga sobre lo que puede hacer para mejorar las cosas, tenderá siempre, en su vida cotidiana, y hasta en los más mínimos detalles, a culpar a otros de lo que le sucede.

La forma en que nos conducimos en nuestra convivencia social, no solo individualmente, sino como miembros de determinados grupos (familiares, amigos, compañeros de trabajo o ciudadanos organizados), impacta a todo el país y a final de cuentas a todo el mundo, porque cada uno de nosotros coopera en cualquier situación en la que esté involucrado, incluso no haciendo nada.

Decía Manuel González Prada, gran pensador, ensayista y poeta peruano (1844-1918): “La vida pública se reduce a la prolongación de la vida privada, como la sociedad se reduce también al ensanchamiento de la familia, y nadie, por más agudeza de ingenio que tenga, puede señalar dónde acaba o dónde empieza la publicidad de un acto. Con uniforme oficial o traje casero, en el sillón de la oficina o en el sofá del dormitorio, el hombre conserva su identidad y vive la misma vida. El criminal es tan criminal en su casa como en la plazuela, la hiena es tan hiena en la jaula como en el desierto”. ¿Así, o más claro?
Y con este planteamiento en mente, reflexionemos sobre nuestra vida “privada”: ¿es congruente con nuestra actividad pública?, es decir, ¿nos comportamos en ambas como exigimos que se comporten los otros?, ¿tenemos una moral?, ¿somos fieles a ella o solo queremos imponérsela a los demás? Porque, mire usted, la congruencia es el fundamento de un ser humano valioso para sus semejantes. Aquel que no es congruente tendrá que mentir, fingir y simular.

Congruencia es lo más preciado que podemos llevar a cualquier grupo. A partir de ella podremos ser auténticos, honrados y establecer relaciones genuinas con los otros, para construir un colectivo que vele por los intereses comunes y aporte lo mejor de cada uno de sus miembros, multiplicado, a la sociedad.

Si ocultamos motivaciones e intenciones que serían rechazadas en el grupo, o establecemos complicidades en un tácito reconocimiento de la prioridad de los intereses personales, en lugar de las lealtades a los valores, estaremos usando a los demás y no podemos esperar más que ser usados por ellos.

Esta relación utilitaria es la que caracteriza a la mayoría de los grupos a los que pertenecemos por elección, porque desafortunadamente no ingresamos a ellos pensando en las metas del colectivo, sino en satisfacer necesidades personales.

En la humanidad predominan actualmente la actitud y la conducta individualistas. La mayoría de las personas están dispuestas a pasar por encima de sus semejantes para obtener lo que pretenden.

No obstante, somos tan dependientes de los grupos para sobrevivir y lograr tales fines, que permitimos que estos nos impongan identidades, tareas, objetivos y creencias a las cuales estamos dispuestos a empeñarles nuestra propia esencia. O sea, de una u otra manera “nos vendemos” o “nos regalamos” incluso.

Esta condición personal multiplicada en un grupo da por resultado un colectivo dañino para su sociedad, incongruente, simulador, que acusa a los enemigos de ser los culpables de la situación de todos, pero no se hace responsable por sí mismo o por sus miembros que demuestran que no hay ni verdad ni autenticidad en lo que se dice y hace. Háblese de una familia, un equipo deportivo o laboral, de un partido político o cualquier otra forma de organización humana.

¿Y usted, qué clase de colectivo integra?

30 Noviembre 2019 04:07:00
Identifíquese como quiera
En ningún aspecto de su vida el hombre puede vivir y desarrollarse aislado de su colectivo. El apellido nos identifica con un grupo, la edad con otro, igual que el género, la escolaridad, incluso nuestro estado de salud, código postal, raza y, por supuesto,
nacionalidad.

Todos estos son grupos de clasificación que nos otorgan características determinadas, y nosotros podemos o no convertirlas en parte de nuestra identidad; pero existe otro tipo de colectivos a los que pertenecemos por nuestra propia voluntad: religión, partido político, asociación civil, “la banda”, etc. Con estos nos identificamos a partir de intereses comunes, gustos, creencias, actividades conjuntas o colaborativas e ideologías. Estos llegan a ser nuestra estabilidad, fortaleza, poder, confianza, seguridad, etcétera, así que demás está decirle lo que puede afectar a un ser humano una ruptura con su colectivo por elección.

Es tan poderoso el campo de protección y autoestima de un colectivo para un individuo, que está dispuesto incluso a matar por defenderlo. Piense en los fundamentalistas o los terroristas. El efecto secundario de la pertenencia y la necesidad de seguridad del ser humano es que al formar un colectivo comienza a luchar contra otros, en lugar de cooperar. Los demás se convierten en enemigos.

Convertir en enemigos a los miembros de otros colectivos es, por cierto, uno de los recursos psicológicos más útiles para los políticos de corte populista. “Divide y vencerás”.

Un cisma de este carácter (la ruptura con un colectivo) puede llevar a una persona a un salto mentalmente evolutivo o a la desgracia personal, depende de qué historia se cuente a sí misma, porque de eso depende en realidad la felicidad o la infelicidad de un ser humano: de la forma en que nos contamos a nosotros mismos la historia, la nuestra, la ajena, la de la vida, la del mundo.

Es bueno comprender cuáles son los factores que afectan a un colectivo y a cada uno de sus miembros, para que si un día experimentamos una ruptura de este tipo, nos contemos la historia con una narrativa que nos lleve a crecer y no a arrastrar la cobija.

Comencemos por señalar que el común denominador de cualquier grupo es la identidad, o sea, el conjunto de rasgos comunes entre sus miembros, que caracteriza a nuestro colectivo frente a otros. Esa identidad da un sentimiento de unión y pertenencia, que es el principal adhesivo, o sea, el factor de cohesión grupal, al que se suma el nivel de satisfacción que obtiene cada miembro del colectivo en la actividad colaborativa, misma que depende de un liderazgo sólido y eficaz, que implica necesariamente no privilegiar a determinados individuos y propiciar una competencia sana, basada en los méritos y no las “grillas”.

Si ya no hay un sentimiento de unidad con el grupo, es porque ya no hay satisfacción personal en lo que puede obtenerse del trabajo en equipo. Esto puede suceder porque la persona ya no se identifica con las creencias comunes, aunque todavía no lo tenga claro ni haya formulado nuevas, porque el colectivo perdió sus objetivos, porque sus miembros están privilegiando sus propios intereses sobre los comunes, porque no tienen un liderazgo que dé la talla o por todos estos factores juntos.

Pues bien, si se encuentra usted ahora o algún día en esta situación difícil de manejar, no se sienta culpable por deslealtad: todo mundo tiene derecho a cambiar de opinión. Lo importante es saber que usted puede ser lo que quiera ser, no lo que le dicen que sea. Afuera le esperan otros.

Quedémonos con esta cita de Eckhart Tolle: “La mayoría de la gente se pasa la vida aprisionada en los confines de sus propios pensamientos. Nunca van más allá de un sentido de identidad estrecho y personalizado, fabricado por la mente y condicionado por el pasado”.
23 Noviembre 2019 04:07:00
Mientras más terco…
Vivimos en la época de la consecución de autoestima, nada más engañoso para el desarrollo humano, porque permítame decirle que solo la necesita quien se autodesprecia. Ni más ni menos. ¿Cómo reconocer el autodesprecio?: todo lo malo que pensamos de los demás y sentimos por ellos, en ese fuero interno “muy secreto”, es justo lo que pensamos y sentimos respecto de nosotros mismos.

Hay otra manera infalible de detectarlo: quien no acepta equivocarse ni que le lleven la contraria, se autodesprecia enmascarado con autoestima. Mientras más terco, más autodesprecio.

En fin, que no hay prácticamente ser humano que en algún aspecto de su personalidad no piense mal de sí mismo, e incluso se autodesprecie, simple y sencillamente porque somos seres sociales y nos “medimos” a nosotros mismos de acuerdo a los cánones que la sociedad nos impone, independientemente de la época, la cultura, la región y la religión.

Esos cánones nos son suministrados emocionalmente por nuestros padres en la infancia, negativamente en la mayoría de los casos, mediante expectativas poco realistas, maltratos verbales, ausencias físicas y/o afectivas, desatenciones, comparaciones, etc.

Si al incipiente auto rechazo de la niñez –que nos producen quienes se supone que debieran hacernos sentir valiosos–, sumamos frustraciones acumuladas, autoexigencias y descalificaciones propias y ajenas, arribaremos sin duda al autodesprecio, que es una actitud mental, a la cual va asociado necesariamente el odio por nosotros mismos, que es una emoción. La combinación de ambas nos devasta física y psíquicamente.

El autodesprecio es un callejón sin salida, porque las personas que han aprendido a odiarse a sí mismas solo ven lo que consideran su lado “malo” o deficitario. Cambiar el enfoque para estimarse a sí mismo implica relacionarse de una manera diferente con los cánones a partir de los cuales nos autodevaluamos, y por eso la autoestima es una trampa. Y, mire, esta es, justamente, la buena noticia.

Existen variadas definiciones de autoestima, pero vayamos a la más común y extendida: realizar valoraciones y juicios positivos sobre uno mismo, pero, sobre todo, creérselos. O sea, haciendo las mimas comparaciones que hemos hecho siempre para autodevaluarnos, obtendremos esta vez resultados favorables, porque cambiaremos la perspectiva. Ganaremos el juicio, y viviremos en juicio, porque la tendencia al autodesprecio subsistirá mientras lo haga la competencia.

La autoestima, se cree comúnmente, nos proporciona seguridad, reconocimiento y éxito en cualquier cosa que emprendamos. A partir de ella podemos establecer relaciones sanas y alcanzar la felicidad.

Pues déjeme decirle que estas creencias son parte de la trampa. La American Psychological Association ha encontrado que los altos niveles de autoestima están relacionados con el narcisismo, el egoísmo, la arrogancia, el autoengaño y la defensividad ante comentarios sinceros. O sea, cubre, pero no sustituye el autodesprecio.

Afortunadamente, la segunda buena noticia es que podemos relacionarnos con nosotros mismos más allá de la autoestima, es decir, trascender el terreno del ego, porque ese es el campo fértil para las valoraciones y los juicios, por muy positivos que sean.

El concepto correcto es autoconciencia, que es la capacidad de ser consciente de lo que pensamos, sentimos y hacemos. La mayoría de las personas se pone el “piloto automático” nada más despertar, y así transcurre todo su día, sin apenas saber de sí mismas.

La autoconciencia nos permite desprendernos de la competencia, de los pensamientos negativos o inútiles, de las emociones que envenenan y, sobre todo, cuestionar nuestras creencias, esas que nos han ido hundiendo.

A esto sigue la autoaceptación. Si los conceptos de bueno y malo que veníamos manejando ya no nos son útiles, ser exactamente como somos ya no tiene problema. Abrazarnos por dentro desde esta perspectiva es darnos el reconocimiento por el que tanto nos habíamos desgastado.

¿La autoestima es necesaria? Sí, pero no es la meta. A menos que quiera vivir estresado y ansioso por conseguirla, pase a la siguiente puerta.
16 Noviembre 2019 04:06:00
Paren al mundo
Los insaciables son huecos, infelices, insensibles y narcisistas. Ningún bien material, ninguna emoción, ninguna persona colma su sed de estímulos. Su conocimiento es impreciso y baladí. Son prejuiciosos, impulsivos, irreflexivos; casi siempre están ansiosos, angustiados, estresados, a punto de explotar.

Esta condición los hace manipulables por cualquiera que sepa darles el sobreestímulo que necesitan: publicistas, políticos, líderes de cualquier tipo y, claro, amigos y amores de alto riesgo.

¿Ya los ubicó? No es fácil, porque lo primero que hay que hacer es mirarse al espejo. Así es, sin importar la edad, casi todas las generaciones aún vivas respondemos en algún aspecto de nuestra vida, o en toda ella, al estilo de vida del insaciable.

Vea usted si no: hoy casi todos los pobladores del planeta estamos expuestos a la publicidad y la tecnología, las dos grandes formas de convertir seres pensantes y espirituales en autómatas de atención dispersa, adictos a los estímulos sensoriales continuos y las emociones fuertes, sumidos en la inmediatez compulsiva del consumismo.

Suena fuerte la descripción, pero veamos un solo día de la vida de cualquier de nosotros: desde la mañana estamos checando el celular para ver nuestros whatsapp y probablemente abramos nuestro Face o el Twitter para mirar por un rato las publicaciones y las últimas noticias. No respiramos profundo ni entramos en calma para comenzar la jornada, no. Buscamos el sobreestímulo de un chiste, un escándalo, un dejado en visto.

Durante el día, en nuestros quehaceres comunes, buscamos cualquier momento libre para consultar nuestras redes sociales. Con este hábito entramos en una necesidad constante de estar haciendo otra cosa en vez de concentrarnos en lo principal: el trabajo, el estudio o incluso la introspección. Nuestra mente se vuelve dispersa, vacua, olvidadiza, perezosa.

Para evitar el esfuerzo intelectual, nos conformamos con aquella información que nos proporcionan, y que generalmente lleva, abierta u ocultamente, una intención que no es precisamente la de nuestro equilibrio y bienestar, sino la de producirnos reacciones emocionales que nos impulsan a indignarnos, enojarnos, sentirnos insatisfechos y poca cosa si no se cumplen nuestros deseos materiales o no nos acercamos al prototipo de lo bello y exitoso.

Al llegar a nuestras casas en la noche, continuamos reforzando este patrón frente al televisor, uno de los primeros adminículos tecnológicos que nos permitió evadirnos del momento presente, de la convivencia con otros, del cumplimiento de responsabilidades, etc.

Y así, consumiendo constantemente estímulos que se convierten en emociones sin cauce ni objetivo, bienes materiales, información distorsionada y, sobre todo, distractores, ya ni siquiera somos capaces de escuchar atentamente a nadie por cinco minutos, porque la velocidad a la que nos habla nuestra cabecita loca nos tiene absortos en nuestros propios pensamientos, en los cambiantes deseos que experimentamos, en la ansiedad que todo ello provoca, y que acostumbramos calmar tan solo por unos momentos con la satisfacción inmediata y efímera de necesidades insaciables.

Por eso hoy en día técnicas de meditación como el “mindfulnes”, para cualquier persona, en cualquier momento del día y en cualquier actividad, son tan necesarias para hacer esas pausas que nos desenchufarán del acelere o, como decía Mafalda, para parar el mundo y bajarnos un rato.

El visionario Zygmunt Bauman, sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico de origen judío, nacido en 1925 y fallecido en 2017, llamaba a este tipo de vida de insaciabilidad, la modernidad líquida, y decía que “es una civilización de excesos, redundancia, desperdicio y eliminación de desechos”.

Nadie mejor que Bauman para explicar las consecuencias de la suma de los malestares individuales: “Por culpa de esa adversidad, tendemos a ir dando tumbos, tropezando con una explosión de ira popular tras otra, reaccionando nerviosa y mecánicamente a cada una por separado, según se presentan, en vez de intentar afrontar en serio las cuestiones que revelan”.

Una vez más, nos encontramos con que lo individual impacta a toda la colectividad.
09 Noviembre 2019 04:07:00
Lo fundamental
Pocos hasta ahora han puesto expresamente en duda que la democracia es la mejor forma de organización política, sea cual sea el régimen económico que se tenga. Sin embargo, hay una muy extendida sensación de que está en crisis, porque no ha podido proporcionar a la población el nivel de vida a que aspira.

Nuevos autoritarismos la han retado, y aunque no han planteado su terminación, sí que han impuesto un tipo de directismo democrático, es decir, un sistema que tiende a sustituir la democracia representativa por la directa, como una forma de legitimar decisiones ya tomadas.

Digamos una vuelta falaz a los orígenes griegos de la democracia, cuando las decisiones se tomaban mediante una participación directa de los ciudadanos. Pero hay que recordar, por cierto, que la mayoría de las personas no tenía derecho a voto.

Si todo habitante de la polis hubiese podido votar al llegar a determinada edad, la democracia directa no habría funcionado ni en Grecia. Puede ser muy oportuna o imprescindible en grupos de tamaño reducido, pero a gran escala hace inoperativo cualquier sistema, además de prestarse al populismo y, por tanto, la negación del interés general en favor del grupo que más presión ejerza o la mesa que más aplauda.

Ahora bien, los directismos democráticos suelen ser fachadas de los neofundamentalismos. Las nuevas tendencias de análisis político han extendido el concepto de fundamentalismo más allá de los movimientos religiosos. Hoy,
cualquier forma de organización puede ser enmarcada en ese término si cumple con tres requisitos básicos:

1.- Creer ser portadora de la “única verdad”.

2.- Anular o negar toda opinión diversa.

3.- Imponerse por cualquier medio.

Seguro ya estará encontrando ejemplos de autoritarismos fundamentalistas con estructura de directismo democrático. Pero lo importante de este fenómeno, es que no proviene de la forma en que los seres humanos se organizan, sino de sus actitudes personales, de sus miedos e inseguridades. O sea, “Dios los hace y ellos se juntan”.

Mire, piense en cuánta gente que conoce vive bajo los tres requisitos básicos del fundamentalismo. Piense además cuánta presión ejercen; lo avasallantes que son. Tienen mucho miedo a la incertidumbre. Necesitan desesperadamente fundamentos inamovibles para aferrarse a ellos, que por otra parte no son más que creencias. Se vuelven personas sumamente manipulables, pues su fragilidad ante aquello que las hace sentir amenazadas es campo fértil para sembrar emociones basadas en el miedo, como la indignación, la ira, el odio, la envidia, el resentimiento.

El que un individuo busque certezas no es un problema, pero la creencia de que solo imponiendo sus verdades puede alcanzar seguridad, es un peligro para todo el que le rodee. Siempre han existido este tipo de personas. De hecho, puede decirse que todos hemos sido ellas, porque la búsqueda de certezas y seguridades es, por lo menos, una etapa en la vida de cualquiera.

Ahora, ya sea que estemos en esa etapa o que así nos conduzcamos siempre, podemos convertirnos en un peligro para otros cuando, frente a determinadas condiciones económicas, políticas y sociales, como el deterioro de la convivencia social, el empobrecimiento paulatino, la inseguridad e incluso la ignorancia, nos organizamos para imponer nuestra “verdad”, generalmente en torno a un líder con sus propios intereses, que sabrá sacar provecho de tales situaciones, manipulando las emociones, de manera que podremos terminar siendo un colectivo fundamentalista sin siquiera darnos cuenta de que estamos llevando nuestras carencias y debilidades personales a la escena pública.

Los fundamentalismos son, además, el caldo de cultivo de los fanatismos y la violencia, azuzados con la creación de chivos expiatorios, para calmar los ánimos, que más tarde volverán a ser exacerbados, pues hay que mantener a la gente con el miedo muy activo y la indignación al borde, para que subsista el fundamentalismo.

Ahora, en un análisis personal: ¿cuánta incertidumbre resiste usted, como para no volverse un neofundamentalista?
02 Noviembre 2019 04:06:00
¿Está seguro?
“Cuando la mente está segura está en decadencia”.
Jiddu Krishnamurti

¿Qué es para usted la seguridad?: ¿Un estado permanente de cosas libre de preocupaciones?, ¿Una vida estable?, ¿Una situación o circunstancia exenta de riesgos y de peligro?, ¿Tranquilidad en el presente y certeza en el futuro?, ¿Confianza en que todo irá bien?

Sin importar cuál de estas opciones elijamos, o si tenemos alguna otra, lo cierto es que ningún ser humano escapa al deseo de sentirse seguro.

Dice el doctor en Filosofía, Javier Rodríguez Alcázar, titular de la cátedra en la Universidad de Granada, en su ensayo La Noción de ‘Seguridad Humana’: Sus Virtudes y Sus Peligros, que “nos gustaría no tener que preocuparnos por nuestra salud ni por la posibilidad de perder nuestro puesto de trabajo.

“Preferiríamos no tener que cuidarnos de los aditivos que se han incorporado a los alimentos que consumimos. Nos parece una quimera el poder caminar solos, a cualquier hora y por cualquier calle solitaria, concentrados en nuestros pensamientos y sin sentir que tenemos que mirar con recelo a nuestras espaldas.

“Quisiéramos tener la seguridad de que no nos faltará cobijo y alimento cuando ya no podamos valernos por nosotros mismos y la seguridad de que nadie vendrá desde otro lugar a arrebatarnos nuestra casa y nuestra cosecha.

“Nuestros miedos, en definitiva, son variados y provienen de fuentes diversas, pero tienen en común nuestro muy humano deseo de reducir en lo posible nuestros sufrimientos y nuestras angustias. Sin duda, todos sabemos que nunca nos veremos completamente libres de esos miedos, pero es igualmente cierto que todos aspiramos a evitarlos en lo posible”.

A todos nos gustaría, como estándar mínimo, el tipo de vida descrito. Hasta ahora es solo una aspiración, en casi todos los países del mundo. La tendencia del ser humano a evadir su “aquí y ahora”, único lugar desde el cual puede hacer algo maravilloso con su vida, convierte esta aspiración en una condición indispensable para sentirse seguro, que a su vez, cree erróneamente, es una condición indispensable para ser feliz.

Desde esta perspectiva, la humanidad seguirá yendo hacia su propia destrucción, pues nada podremos obtener de nuestras condiciones materiales de existencia que nos dé lo que estamos buscando. La realidad es que tenemos milenios equivocados en nuestra búsqueda. Depositado el motivo de nuestra seguridad personal y colectiva en las condiciones externas, vivimos en la mentira, eufemísticamente llamada hoy “posverdad”.

Nos mentimos creyendo que puede haber un estado permanente de cosas libre de preocupaciones, una vida estable, situaciones y circunstancias exentas de riesgos y peligros, tranquilidad en el presente y certeza en el futuro, confianza en que todo irá bien.

Y aferrados a estas condiciones inalcanzables, nos creemos cualquier mentira que nos digan, quien nos la diga, con tal de sentir una ficticia y, por supuesto, frágil y pasajera seguridad. Es decir, nos dicen lo que queremos oír y empeñamos la vida en defender la razón de esa persona, porque reafirma nuestro autoengaño.

Sin importar la corriente política, religiosa o filosófica que profese, aquel que nos prometa o nos proporcione el estatus que creemos necesitar para “ahora sí” poder dedicarnos a ser felices, nos está engañando, y le funciona porque eso es lo que estamos necesitando, ya que lidiar con la realidad es doloroso.

Estar y sentirse seguro siempre es antinatural, abate la creatividad, la capacidad de solucionar problemas y hasta las ganas de vivir, pues solo monotonía encontraremos en ese estilo de vida. Los miedos que nos aconsejan lo contrario son el origen de la inseguridad, no las circunstancias en que vivimos.

Lo que tenemos es que aprender a gestionar los miedos y la inseguridad, exactamente en el momento en que los estamos sintiendo, y no en un futuro que ni siquiera sabemos si vendrá. La única seguridad que podemos tener es que sabremos solucionar todo en el momento oportuno, justo porque no adormecemos la mente apegándonos al sentimiento de seguridad.
26 Octubre 2019 04:06:00
La paz que devasta
“No basta la buena voluntad si intentas apagar el fuego con gasolina”.
Roberto Fontanarrosa

Hay gente que vive en pie de guerra: de todo se queja, nada le gusta, siempre está molesta, reclama, amarra navajas, va por ahí murmurando sola, dice las cosas de la manera más ofensiva posible, sutil o abiertamente, y su risa suena fingida, amargada, malévola o cínica. A que ya puso por lo menos un nombre.

Es ese tipo de gente que acostumbra culpar a los demás de la forma en que se siente; recita todas sus cualidades y buenos actos antes de señalar los defectos y los errores ajenos; jura que todo sería diferente si quienes le perturban no estuvieran donde están y presumen de saber hacer las cosas mejor. A que ya creció su lista.

Se trata por supuesto de personas que están empujándolo a uno al límite, y cuando son confrontadas abiertamente, lo mismo con calma que con hartazgo… se quiebran, ya sea que se ofendan, continúen acusando sin cesar, en un drama in crescendo, nieguen que han venido pullando, pregunten llorando de qué se les acusa, evadan contestar, se den a la fuga, se contradigan o aseguren que nunca hicieron o dijeron lo que hicieron y dijeron. Supongo que sigue creciendo su lista.

Bueno, pues este es el tipo de personas con las que todos queremos llevar la fiesta en paz, y acostumbramos, para ello, darles “el avión”, pero siempre resulta peor, porque eso significa bajar la guardia, para volver a nuestro acostumbrado estado de contento y despreocupación, que tanto les molesta. Entonces, ¡zas!, nos vuelven a clavar la estaca, aguja, puñal, según que tan taimados y resentidos sean.

Es en estos casos cuando evadir el conflicto no significa vivir en paz, sino “ponerse de pechito”, porque estamos hablando de personas a las que tenemos que ponerles un límite claro, sean quienes sean y con toda la molestia interior que esto signifique.

Siempre hay conflictos porque, como dice el escritor estadunidense John Verdon: “La mente es una masa de contradicciones y conflictos. Mentimos para conseguir que otros confíen en nosotros. Escondemos nuestro verdadero ser... Perseguimos la felicidad de formas que nos alejan de ella. Cuando nos equivocamos, luchamos a brazo partido por demostrar que tenemos razón”.

Con estas actitudes, obvio, no se puede llegar a un acuerdo con nadie. Es echarle gasolina al fuego para apagarlo. Entre los individuos, como entre las naciones, la paz a cualquier precio puede ser devastadora. Así pues, hay que aprender a manejar el conflicto.

He aquí unos consejos:

* No dé “el avión”. Aprenda a ser fiel a sí mismo.

* No permita que la opinión de otra persona afecte su

autoestima.

* Respire, respire y respire, para mantener el autocontrol, oiga lo que oiga.

* Piense que no es personal en realidad. El problema es del otro.

* Sea amable, pero firme.

*Exprésese con la mayor claridad y calma que pueda.

*En cuanto vea que no hay disposición al acuerdo, corte.

*Nunca vuelva a intentar conciliar con personas que no tienen la intención de hacerlo.

*No es fácil. Es cuestión de práctica, por supuesto, de alejarse emocionalmente de eso que tanto nos molesta en medio del conflicto mismo, no para evitarlo.


Por lo general, no se nos educa, ni en casa ni en la escuela, para aprender a manejar el conflicto y llegar a acuerdos. El ejemplo ha sido siempre defenderse a capa y espada, acusar sin freno, no ceder, gritar, insultar y hasta golpear. Pero eso no es confrontar, es simplemente pelear, y nada resulta de tal actitud.

Confrontar es exponer el propio punto de vista y oír el ajeno con tolerancia, manifestar la forma en que uno se siente respecto de lo que otro hace, sin acusarlo, poner límites, para dar y poder, entonces, exigir respeto, buscar puntos de coincidencia y llegar a un acuerdo.

Pero, ciertamente, hay personas con las que no se puede. Acéptelo y ya.
19 Octubre 2019 04:05:00
Qué necesita
“Todos los problemas emocionales están en nuestra mente”.
Rafael Santandreu

Cuando hablamos de codependencia afectiva, lo común es pensar que se tiene exclusivamente respecto de otras personas, pero no es así. A final de cuentas, lo que pretendemos de los demás no es exactamente a ellos tal cual son, sino lo que puedan proporcionarnos para subsanar nuestras carencias de amor, pertenencia, atención, reconocimiento, etc., etc.

Cada vez que pensamos o sentimos que nos hace falta algo que no podemos proporcionarnos nosotros mismos, en lo que a nuestras necesidades emocionales respecta, estamos poniéndonos a merced no solo de personas, sino también de situaciones, circunstancias y cosas que no están bajo nuestro control.

Y es así que para todos nosotros existen requisitos personales y sociales, según nuestra cultura y subcultura, para obtener el estatus que nos granjeará los bienes materiales, las características corporales, las posiciones económicas y/o de poder que los demás exigen para estar en disposición de darnos lo que creemos necesitar.

Y viceversa. Es decir, nosotros exigimos en los demás determinado tipo de condiciones para aceptarlos, amarlos, reconocerlos, etc. El que se considere más necesitado en la pareja o el grupo será el más débil, y por tanto el que más abuso y maltrato sufra, porque una relación basada en la expectativa de que el otro satisfaga mis necesidades será siempre un fracaso, y la reacción no podrá ser otra que la frustración, el reclamo y la agresión, activa (del victimario o dominante) o pasiva (de la víctima o dominado).

Dependemos, entonces, de, por ejemplo, tener dinero, un automóvil, un cuerpo esbelto y torneado, ropa de moda, logros sociales, estudios, trabajo, etc., como monedas para el intercambio emocional en las relaciones en general.

En la sociedad actual, debido a la vacuidad y la premura con que vivimos, confundimos nuestros deseos con necesidades y las necesidades con carencias. Estas últimas son las que nos producen gran ansiedad y angustia. Su satisfacción es el objetivo primordial de nuestro subconsciente, el verdadero conductor de nuestras vidas.

Mientras más creemos necesitar más sufrimos. Decía el reconocido economista e intelectual Ernst Friedrich Schumacher, que “el fomento y la expansión de las necesidades es la antítesis de la sabiduría. Es también la antítesis de la libertad y de la paz. Todo incremento en las necesidades tiende a incrementar la dependencia de las fuerzas exteriores sobre las cuales uno no puede ejercer ningún control y, por lo tanto, aumenta el temor existencial. Solo reduciendo las necesidades puede uno lograr una reducción genuina de las tensiones, que son la causa última de la contienda y de la guerra”.

Ciertamente, hoy en día ya no se puede vivir sin dinero como no se puede vivir sin amor, pero así como rico es el que necesita menos dinero, poderoso es el que necesita menos amor.

El incremento de nuestras necesidades está íntimamente relacionado con el miedo a no satisfacerlas. De ahí que en el mundo moderno el miedo se traduzca en pensamientos de escasez (no hay bastante para todos), de desamor (no soy suficiente) y de inseguridad (estoy indefenso), entre otros.

Cuando pensamos y, por tanto, vibramos en esta frecuencia, las cosas buenas se alejan, porque lo que no está en la mente no está en la experiencia. Y comenzamos a creer, como si fuera verdad, que las cosas no están bien y van a empeorar, que ya no vale la pena esforzarse y otras ideas desalentadoras, que nos invitan a dejarnos vencer por el desánimo.

Bueno, pues también somos dependientes emocionalmente de esta forma de pensar. Cualquier otra que desmienta la tragedia de nuestras vidas será combatida por una retahíla de peros de la que apenas seremos conscientes.

Si alguien nos “mueve el tapete” con su optimismo, entraremos en pánico. Solo aceptamos aquello que refuerza nuestra idea de que la vida es dura y sufrida, y nos relacionamos con personas que piensen y sientan igual.


Todo está, pues, en nuestra mente.
12 Octubre 2019 04:05:00
El itinerario del desengaño
“Nada es tan difícil como no engañarse a uno mismo”.
Ludwig Wittgenstein

Ocultando y, sobre todo, ocultándonos que sabemos que nos mienten, decidimos aceptar las mentiras, no solo para que acepten a su vez las nuestras, sino, y ante todo, para que se vean cumplidas nuestras expectativas, sean personalmente generadas o inducidas directamente por otros. Lo cierto es que la regla es la frustración.

Es tan difícil confesarnos que negociamos nuestras relaciones con la moneda de la mentira, que la solución es creérnosla como si fuera verdad, pero eso no le quita su calidad de falacia. Lo común es, pues, el autoengaño. Pero es tan frágil y tan desgastante sostenerlo, que termina invariablemente en lo que conocemos como desengaño o desilusión, particularmente en su faceta de, como ya lo dije, frustración, es decir, se malogra lo que se esperaba, se priva de lo que se deseaba.

Pocas cosas hay tan peligrosas para el ser humano como la frustración de sus deseos. El deseo es la fuerza motriz de cualquier persona. La energía vital está compuesta de deseo. Quien nada desea solo desea la muerte.

Cuando no pueda o no quiera usted pararse de la cama una mañana, pregúntese qué deseo ha abandonado, que frustración se lo ha devorado, a qué anhelo ha renunciado. Manipulando deseos es como los grandes líderes del mundo, buenos o malos, controlan masas. Manipular no siempre tiene un fin perverso. Puede hacerse con buenas intenciones. El resultado, eso sí, no depende de la finalidad que se tenga.

Lo importante es entender que la manipulación es posible porque el ser humano continúa creyendo que la satisfacción de sus deseos está fuera de sí mismo, colocada hoy, en la agonizante modernidad, en los bienes materiales. La naciente posmodernidad, sin embargo, nos indica incipientemente que las expectativas estarán enfocadas específicamente en el servicio que nos provee la tecnología, sea propia o prestada.

Los créditos al consumo masivo le apostarán a la acelerada caducidad de adminículos que nos allegaremos para “satisfacer” nuestras necesidades materiales y emocionales, objetivo, en este último caso, que estará cada vez más lejano, pues el vehículo para alcanzarlo es justamente el intermediario que lo obstaculiza.

El desengaño, personal y colectivo, será, como ya lo es, el pan nuestro de cada día. En sociedades con altos índices de descontento por desengaño, la violencia civil crecerá. Ha sucedido, sucede y sucederá cuando la gente se da cuenta de que los derechos humanos son un bonito discurso, las promesas de justicia e igualdad “ganchos” mercadotécnicos y el incumplimiento, cotidianidad cínicamente negada.

Este es el patrón del desengaño, a nivel individual y social.

Los procesos colectivos son una reproducción masificada de los procesos personales, por eso son más lentos en manifestarse, transcurrir y agotarse, pero sus consecuencias son igualmente largas, extensas y multiplicadas. No se entra ni se sale de una crisis de buenas a primeras. El desengaño se viene anunciando, con “espectaculares” que nos negamos a ver durante el trayecto, porque no queremos verlos, simple y sencillamente.

Vamos distraídos en estériles diálogos interiores u obsesionados con un tema en particular. De cualquier manera, abstraídos de la realidad que se nos viene encima. Y claro, cuando el desengaño ya es innegable, reaccionamos explosivamente, porque veníamos conteniendo toda la presión de la verdad soslayada. En lugar de entender nuestro papel en tal desengaño, culpamos a los demás y nos ponemos una coraza de desconfianza.

Es en este punto donde cancelamos definitivamente la posibilidad de tener un contacto íntimo y afectuoso con la gente, con el alma de otro ser humano, porque la confianza es la única vía para el amor. “¿Qué soledad es más solitaria que la desconfianza?”, decía la escritora británica Mary Ann Evans, conocida por su pseudónimo masculino de George Eliot.

Cuando nosotros pensamos que los demás no son confiables. En realidad no lo somos nosotros. Se trata de una proyección resultado de un desengaño, cuya responsabilidad no asumimos.

05 Octubre 2019 04:03:00
Miénteme más
Si alguien pregunta a cualquiera qué cualidades valora y qué conductas exige, la veracidad, una de las principales vertientes de la honestidad, estará entre las primeras de la lista. Nuestra moral social aplaude la verdad y repudia la mentira. Sin embargo, nuestra realidad personal y colectiva es otra.

Tanto en relaciones interpersonales, como en interacción con personajes, sean políticos, religiosos, artísticos, etc., todos, o casi, estamos dispuestos a aceptar la mentira, y hasta llegamos a ocultar que nos damos cuenta de ella (sobre todo ante nosotros mismos) para obtener un beneficio, que puede ser de carácter material o una ganancia emocional, en autoestima, sentido de pertenencia o reafirmación.

Mientras más veraz, y por tanto honesta, se presume la gente, más miente. Esta es una gran verdad, porque estamos inmersos en el paradigma de que sin esta cualidad nadie sería aceptable, respetable ni digno de amor y confianza. Eso es lo que todos pensamos. Y probablemente esta creencia provenga más de un mal entendimiento y una sobreestimación de la verdad, que de una reflexión objetiva sobre la naturaleza de la percepción humana y la relatividad de lo veraz y verdadero.

Esto último quiere decir que no podemos ir por ahí diciéndole a la gente “sus verdades”, porque solo lo son desde nuestro punto de vista, pero tampoco podemos ocultarle información o mentirle descaradamente a quien quiere, le compete, tiene derecho y puede procesar la verdad, en aras de que vea solo lo que queremos que vea.
Sin embargo, es importante aclarar que la gente solo ve lo que quiere ver, aunque aquello que sea perturbador al efecto no esté oculto, sino completamente evidente y hasta cínicamente expuesto. Hay dos clases, pues, de simulación, la inconsciente y la intencional. Ambas, en realidad, igual de dañinas.

Lo cierto es que aceptamos la mentira mientras esperamos obtener algo a cambio, hasta que nos sentimos defraudados, engañados, decepcionados y muy probablemente furibundos. Entonces, a nivel personal, reclamamos, exigimos, regañamos, acusamos, desechamos a la gente o la castigamos, y a nivel colectivo, destrozamos ídolos, derrocamos tiranos, descalificamos por completo a figuras públicas y armamos desde manifestaciones hasta revoluciones.

Para nadie es un secreto que el debate público actual, en todo el mundo, está infestado de mentiras, de líderes de todo tipo que sin reservas dicen medias verdades, ocultan datos, deforman los hechos a su conveniencia, aseguran –con la gran seguridad que da la ignorancia o con el respaldo de información deformada para documentar la mentira– cualquier cosa que los demás quieran escuchar de ellos, por absurda que sea.
A esto se le llama hoy “posverdad”: una mentira emotiva (generalmente mediante el discurso manipulatorio de un líder que apela a la indignación colectiva), para distorsionar deliberadamente la realidad, con el fin de moldear la opinión pública e influir en las actitudes sociales.

Ahora bien, lo importante no es por qué miente una figura pública, eso es evidente, sino por qué aceptamos nosotros la mentira como verdad. O, en términos de vida cotidiana moderna, por qué las “fake news” enganchan a tanta gente.

Ya mencionamos lo obvio: obtener un beneficio, cualquiera que sea, pero detrás de ello, lo que en realidad hay es la intención de que la mentira se mantenga como sistema de relaciones en una medida aceptable, porque mostrarse al mundo tal cual uno es puede ser aterrador. De hecho, nos hace sentir completamente vulnerables.

Es decir, llevamos puesta una máscara ante los demás, y las más de las ocasiones ante nosotros mismos, porque no nos gustamos. Nos revestimos de una mentira que necesitamos que los demás crean y ellos a su vez hacen lo mismo. Nos hacemos cómplices.

Mientras más elaborada la máscara, más grande la mentira y, por tanto, más el miedo a ser rechazados y más la fragilidad y la debilidad.

Y esta es la gran verdad de la posverdad.
28 Septiembre 2019 04:04:00
Entre manipuladores te veas
Cuando menos en algún momento de nuestra vida, todos hemos sido manipuladores y manipulados. Hemos logrado que otros hagan lo que queremos y/o hemos hecho lo que otros quieren reactivamente, sin una reflexión previa, en respuesta a diversas tácticas para inducir pensamientos y emociones, sean sutiles, como la sugestión, o directas, como el chantaje emocional.

En ningún momento, o apenas, somos conscientes de esto, pues lo aprendimos en la práctica, como una conducta aceptable, una forma normal de relacionarnos con los demás, generación tras generación.

Aunque el término se asocie generalmente con el control egoísta y malintencionado de otros, la verdad es que puede existir la manipulación benévola, aquella que hacemos por el bien de la gente, que no se da cuenta que está o puede ponerse en riesgo o en peligro.

Todos la conocemos y hemos practicado. Se distingue porque es necesaria para conducir u orientar correctamente a personas que por su edad, condición mental o educativa no comprenderían determinada información. Por ejemplo, portarse bien en el año para que Santa Claus nos traiga regalos en diciembre, es una de las mayores manipulaciones benévolas y colectivas de la cultura occidental.

Desafortunadamente, todos o casi todos continuamos manipulándonos unos a otros por el resto de nuestras vidas, porque no sabemos recibir un no de una persona adulta que pondera lo que solicitamos abiertamente y tiene libre albedrío para dárnoslo o negárnoslo, sea compañía, amor, dinero, reconocimiento, etc.

Parecería intrascendente hacer algún esfuerzo para contrarrestar esto, si ya nuestras relaciones funcionan así hace cientos de años y van bien, ¿o no? Pero conformarse con este estilo de vida significa que seguiremos siendo como ovejitas ante las manipulaciones malévolas o al menos egoístas de que somos objeto en materia de religión, política, mercadotecnia, sistema financiero e información, sobre todo ahora que la comunicación no tiene límites en el mundo, ni de fronteras ni de contenidos.

Piénselo, mientras más manipulador sea alguien, más manipulable es, porque la manipulación se convierte, inconscientemente, en el factor de reciprocidad en cualquier relación: te permito manipularme si te vas a dejar manipular.

No hay peor loco que el que se cree cuerdo ni peor manipulado que el que se cree autónomo. De la euforia o la ira de gente que no duda ni un poquito sobre su enajenación, está hecho el fanatismo.

Cuando se trata de la manipulación de masas, uno de los objetivos principales es eliminar la capacidad de autocrítica, introduciendo en un conglomerado de individualidades mentales, repetidamente (mientras más tiempo y más veces, más efectivo), diversas ideas que resultarán en la sugestión de que “tienes razón. Los que no piensan como tú están equivocados, y por eso son tus enemigos”, patrón mental que derivará en la ausencia de crítica cuando se trate de un “nosotros”, es decir, de aquellos que son como yo.

Esos nunca se equivocarán, nunca mentirán, nunca serán deshonestos, porque para tener razón no se puede incurrir en ninguna de estas
imperfecciones.

Y este es el panorama que, cuando escala de un grupo, a sectores sociales e incluso a poblaciones enteras, produce fanatismos, enfrentamientos, comportamientos violentos, impositivos y totalitarios, compras de pánico, explosiones colectivas vandálicas, etc., etc.

Este tipo de manipulación social, y por tanto de control, sea religioso, político e incluso deportivo, se logra en base a prejuicios que conducen a desprecio, indignación, odio y hostilidad en
general.

Quien induce estas conductas siempre ofrece algo que el manipulado desea: justicia, dinero, venganza o cualquier otra cosa por la cual esté dispuesto a empeñar su dignidad. Como nadie quiere aceptar que puede empeñarla, es mejor el autoengaño, aceptar la sugestión del manipulador como pensamiento propio.

El manipulador, a su vez, necesita del manipulado para lograr sus propósitos, que pueden ser los de otro o los de su propia debilidad de carácter y su egocentrismo, de manera que también empeña su dignidad.

¿Algo de esto le suena?
21 Septiembre 2019 04:06:00
Sea su propio líder
Todos podemos, y debemos, aprender a ser líderes. Hay momentos en nuestras vidas en que nos vemos en la disyuntiva de tomar el control de una situación y/o de nosotros mismos, o dejarle a otros decisiones y acciones que nos incumben, para después culparlos de nuestros fracasos.

Quien aprende a ser buen líder de sí mismo, lo será de los demás, seguirá a buenos líderes a su vez y, sobre todo, tendrá dominio sobre su propia vida.

Ser líder no es difícil por las cualidades que hay que tener, sino por las responsabilidades que hay que asumir, como los errores, para estar en aptitud de dar ejemplo a los demás y obtener la templanza que permita imbuirles la fuerza que necesitan para lograr un objetivo.

Aquel cuyo ejemplo es diferente a lo que pregona, nunca será un buen líder. Y que conste que ese ejemplo puede ser incluso fingido, con el propósito –parafraseando a Confucio– de venderse bien; pero a final de cuentas debe ser congruente.

Un dirigente o ejecutivo, o sea, quien gobierna, rige, impone reglas y/o determina objetivos, no es necesariamente un buen líder, aquel a quienes otros siguen y emulan por sus méritos, y no por sus cargos o títulos; pero tampoco un buen líder será por fuerza un buen dirigente o un buen ejecutivo, si no es certero como tal.

Esos méritos han sido labrados en base a cualidades como las descritas por el general estadunidense Douglas MacArthur: “Un verdadero líder tiene la confianza para estar solo, el coraje para tomar decisiones difíciles y la compasión para escuchar las necesidades de los demás. Él no se propone ser un líder, sino que se convierte en uno debido a sus acciones y la integridad de su intención”.

Desde esta atinada descripción, todos podemos ser líderes, pero querer es otra cosa, porque implica compromisos, sacrificios y aprendizajes que probablemente prefiramos evadir para tener una vida cómodamente estancada en algún punto, que generalmente es la fundación de una familia.

Sí, desafortunadamente mucha gente cree que casarse y tener hijos es el objetivo de la vida, y se estacionan ahí a envejecer y morir poco a poco. Olvidan los planes y los deseos que antes los entusiasmaban. Este es el estado del ser en el que crece monstruosamente el miedo a la enfermedad, la vejez y la muerte.

Ser líder, ante todo, nos expone al rechazo, la descalificación, la crítica, cosas que a nadie le gustan. Hay que tener tamaños para tolerarlas sin que se venga abajo la autoestima.

Por otra parte, el liderazgo siempre beneficia al liderado, tanto si es en Gobierno de uno mismo, como de los otros. Hay quienes pretenden lo contrario, y hay muchos, de hecho, la mayoría: que sea el líder quien resulte siempre y más beneficiado.

Estos son los malos líderes, y son seguidos por quienes no pueden liderarse a sí mismos o, siguiendo el ejemplo, se lideran para alimentar su ego. Sin importar qué tan buenas o “justas” sean las causas que enarbolan, nada que hagan beneficiará realmente a quienes deben beneficiar.

Generalmente, son los conocidos como autócratas: controladores, concentradores de decisiones; no escuchan ninguna opinión que no vaya acorde a la propia y no aceptan cuestionamientos. Para no ser despojados de su poder, se escudan en otros que prefieren que les resuelvan las cosas o que se lideran a sí mismos de la misma manera.

Existen también los buenos líderes, los considerados demócratas, los que toman en cuenta todas las opiniones, delegan responsabilidades, buscan beneficiar equitativamente a todos y promueven la participación. Claro que el liderazgo democrático también puede ser un disfraz.

Ninguno de los dos le da gusto a todo el mundo. Pero al primero no le importa y el segundo hace lo mejor que puede. ¿Y usted, cómo se lidera y a quién sigue?
14 Septiembre 2019 04:05:00
¿Qué puede perder?
“No hay más realidad que la imagen ni más vida que la conciencia”. Azorín

La realidad es percepción; por tanto, modificable. Acostumbrada como está la humanidad a sentirse parte de, y no su origen, puede ser difícil cambiarla a nivel personal y, aún más, colectivo.

¡Eso ni siquiera se puede hacer!, pensaremos. Y al describir la realidad diremos que es cruel, triste, dolorosa y/o decepcionante, sin darnos cuenta de que tales afirmaciones son solo creencias, es decir, pensamientos elaborados a partir de la forma en que procesamos información y experiencias (percepción), y repetidos las veces necesarias para fijarse en el subconsciente, el verdadero arquitecto de nuestros destinos.

Todo pensamiento implica una emoción, de manera que una creencia es el origen de una forma persistente de sentir, positiva o negativa. Como nos sentimos es nuestra realidad, es decir, en la emoción está el poder. Un pensamiento sin emoción es una brizna de paja en un vendaval, no tiene fuerza alguna.

Por lo general, los seres humanos estamos acostumbrados a sentirnos mal, y cómo no, si creemos que todo aquello que deseamos y necesitamos tiene que venir de fuera, desde la “realidad”, y que esta casi siempre nos juega malas pasadas.

Esta manera de ver el mundo es lo que impide que todas las cosas buenas que deseamos lleguen a nosotros; boicotea todo lo que intencionalmente podamos hacer para nuestro bienestar, porque funciona en automático y nosotros le entregamos el mando.

Con estas ideas en mente, vayamos a un ejercicio para reprogramar el subconsciente, o sea, para darle nuevas instrucciones al arquitecto, y comprobar que la realidad es lo que se percibe, y lo que se percibe cambia cuando uno lo decide.

1. Identifique un área insatisfactoria de su vida. Por ejemplo, el amor de pareja.

2. Explore los pensamientos que tiene al respecto. Hay que comenzar teniendo claro que en la mayoría de los casos la gente no sabe lo que piensa, aunque crea que sí. Pídale a su mente que le muestre lo que en realidad piensa. Como ha dirigido su atención a ello, en algún momento surgirá uno de esos pensamientos subconscientes que conducen su vida, y usted podrá observarlo. Continuando con el ejemplo, podrá quizá darse cuenta de creencias como “los hombres son infieles”, “las mujeres son posesivas”, “celar es amar”, “el matrimonio es aburrido”, etc. Una vez detectado, verá la frecuencia con que ese pensamiento conduce su vida.

3. Así como piensa siente: ubique la emoción asociada al pensamiento. Esa es la que habrá que cambiar.

4. Analice el pensamiento para que vea que es muy irracional. Tiene que desactivarlo, dejando de creerle, en primera instancia. Para ello, sostenga un diálogo interno, hágale comprender a su pesimismo que es solo un punto de vista, no la verdad. El insistirá y usted también. Deberá desactivarlo cuantas veces sea necesario.

5. Cree una frase en positivo para oponerla al pensamiento negativo. No debe superponerla a este, porque no funcionará.

6. Busque en su vida una experiencia que contradiga la idea negativa sobre el amor de pareja. Seguro la encontrará, pero se dará cuenta de que no la percibió debidamente. El objetivo es crear una emoción positiva asociada al pensamiento.

7. Varias veces al día, las más que pueda, relájese, siéntase en paz por unos momentos, busque la emoción positiva, siéntala mientras repite la frase asociada, varias veces. Haga esto por 21 días mínimo, para anclarlo al subconsciente.

8. Habitúese a esta práctica, en todos los ámbitos de su vida, pues crea un patrón neuronal que se irá fortaleciendo y extendiendo conforme usted lo reafirme, y eso le hará cada vez más fácil el cambio.

9. Deberá desactivar las ideas y emociones negativas una por una, aunque pertenezcan a una sola creencia general. Sentirá los efectos de la autosugestión –porque así se llama está técnica–, desde la primera vez.

¿Qué puede perder, que no sea angustia?
07 Septiembre 2019 04:00:00
Elija su máscara
Vamos enmascarados en la vida para ocultar nuestras heridas abiertas, el dolor que sentimos y el miedo a ser lastimados de nuevo. Todos, sin excepción.

Nos defendemos huyendo o atacando, conductas que creemos nos mantendrán a salvo; sin embargo, son lo más revelador de la herida para el buen observador.

Afortunadamente, quien puede ver nuestra herida con claridad es, por lo regular, gente que nos puede ayudar porque ha pasado por lo mismo. De-safortunadamente son los menos.
Los más tienen el tino de echarle sal. Su actuar dañino es por lo general aprendido o intuitivo. Están igualmente dañados y no han sanado; reparten dolor y resentimiento para desquitarse con otros. O sea, los clásicos que no buscan quién se las hizo, sino quién se las pague.

Por último, estamos nosotros ante nosotros mismos, tratando de ocultarnos la herida, para no sentir dolor, pero terminamos ahondándola, e incluso nos la rascamos para ser buenas víctimas, las mejores. El mundo está lleno de víctimas porque las personas viven rascándose las heridas y poniéndose en situaciones en que los otros confirmarán que las merecen.

El primer paso para sanarlas es reconocerlas, lo que podemos hacer a través de las máscaras que las ocultan. Si las vemos en los demás, también son nuestras. Lo que te choca te checa. Veamos, por ejemplo, la herida más fuerte: el rechazo, que nos hace dudar hasta de nuestro derecho a existir. Sus máscaras son “el misterioso(a)” o “don perfecto(a)”.
El rechazo inicial proviene, por supuesto, de nuestros padres. Nos marca más el progenitor del mismo sexo, porque es el que nos da identidad.

Ser rechazado no es únicamente ser alejado o abiertamente despreciado, implica también ser descalificado, invalidado o nulificado en nuestras opiniones y/o acciones.

Es decir, todos fuimos rechazados en nuestra infancia de una u otra manera, con mayor o menor frecuencia y con más o menos dureza, con gritos o silencios; presencias exigentes o ausencias inexplicables; encierros, chancletazos o cinturonazos, incluso con burlas o con maneras suaves, pero palabras devastadoras.

La combinación de los diversos factores mencionados es lo que hace más o menos profunda la herida y define la forma en que la enmascararemos. Los silencios, los golpes, las presencias exigentes y las burlas hacen a la gente huidiza; por tanto, se enmascarará como “misterioso(a)”, el o la que nunca se compromete, no se deja conocer, no se queda todo el tiempo en una reunión, escucha mucho o lo aparenta, pero no revela nada de sí misma. Está, pero no está, siempre tiene algo que hacer en otro lugar y, en muchas ocasiones, nadie sabe a qué hora se fue. No se interrelaciona profundamente ni con su familia. En el extremo, los sicópatas pertenecen a este grupo.

Los gritos, los encierros (por paradoja), las ausencias inexplicables y las maneras suaves, pero con palabras devastadoras (sarcasmos y descalificaciones como “tú no entiendes”, “no seas tonto”, “inútil”, “no seas dejado”, “no te metas”, “cállate”, etc., etc., hacen a la gente demandante de atención y, por tanto, del reconocimiento del cual esta debe ser vehículo.

Estos usarán la máscara de don perfecto. No solo tenderán a no admitir sus errores, sino que hablarán constantemente de sí mismos. No les interesará oír las historias ajenas y llevarán la conversación hacia las propias cada vez que tengan oportunidad, incluso de manera forzada. Contarán sus hazañas, percepciones, vivencias y formas de pensar y reaccionar como las correctas. Las relatarán una y otra vez para reafirmarse a sí mismos, siempre ante una audiencia, aunque sea de uno. En el extremo, los mitómanos pertenecen a este grupo.

Para sanar esta o cualquier otra herida, nada mejor que perdonar, cuando se esté listo, porque es un proceso, no un suceso. El resentimiento es el peor veneno: lento y destructivo como ninguno. Cuando no perdonamos, envenenamos inevitablemente a los demás, como hicieron con nosotros.
31 Agosto 2019 03:00:00
Cuando llueve sobre mojado
“Nunca tomes una decisión cuando estés enfadado, triste, celoso o enamorado”.
Mario Teguh


Nuestros problemas no se deben a factores externos a nosotros, ni como individuos ni como sociedades; son resultado de una baja capacidad de autogestión emocional. Nuestro ámbito interior no es, como siempre creímos, cosa nuestra; lo que sentimos afecta a otros y viceversa, para bien y para mal.

Atrás, aunque muy poco a poco, están quedando esas ideas de lo privado como cuestión puramente personal, intocable e inocua, puesto que lo que sucede de la puerta del vecino para adentro, o de la nuestra, tendrá necesariamente un impacto público.

Lo que ocurrió en casa de Hitler durante su infancia no solo lo marcó a él, sino a todo el mundo; e igualmente sucedió, positivamente, en el caso de, por ejemplo, la madre Teresa de Calcuta. En nosotros está la decisión. Lo indudable es que no podemos exigir el bien si damos el mal. No porque sea injusto, sino porque es imposible.

La diferencia entre elegir el bien o el mal está en la forma positiva o negativa en que manejamos las emociones, no en nuestras intenciones.

Para cualquier ser humano, la emoción más difícil de manejar es el dolor. El miedo al dolor está en el fondo de todas aquellas conductas humanas que resultan en injusticia y guerra. Hablo de abuso, abandono, maltrato, violencia, crueldad, etc.

Y esto es porque hay una curiosa y aterradora forma humana de gestionar el dolor emocional, que lo empeora todo: sufrir; es decir, rechazar el dolor que se siente provocándose más, pero de otro tipo, lo cual tiene el efecto de desviar la atención o bajar la intensidad de aquel que creemos nos matará. De esta manera, no se va el malestar, pero se vuelve manejable.

Esta conducta tiene una manifestación física, conocida como autolesión. Consiste en producirse a sí mismo heridas corporales. Cuando una persona siente mucho dolor, o incluso solo miedo al dolor, y se resiste a él, aprende que dañarse físicamente reduce la intensidad del sufrimiento de manera inmediata.

Bueno, pues la autolesión tiene una versión puramente emocional. No hace falta quemar la piel con cigarros o cortarla con navajas si se puede, por ejemplo, tener sexo por despecho, tomar cualquier tipo de venganza, traicionar antes de ser traicionado, abandonar antes de ser abandonado, fugarse en los excesos, “ponerse a tiro”, o sea, colocarse en situaciones en las que seremos lastimados, etc.

Si le suena conocido es porque casi todos lo hemos hecho alguna vez o lo hacemos todavía. Son caminos de dolor en cuyo recorrido nos herimos a nosotros mismos, queriendo herir a los demás, o herimos a los demás, queriéndonos herir a nosotros mismos.

Hagamos lo que hagamos, seguiremos sufriendo en tanto sigamos rechazando el dolor que no sabemos manejar, y que muy probablemente ni siquiera estemos sintiendo, porque lo hemos ido manteniendo al margen con conductas autodestructivas.

Así pues, aprender sobre la naturaleza del dolor, sobre cuál es su función y qué beneficios trae a nuestras vidas; saber que sí es tolerable, que pasa y que existen muchas formas de gestionarlo, siempre y cuando lo aceptemos plenamente, es la vía para construir un mundo mejor, por contraposición a la que hasta ahora hemos seguido.

El dolor, el bueno, el real, no el sufrimiento, es suave, aunque profundo y benévolo por liberador. Solo hay que acogerlo y saber compartirlo, porque nos une estrechamente a otros y a nosotros mismos.

Así pues, busque gente que tolere su dolor, que no lo invalide aconsejándole que no lo sienta; acepte sus emociones, todas; dialogue con sus pensamientos negativos, verá cuán irracionales son; ponga límites, a sí mismo y a otros, para no exponerse innecesariamente; elimine las preocupaciones, viva un día a la vez y, sobre todo, quítele las telarañas mentales al llanto para que pueda llorar cuando haya que hacerlo y cuando no, también.
24 Agosto 2019 03:52:00
No discutamos
“El que tiene razón ha de reír y no enfadarse”
Conde de Riverol


Discutir tiene dos significados básicos. Uno escasamente practicado: examinar atenta y particularmente una materia entre dos o más personas; el otro se ha convertido conceptualmente en la esencia del término: contender y alegar razones contra el parecer de alguien.

Esto es porque discutir en el primer sentido de la palabra es todo un arte… emocional. Efectivamente, no alterarse ni ser vehemente, sarcástico o impositivo es algo que muy pocas personas pueden hacer.

Tratar de entender las razones y motivos del otro requiere ecuanimidad, pero sobre todo humildad para aceptar que podemos estar en un error, porque a eso nos expone escucharlo atentamente, en lugar de estar pensando qué vamos a contestar.

Estamos tan identificados con nuestras creencias, que pensamos que somos ellas, y las defendemos con la furia de un ego inflado, que le niega paso al alma en un simple intercambio de ideas y, aún peor, en una
relación.

Nuestro ego nos dice que ser derrotados en una discusión es perder el poder, al que nos aferramos porque creemos, erróneamente, que nos granjeará directamente el amor que necesitamos, con sus implícitas aceptación irrestricta y valoración, o que lo hará previa prosperidad económica. O, en su defecto, nos garantizará la sumisión y la envidia ajenas, porque el que no sabe perder no sabe ganar, ni acompañar ni estar
acompañado.

Cuando no cedemos nos quedamos solos, al menos respecto de quienes querríamos cerca, porque podemos escuchar atentamente a gente que no es relevante para nosotros, de la que no pretendemos nada, pero nos cerramos ante la gente que nos importa, nos negamos a darle la razón por miedo a ser heridos.

Discutir es ceder estratégicamente, ceder no es perder, es propiciar el acuerdo. Imponernos a “gritos y sombrezos” jamás servirá. Solo provocaremos resistencia.

El que quiere prevalecer sobre el otro y hacerle cambiar de opinión es el ego, no el ser que ama y respeta. Las parejas que constantemente discuten a gritos y se acusan una a otra son dos egos atacando y defendiéndose. Ninguno escucha al otro, pero exige ser escuchado. La pelea sin pacificación –acaloradas discusiones que no llegaron a acuerdos– va creando resentimientos, que son más adhesivos que el amor. Dos personas pueden permanecer juntas toda la vida justo porque se odian, tratando de cobrarse deudas y ofensas entre sí. El amor siempre deja ir, e incluso aleja aquello que lo hiere.

El conflicto que se manifiesta en una discusión proviene de las formas en que se ve uno mismo frente a los otros, en que creemos que ellos nos ven y en que realmente nos ven.

Esto es: “tengo razón, esa es la forma en que me veo; por tanto, tú estás equivocado, porque no coincides conmigo; yo creo que tú sabes que tengo razón y por eso te alteras; en tanto, tú consideras exactamente lo mismo respecto de mí”. Un callejón sin salida.

Esta es una de las maneras más comunes que tenemos para acabar con relaciones amorosas, amistosas, profesionales. Podemos volvernos insoportables.

Curiosamente, todos queremos armonía con los demás. Pretendemos amor, respeto y reconocimientos, sin darlos, puesto que “siempre tenemos la razón”. He conocido gente que ni a punto de morirse acepta un error que sabe que cometió, mucho menos pedir una disculpa.

Saber discutir es escuchar a los demás sin sentirnos atacados, aún cuando nos acusen directamente, para saber qué pasa por sus corazones y su mente, con el propósito de encontrar la mejor forma de dirigirnos a ellos, de manera que se sientan apreciados, para que a su vez estén receptivos a nuestro punto de vista.

Desafortunadamente, para aprenderlo, es necesario adquirir antes la habilidad de parar una discusión acalorada y convertirla en diálogo. eso requiere que no nos tomemos nada a personal. Bájele una rayita y luego otra. pruebe, verá cómo se arreglan muchísimos problemas en su vida.



17 Agosto 2019 04:00:00
¿Y usted se la cree?
No hablemos ya de ser feliz. Palabras mayores. Si usted quiere estar medianamente tranquilo, aléjese de los infalibles, esos narcisistas que nunca se equivocan, no aceptan críticas, combaten a muerte en un debate o ni siquiera entran en él, para no arriesgarse a perderlo, y desvían el tema con argumentos falaces.

Un narcisista siempre está representando a un personaje digno de admiración o incluso adoración, pues ama ser llenado de flores y cumplidos. Exigirá a aquellos sobre los que tiene poder que miren solo su reflejo hermoso, no directo a su persona, que no lo cuestionen, que hagan lo que ordena y que le aplaudan.

No habrá en la vida de las personas que lo rodeen, y decidan quedarse en su esfera de influencia emocional, tiempo para sí mismas. Tan demandante es, que no les dará oportunidad ni espacio para darse cuenta de las mentiras que un narcisista necesita elaborar para construir esa imagen de infalibilidad con que se presenta a los demás, pero sobre todo a sí mismo.

El narcisista es inmaduro porque necesita, ante todo, mentirse a sí mismo. Y como nunca se equivoca, los demás tienen la culpa de todo. Es irresponsable no solo respecto de errores que no admitirá jamás haber tenido, sino en sus críticas a los demás, que serán siempre tramposas y destructivas, orientadas a manipular emocionalmente a sus ciegos adoradores, narcisos a su vez, para cubrir cualquier rastro de la propia falibilidad, cualquier imperfección en su imagen.

Quien se adora a sí mismo tenderá a ser un megalómano: el gran salvador, el magnánimo, el héroe o el más sabio, hábil y experto; al mismo tiempo podría -se dan no pocos casos- pretender que su “grandeza” radica en ser el más humilde y amoroso de los servidores.
En cualquier situación en la que tengamos que enfrentarnos o soportar a un infalible -la casa, la oficina, un lugar público- siempre intentará hacerse con el poder, pretendiendo que con ello tendrá la razón. Falacia que no pocos creen incuestionable.

Paul Krugman, Premio Nobel de Economía, considera que la humanidad padece hoy una extraña epidemia de infalibilidad. Y ha dicho también -cosa que ha quedado muy clara ya en todo el mundo- que la política determina quién tiene el poder, no quién tiene la razón.

Mientras más poder, más infalibilidad. Es la regla del narcisista, en cualquier actividad a la que se dedique, porque no tiene que ver con esta, sino con su ego, que se defenderá más a medida que más destaque, porque habrá ciertamente más personas juzgándolo y, aquí está la clave, con la misma o más saña que él o ella utilizó para atacar a esos o a otros enemigos. Se trata de una proyección. El inmaduro pone en el otro sus propias intenciones. Por eso tiene tanto miedo. Es, además, un sociópata: lo que está permitido para él, no lo está para los demás.

Lo que cree su fuerte, es realmente su talón de Aquiles: el infalible no mejora, no progresa, porque no comete errores, imprescindibles para aprender, cambiar, trascender y conseguir lo que se pretende.

El infalible, extrañamente, piensa que si no admite sus errores es más fuerte y tiene mayor control sobre sí mismo y los demás. Mientras los otros se van dando cuenta de la realidad, él sigue protegiendo su ego, como en esta reveladora cita del humorista Dave Barry: “Discuto muy bien. Pregunten a alguno de los amigos que me quedan.

Puedo ganar una discusión sobre cualquier tema, contra cualquier oponente. La gente lo sabe, y me evita en las fiestas. A veces, como signo de gran respeto, ni siquiera me invitan”.

Los narcisistas son muy comunes. En realidad, proliferan. Si usted no tiene un narcisista en su vida, es porque quizá sea su propio narcisista.
10 Agosto 2019 03:01:00
Generalmente
Imagine exactamente lo que quiere, para que pueda conseguirlo. Una gran verdad, sin duda. Se hace a través del proceso mental de intención-atención-concentración, que crea nuestra experiencia de vida. Donde ponemos el ojo mental, generamos realidades materiales e inmateriales.

Pocas veces nos damos cuenta de qué hicimos mentalmente cuando cumplimos un propósito, y casi nunca estamos conscientes de la forma en que provocamos lo que nos pasa, bueno o malo.

Por ejemplo, si dedicamos buena parte del día a darle rienda suelta al miedo, lo que tememos sucederá, porque estamos concentrados en eso y nos ubicaremos en el lugar y el momento precisos para vivir la experiencia.

Como la mente lleva la batuta en la orquesta de nuestras vidas, prácticamente sin intervención de nuestra voluntad, porque ignoramos cómo funciona, casi todos vamos por la vida preguntándonos por qué a mí, cada que nos pasa algo que consideramos malo.

Y nos pasa debido a que somos capaces de imaginar detalladamente aquello que no queremos que suceda en nuestra vida, pero casi nunca creamos imágenes precisas de lo que sí deseamos, porque esto requiere un proceso consciente en la mayoría de los casos. Las excepciones son aquellas en las que nos obsesionamos por un logro en particular, de manera que echamos a andar la maquinaria del subconsciente para que se dirija hacia allá.

El error básico consiste en generalizar, proceso mental que solo debe ser una etapa del razonamiento, no su hogar. “Quiero sentirme seguro(a)”, “quiero ser feliz”, “quiero tranquilidad”, “quiero una buena pareja”, “quiero estar saludable”, “quiero tener mucho dinero”, “quiero no tener que preocuparme por mis hijos”, y añádale “quieros” sin una sola precisión.

Nuestras generalizaciones nos paralizan y estancan. Casi nunca definimos de qué están compuestos todos esos deseos. Saberlo es el principio para encaminarnos hacia su logro paso a paso.

¿Qué situaciones y relaciones me dan seguridad, felicidad y tranquilidad?, ¿qué características debe tener una buena pareja?, ¿qué necesito para estar saludable?, ¿cuánto es mucho dinero y qué hay que hacer para tenerlo?, ¿cómo debo educar a mis hijos para no preocuparme por ellos?, o quizá ¿qué debo hacer para no convertir la preocupación en una actividad mental dominante y desgastante?

Generalmente no lo sabemos. Esta frase es un ejemplo de para qué sirve la generalización: hacer una afirmación sobre algo que nos es común a muchos o a todos, como punto de partida para un análisis detallado del contenido de la generalidad, que nos revele información valiosa.

Las generalizaciones hechas pasar por verdades absolutas son muestra de gran ignorancia, porque generalizar es solo el principio del conocimiento, no la conclusión. Convertimos la experiencia en una idea de cómo funcionan las cosas, y a partir de ahí investigamos.

Hay dos tipos de generalización: incompleta (casi siempre, por lo regular) y completa (siempre, nunca, todo). Los seres humanos usamos esta segunda para convertirla en creencia, esté bien o mal fundada, ya que la primera siempre deja un espacio de duda, no permite la contundencia, por tanto, no nos da la razón completa, que es lo que buscamos en una discusión.

Creemos y decimos cosas como: “todos los hombres son iguales”, “todas las mujeres son complicadas”, “todos los jóvenes son rebeldes”; afirmaciones cuyas excepciones son tan numerosas que en realidad podrían ser la regla.

Es común, por otra parte, que quien refuta una generalización intente anularla con solo una excepción. Esto se llama falacia casuística, y solo impacta el ánimo de quien se aferra a una creencia más allá de lo saludable.

Las redes sociales están llenas de ejemplos de confrontaciones entre la generalización y la excepción como verdades absolutas en ambos casos. Nuestro apego a tener la razón nos impide ver el detalle o nos estaciona en él, y esto, a su vez, nos estanca en la vida, porque obstruye el ejercicio imaginativo que creará la realidad que deseamos.

03 Agosto 2019 03:20:00
La era del drama
La importancia del drama en la psique humana es inmensa e insustituible. Lo que el drama nos da es nada más ni nada menos que sentido de vida, ya sea que nos parezca horrible, bella o, paradójicamente, ambas.

El drama es el oxígeno de las emociones, que son la sal y la pimienta de la vida. Sin ellas, existir no tiene sabor ni color. A lo largo de su historia, el ser humano ha buscado incontables formas de dar intensidad a sus emociones, cualesquiera que sean éstas; sin contar al amor, el único sentimiento que nos recuerda nuestra naturaleza divina, pero que, por cierto, en nada se parece a lo que creemos que es ni, obvio, a los edulcorantes emocionales que usamos para sustituirlo.

No hay nada que dé más intensidad emocional que la imaginación desbordada en drama, las imágenes mentales de escenas y situaciones donde se es la víctima, el justificado victimario, o el héroe salvador.

O sea, son los pensamientos los que detonan poderosas descargas hormonales que se convierten en esa excitación emocional que conocemos como “sentir que estamos vivos”, más intensa mientras más intrincado sea el drama de nuestra vida, que no solo provendrá de la alegría y el dolor con que hayamos transcurrido nuestras infancias, sino del drama con que nuestros padres hayan construido su propia vida.

Cuando el drama se convierte en melodrama, la vida suele arruinarse, porque estará llena de mucho más dolor y carencias que de alegrías. Nace el proceso que conocemos como adicción, que, leve o severa, reconocida o no, toma el control de parte o de toda nuestra vida.

Así se desarrolla: una vez que se ha conocido un tipo específico de excitación, la intensidad de la sensación comienza a menguar. Para la mente ya es algo conocido, y mientras más conocido, menos potente. Pero la emoción y el cuerpo quieren más, así que aumentan las dosis de aquello que la provoca: sustancias, juego, peligro, deporte y drama, pero no tienen el mismo efecto y sigue la sensación en picada.

Sin embargo, física y emocionalmente nos hemos habituado a la descarga hormonal y/o la presencia de tóxicos externos, hemos creado una dependencia, de manera que la abstención duele y este malestar dispara la compulsión: inevitablemente hacemos o consumimos cada vez más seguido aquello que nos da excitación y nos concentramos en ello para que nunca nos falte, a lo cual se le llama obsesión.

Así, compensamos y alejamos el gran dolor y la gran tristeza de nuestro melodrama. No de nuestra vida, no. Sino del melodrama con que la representamos en nuestras mentes.

Nosotros mismos provocamos la manera en que nos sentimos. A todo pensamiento sigue una emoción. La calidad de nuestros pensamientos determina la de nuestras emociones. Dígame cómo se siente y le diré que piensa. O sea, somos los responsables, aun cuando se trate de una reacción a lo que otros hacen cuando interactúan con nosotros.

Y he aquí: la relación con otros, en codependencia, de complicidad, enamoramiento u odio, lo que produce una excitación que no mengua. Por eso las relaciones destructivas duran tanto.

Hoy en día, sin embargo, existe otra fuente de melodrama no solo inagotable, sino colectiva y compartida masivamente, de manera que podemos retroalimentarnos unos a otros: las redes sociales, la adicción de esta era, ideales para “ponerse malote”.

En todo caso, somos dueños de la emoción, de cualquiera que nos produzca bienestar o malestar, porque somos dueños del pensamiento que la produjo, estemos o no conscientes de él. Si perdemos esto de vista, perdemos el poder sobre nuestras vidas y se lo damos al drama, lo cual es el común denominador.

Generalmente estamos identificados con lo que sentimos porque no sabemos que proviene de un pensamiento, y porque no conocemos ese pensamiento específico.

27 Julio 2019 04:00:00
Nada es para tanto
Todo cuanto existe tiene dos polos: positivo y negativo. Eso es lo que es. En el universo nada es un problema… hasta que interviene el ser humano para crearlo, percibirlo y a veces resolverlo. Y sí, esta conducta tiene también dos facetas: transforma lo malo en bueno y viceversa.

Generalmente, viceversa.

Como cualquier cosa, este es el caso del drama, esa forma de interpretar y recrear la realidad que nos permite conmovernos y realizar desde pequeñas hasta grandes proezas, o hacernos y hacerle a los demás la vida miserable, o sea, el viceversa.

Todos hacemos drama, nadie se salva. Los más fríos y objetivos tienen su propio drama oculto. Sin drama no habría arte ni se manifestarían las más grandes cualidades del ser humano, como la generosidad, el sacrificio, la solidaridad e incluso la risa.

Que no seríamos humanos, vaya. En el drama está la humanidad. Hay maneras muy simples de detectar el drama en nosotros mismos: cuando discutimos mentalmente con gente
ausente, juzgándola, humillándola o vengándonos de ella, estamos haciendo drama; lo mismo que cuando nos imaginamos protagonistas o héroes de una situación, el muerto lloradísimo, o el laureado del evento, el sufriente de una pérdida, el objeto de una injusticia, tanto si nos vemos víctimas o como victimarios.

No hay mente, y por tanto realidad, en la que no sucedan estas cosas. De ahí saca cualquier escritor su material, cualquier cineasta su película y cualquier humorista su material, porque al fin y al cabo la comedia es una
visión particular del drama.

De ahí, también, saca cualquier manipulador las actitudes y los argumentos con los que pretende mangonear a los demás. A esos es más fácil reconocerlos (si no somos los mangoneados), por aquello de la viga en el ojo ajeno. Son los drama “Queen” y “King”, los melodramáticos, los que solo están bien cuando hablan de lo mal que van las cosas, especialmente las suyas. Siempre ven el lado malo y si opinas diferente, estás en contra de ellos.

Se lo toman todo a personal, tienen “la piel muy delgada”, amanecen con una queja en la boca y encuentran un obstáculo para toda solución. Culpan a los demás por lo que hacen o no hacen, son extremistas y quieren arreglar todo a gritos y sombrerazos o con llanto.

El melodrama es adictivo. Hay quien no puede vivir sin él porque produce hormonas y emociones que nos hacen “sentir vivos”. Pero, todos caemos en el drama alguna vez en nuestra vida, o hemos vivido en él sin darnos cuenta.

Tan sencillo como el hecho de que todos tenemos o hemos tenido pareja, y la vida en pareja es el caldo de cultivo del melodrama, que protagonizamos intercambiando roles en el “triángulo dramático” descrito por el célebre psicólogo Stephen Karpman: el rescatador, la víctima y el perseguidor o victimario. Al menos uno de ellos ha sido cualquier ser humano que se haya relacionado amorosamente bajo los paradigmas predominantes del amor. Y hemos sido todos.

Solo que el adicto al drama es el que no se sabe separar; sigue buscando, escribiendo, insultando, reviviendo dolores y alegrías, preguntando por qué no pueden ser las cosas como antes, cuando, por cierto, el melodrama prevaleciente dio al traste con ellas.

No se trata de evadir el drama. Se trata, como en todo, de sublimarlo, sin exagerarlo, tal cual hacen los poetas (embellecerlo, pues), y luego transmutarlo, para darle soluciones a los problemas que hemos creado identificándonos con él.

Exacto, se trata de desidentificarnos. De discernir entre lo que es, o sea la objetividad, y lo que queremos que sea, la fantasía, que siempre es drama. Se supone que la vida es una preparación para aceptar lo que es, a través de reconocer lo que no es.

Si usted no ha llegado a la paz interior en este ejercicio de discernimiento, entonces sigue instalado en el drama.
20 Julio 2019 04:01:00
Si evade paga
Solo podremos ser realmente felices hasta que sepamos exactamente quiénes somos; solo podremos saber exactamente quiénes somos cuando sepamos de qué somos capaces y solo sabremos de qué somos capaces cuando dejemos de evadir lo que tenemos que enfrentar.

Todos evadimos algo: responsabilidades, problemas, dolor, por ejemplo. Eso es normal. La vida no avisa, como el “diablero”, “ahí va el golpe”. Es muy probable que de pronto no nos sintamos preparados para afrontar lo que se nos presenta.

Sin embargo, en algún momento tendremos que dejar de huir y plantar cara. Es un paso necesario para que la vida continúe como se supone que debe hacerlo: en crecimiento, de manera que hagamos realidad todo aquello que deseamos.

Pero lo normal es que la mayoría crea que, habiéndolo hecho una vez, puede evadir para siempre lo que hay que resolver. La vida se detiene entonces, porque se deja de crecer, que no es otra cosa que irse conociendo e integrando interiormente en el ser que genuinamente somos.

Somos nuestros mayores desconocidos porque evadimos más de la cuenta, o incluso siempre, aquello que revelará nuestras fortalezas y debilidades, nuestro potencial, sacando fuerzas y sabiduría de nosotros. Nos acomodamos en la evasión, a ensoñar la vida. Trabajamos, estudiamos, nos divertimos, nos enamoramos, tenemos hijos; todo creyendo que vivimos y con ello nos labramos un futuro, cuando en realidad nos estamos evadiendo justo en todas esas actividades. Escapamos de nosotros mismos, de nuestro dolor y nuestros malestares, de la conciencia que nos dice a cada momento que la vida es mucho más que esto.

Entonces sucede lo que muy bien describió el psicólogo y guía espiritual Wayne Dyer: “A menudo la evasión del presente conduce a una idealización del futuro. En el futuro, en algún momento maravilloso del futuro, cambiará la vida, todo se ordenará y encontrarás la felicidad. Cuando llegue ese momento tan importante y suceda lo que esperas –tu graduación del colegio o Universidad, el matrimonio, un niño, un ascenso– entonces empezará la vida en serio. Y lo más probable es que cuando llegue ese momento y ocurra el suceso esperado tendrás una gran desilusión. Nunca podrá ser lo que esperabas”. 

Y no podrá ser lo que uno esperaba porque se evadió lo que se tenía que hacer para que lo fuera. Se aferra uno a la esperanza de la mal llamada “solución mágica”. Pero si hay algo que requiere mucho trabajo y mucha práctica, para que parezca que no, es justamente la magia.

Afrontar es asumir y resolver. Evadir es dejar cabos sueltos por todo el trayecto de vida, lo que nos deja finalmente a la deriva. La persona que escapa, dice el maestro de yoga y escritor Ramiro Calle, “no puede madurar, ha suspendido su aprendizaje vital, no prosigue en la evolución de sus fuerzas de crecimiento y de desarrollo armónico”, porque “la segunda vía, la del escape renuente, está sembrada de subterfugios, componendas, paños calientes, toda suerte de autoengaños y embustes, amortiguadores psíquicos que en nada amortiguan y salvavidas que no nos procuran ningún tipo de seguridad”.

Hay muchas formas de escapar, en pensamiento, emoción y acción. Se sabrá que hay evasión porque tras bambalinas de la farsa que se lleva por vida habrá un malestar sordo al que se intentará calmar o incluso compensar, antes que afrontar, cada vez que se intensifica. Es una “angustia básica”, compuesta de “fragmentación y dolor”, describe Calle.

¿Y por qué dejar de evadirse si la perspectiva de afrontar aterra? Porque atraemos aquello que queremos evitar. Lo que se acepta mengua, lo que se rechaza crece, debido a la energía concentrada que recibe. El universo generosamente nos multiplica aquello en lo que nos concentramos.

Decía Ayn Rand, filósofa ruso-estadunidense nacida a principios del siglo pasado: “Podemos evadir la realidad, pero no podemos eludir las consecuencias de evadir la realidad”.
13 Julio 2019 04:03:00
El viejo negocio del amor
Existen nuevos paradigmas para amar y ser amado, mucho más sanos y satisfactorios que los de las generaciones para las que “morir de amor” era muy romántico, pero que desafortunadamente aún predominan, aunque hayan demostrado ser el origen de no pocos de los problemas que padece la humanidad.

Digamos que, en resumen, la nueva forma de amar estaría formulada en la siguiente frase de Walter Riso: “aprende a vivir en soledad y no pongas el amor por encima de tus sueños y necesidades”.

Exacto, parece una descripción de todo lo contrario: el desamor. Sin embargo, es el secreto del verdadero amor. Será más fácil desentrañarlo si comenzamos hablando de lo que no es amor, pero todavía se vive como si lo fuera.

El amor no duele, el amor no es sacrificio, por amor ni se hace ni se soporta todo, no se castiga ni se golpea por amor, no se cela por amor, nadie cambia porque se le ame, nadie necesita a nadie por amor, tratar de fusionarse con el otro no es amor, no se es dueño del otro por amor.

En el melodrama cursi de lo que hemos mal llamado “amor”, el que duele es el ego, que no se siente apreciado o correspondido; las que hacen sacrificios son la culpa o la manipulación, que quieren compensar u obtener algo a cambio; la que está dispuesta a todo y soporta todo es la baja autoestima, lo mismo que la que cambia; la que castiga y golpea es la crueldad, imponiendo sumisión; el que se siente dueño del otro es el control, exigiendo que todo se haga a su manera; la que cela es la inseguridad, que no quiere que otro tenga lo que considera solo suyo; la que cree necesitar al otro es la carencia de uno mismo, igual que la que quiere fusionarse con el otro.

Hay un lado sano de todo esto: la que siente dolor es la compasión, la que hace sacrificios e impone correctivos es la responsabilidad, la que está dispuesta a hacer y soportar hasta cierto límite es la tolerancia, la que tiene capacidad de cambio es la autoestima correcta. Pero ninguna de estas cualidades es el amor. De hecho, una o todas ellas pueden ser puestas en práctica todos los días con cualquier persona, conocida o no.

Así pues, si recibe usted gritos, celos, exigencias, frialdades, desatenciones, indiferencia, descalificaciones, desprecios, constantes críticas o cualquier otra manifestación de agresividad, pasiva o activa, tenga perfectamente claro que no está siendo amado(a), sino manipulado y controlado.

Si se trata de su pareja, ya no quiere estar con usted, aunque lo niegue o ni siquiera lo sepa. Seguramente se ha conformado o resignado para permanecer en su zona de confort. Si es o fue una persona de su familia de origen, incluido por supuesto alguno de sus progenitores, tampoco –y esto suena a sacrilegio, lo sé– lo están amando. No se aman a sí mismos, ¿cómo pueden amarlo a usted? No están conformes con su vida, ¿cómo lo van a estar con usted?

Solo que si no disfrazamos de amor nuestras debilidades –mediante el autoengaño, única forma de evadir la conciencia–, a los seres humanos no nos quedaría ninguna justificación para plantarnos cómodamente donde ya no hay que cambiar ni tener más responsabilidades. Tendríamos que darle solución de inmediato al malestar emocional que ocasiona la verdad, o no dormiríamos nunca tranquilos.

En el viejo paradigma, el “amor” tiene un gran componente de angustia porque se negocia: “te amaré si tú me amas”, o “haré que me ames porque te amo”. En el nuevo paradigma, el amor es un sentimiento profundo y estimulante que se regala uno a sí mismo, porque no ata ni necesita. Lo que se negocia son los términos de la relación y, sobre todo, la convivencia, porque sin reciprocidad no funcionan.
06 Julio 2019 04:01:00
Cada quien su mitote
¡Haz algo! -dice la angustia.

-¡Rápido, rápido, rápido, que no puedo esperar! -apura la ansiedad.

Estas son las voces interiores que hoy en día predominan en la mayoría de nosotros, sin que nos enteremos. Se trata de una de las combinaciones emocionales más perversas y dañinas: ansiedad con angustia, y son tanto causa como efecto de la “cultura de la inmediatez” que nació, creció y se reprodujo con internet.

Entre otros maestros espirituales, coinciden el mexicano Miguel Ruiz y el estadunidense Guy Finley en que todos llevamos un vocerío en la cabeza, constante y muy sonante. Mitote, le llama Ruiz; el Enemigo Íntimo, lo denomina Finley.

Cada una de esas voces asegura ser nosotros. El problema es que a la mayoría le creemos. Las hay individuales, como “el angelito” y “el diablito”, tan ilustrados en cuentos, caricaturas, películas, etcétera. Y las hay colectivas, aquellas que determinan la forma de pensar y actuar de una o varias generaciones.

Todas ellas se alían para crear, individual y colectivamente, miedos, filias, fobias, envidias, resentimientos, resistencias, pretextos, justificaciones, prototipos, estereotipos, tendencias, creencias. Tan acostumbrados como estamos los seres humanos a dejarnos llevar por nuestros impulsos, a no saber realmente ni lo que sentimos ni lo que pensamos, somos presas fáciles del Mitote o Enemigo Íntimo, y en la mayoría de los casos, sus esclavos, por identificación con un yo falso.

Las voces individuales están, no obstante, tan colectivizadas, que solo podemos darles tal carácter porque hablan desde uno para uno mismo, en tanto las otras son las de los demás para nosotros. Y ni siquiera con tal distinción es sencillo discernir entre unas y otras. De ahí que sea tan difícil conocerse a uno mismo. En cualquier caso, siempre se trata de egos en pugna.

Entre las voces colectivas, distingamos generaciones: la de nuestros padres y abuelos nos dijo que había que “partirse el lomo” para ganar dinero, que la falta de este es sinónimo de mediocridad, que hay que estudiar para tener un mejor futuro y tener paciencia para que nuestros esfuerzos den su fruto. Detrás de estos valores había mucho miedo a la pobreza porque, “hagan lo que hagan, los pobres no progresan, siempre les va mal y les caen todas las desgracias”. Podemos verlo en películas mexicanas como, justamente, “Nosotros los Pobres”.

Las personas que hoy están entre los cuarentas y los cincuentas son herederas de esta forma de pensar, pero, a su vez, los responsables de romper esos paradigmas, es decir, los facilitadores de las nuevas generaciones, que lo quieren todo ya y completo.

Quienes están hoy debajo de los 40, y algunos cuarentones rezagados, no sienten ya presión social alguna por no casarse o tener hijos, por no haber planeado un futuro o siquiera preocuparse por él. No confunden la instrucción con la educación y muchos de ellos ya ni siquiera creen en el poder del dinero. Son más emprendedores que empleados y saben que no hay que sudar la gota gorda para obtener recursos. ¡Benditos sean!

Sin embargo, viven al día y todo lo quieren ya. En ellos está vigente el vacío que la angustia ha ocasionado en el ser humano desde su surgimiento, y que los hace insaciables en cualquier ámbito en el que depositen sus aspiraciones, porque le suman la ansiedad que producen el estrés, la competitividad, la falta de proyectos y metas, la celeridad de la vida moderna y la inmediatez con que puede lograrse casi todo.

Como dice el filósofo polaco Zygmunt Bauman: “La cultura líquida moderna ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, como las culturas registradas en los informes de historiadores y etnógrafos. A cambio, se nos aparece como una cultura del desapego, de la  discontinuidad y del olvido”.

Mucha frustración, pero poca aptitud para lidiar con ella, es lo de hoy.
29 Junio 2019 04:03:00
Existir angustia
Si la ansiedad es el malestar del hombre moderno, la angustia lo es del hombre de todos los tiempos. Hoy, frecuentemente van de la mano, prácticamente indistintas, en una combinación que crea no pocos de los más conocidos cuadros clínicos de enfermedades mentales.

La angustia es de esas perturbaciones emocionales que nadie quiere sentir. Junto con el miedo y la envidia, suele ser justificada, en lugar de aceptada. Hay otras que se vuelven adictivas, como la ira, el odio, la tristeza, la melancolía e incluso el resentimiento, pero la angustia está entre las consideradas emociones “basura”, como si no sirviera para nada. Sin embargo, es la más útil de todas.

La angustia, a diferencia del miedo y la envidia, no está en el catálogo social de las emociones que no hay que sentir, porque ni siquiera la identificamos. Es la perturbación “fantasma” y, sin embargo, la única que no nos abandona a lo largo de toda nuestra existencia.

Porque existir angustia. He ahí el origen de tal perturbación: la propia existencia. La angustia es el acicate de la adaptación, el motor de la evolución. Nos impulsa a movernos hacia la satisfacción de nuestras necesidades básicas, físicas y síquicas, primero; a la consecución de nuestras metas intelectuales y espirituales, después.

Por eso no nos abandona nunca, desde que nacemos hasta que morimos. Es nuestra eterna compañera y, aunque no lo podamos creer, nuestra mejor amiga.

Dice Jean Paul Sartre, uno de los filósofos más eminentes en la historia de la humanidad, que el hombre es angustia. Así de omnipresente es este acicate de cambio.

Cada vez que creemos estar alcanzando nuestra paz mental definitiva, nuestra seguridad inamovible, nuestra justa autoestima o cualquier otra cosa en la que estemos trabajando personalmente, ¡zas!, se presenta la angustia para dar al traste con todo. ¡Hora de moverse!

Hay diversas visiones acerca de su origen y su naturaleza. El rabino Yehuda Berg, orador internacional y autor de diversos libros, dice que la angustia del hombre moderno pasa necesariamente por la depresión y la baja autoestima. Para la filosofía su raíz está en la ausencia de sentido de vida, para el sicoanálisis es producto de un conflicto interior y para la sicología, resultado de la falta de motivación o deseo en la vida, pues la sensación predominante es de vacío.

El vacío de la angustia es lo que frecuentemente se confunde con sed y hambre. La angustia es la más perniciosa inductora de adicciones. Todo lo que llene ese vacío nos será útil, antes que identificar, reconocer y aceptar la angustia, pues no sabemos qué hacer con ella. Juego, compras, drogas, comida y bebida en exceso, sexo; toda compensación instantánea que calme por momentos esta perturbación emocional se convertirá en el objetivo de nuestro día a día. Estaremos, así, ajenos a la verdadera vida.

Personalmente, creo que su origen es multifactorial, pero su naturaleza es invariable: permanecerá ahí mientras nos neguemos a movernos. El asunto es hacia dónde. Hay dos vías: dentro y fuera; un solo destino: el descubrimiento. Este es el único satisfactor efectivo de la angustia. Hay que darle constantemente descubrimiento.

En cuanto nuestra necesidad innata de descubrir se enfrenta a nuestros juicios, miedos, rigideces mentales, creencias erróneas, zonas de confort y en general todo aquello que nos limite, aparecerá invariablemente la voz de la conciencia, la angustia, para decirnos “¡sal de ahí!”.

Por eso, tanto al interior, como al exterior, hay que abrir la mente, cada vez más, como los bebés y los niños hacen mientras crecen, satisfaciendo su curiosidad, sin saber lo que van a encontrar, sin juicios y sin miedo, con sorpresa, alegría, entusiasmo e inocencia (que no ingenuidad). Y no es fácil, porque la condición es que no sepamos lo qué hay adelante. Si nos gana el miedo, viene la angustia.
22 Junio 2019 04:03:00
El lado más perverso del silencio
Nada más destructivo para cualquier tipo de relación que el silencio de un pasivo agresivo porque cancela cualquier posibilidad de comunicación y, por tanto, de solución.

El silencio, dosificado o completo, para castigar o manipular, es violencia, la más devastadora psicológicamente, porque se recibe de lleno, pero no se identifica. Es confusa, frustrante y desesperante para quien la padece, que se queda totalmente indefenso. Es tan difícil identificarla, que cuando lo hacemos ya llevamos años siendo objeto de ella. Lo peor es que, hasta cierto punto, es autoinfligida, pues dura mientras estemos empecinados en oír las razones del otro, saber lo que pasa en su mente y su corazón.

Lo único peor que saber lo que uno no quiere saber, es no saber lo que uno quiere saber.

No pocos de nosotros conocemos el silencio como arma, especialmente el total. Es común en las familias, por ejemplo, en parejas que pretextan “no afectar” a los hijos con explosiones temperamentales, pero callar se va extendiendo a todo el sistema familiar, y se convierte en una forma de aislamiento, abandono y, en general, maltrato.

Hay que tener cuidado, sobre todo, con el silencio dosificado, que puede destruirnos sin que apenas nos demos cuenta de qué y cómo pasó. Si el silencio total rompe toda comunicación, el dosificado la lleva a un terreno de arenas movedizas, en el que aquel que sí se comunica se hunde cada vez más.

Hay varias formas de silencio dosificado. Hay quien deja que el otro hable, hace preguntas, “saca” información. Podría parecer interesado genuinamente, pero su mirada, durante la “conversación”, se nubla de pronto o, por el contrario, muestra un brillo perverso. Algo nos produce escalofríos y nos grita por dentro “¡cállate!”, pero ya es demasiado tarde: han tomado las medidas de nuestro ataúd.

Una forma más es la de no revelar información porque “es mejor” para el otro no saberla. Esto se da mucho entre las parejas. Aquel al que se le ha ocultado algo termina sintiéndose defraudado, engañado. ¿Quién puede decidir por nosotros lo que queremos o debemos saber o no saber? En realidad, el que esconde se esconde.

También hay silencio dosificado cuando alguien rompe de pronto la comunicación, pretextando cualquier cosa. Nos “deja a medias”. Luego la retoma, en el momento en que desea, estemos o no preparados para concluirla. De hecho, preferirá hacerlo cuando sienta que estamos desprevenidos.

Igualmente, puede suceder que uno de los comunicantes impone un veto sobre determinado tema, con o sin justificación. Evade el asunto o se niega a dar detalles, a sabiendas de que está afectando a quien desea saber.

El silencio dosificado se distingue del silencio sano y conveniente en que es una práctica regular, utilizada para causar desconcierto y desarmar al otro. Se alterna con una comunicación aparentemente normal, pero se intuye que algo no anda bien, que algo se oculta sin una razón justa. Como esto es sutil, preferimos a nuestra vez callar, de lo contrario podríamos ser acusados de desconfiados, paranoicos o controladores.

El silencio dosificado es el clásico contexto de los malentendidos, en los que solo una de las partes -la manipulada- es la que está mal, la que no tiene las cosas claras, la que se equivoca. El maltrato del silencio insensibiliza. Usted podrá detectar a quienes lo han sufrido entre aquellos que permanecen impávidos ante el dolor de otra persona o de un animal.

Dosificado o completo, el silencio perverso es un intento de doblegar la voluntad del otro. Es realmente una actitud infantil, pulida como arma desquiciante a lo largo de los años. Esto es porque se presta para cualquier interpretación, y quien lo sufre, sufrirá también una lluvia de interpretaciones que lo atormentarán en tanto no comprenda que no hay un significado válido, sino una intención de dañar o someter.
15 Junio 2019 03:59:00
Vida insustentable
Si su estilo de vida depende hoy de sus tarjetas de crédito y estas, a su vez, del trabajo que actualmente tiene, cuya seguridad no está bajo su control, tiene una sostenibilidad personal ficticia y, por tanto, un estatus insustentable. Como casi cualquier clasemediero del mundo.

Si pierde su empleo y no encuentra otro rápidamente, no podrá solventar su adeudo ni, por tanto, mantener los bienes y servicios que le otorgan su condición social. De hecho, evidentemente aumentará la deuda, pues los plásticos permitirán durante algún tiempo –en el que estaremos esperanzados hasta el último minuto en conseguir ingresos fijos– mantener el carril de gastos.

Este esquema lo conocemos casi todos, y aun así actuamos como si no hubiera posibilidad de que pasara, “no a mí”.

Se trata de un comportamiento irracional en muchos sentidos. En primera instancia, porque un estilo de vida como ese está basado en lo que se puede adquirir, o sea, en el poder adquisitivo, y no en la satisfacción de las necesidades reales, es decir, en el consumo razonado. En segunda, porque es alta la probabilidad de que a cualquiera sí le pase lo que le pasa a otros tantos millones de personas.

Al menos en occidente y buena parte de oriente, la situación predominante de las clases medias es la descrita en los párrafos anteriores. La esclavitud financiera, se le llama. Esto significa que la mayor parte de las personas en el mundo lleva un estilo de vida personal de baja sustentabilidad. Un día dejará de brotar el recurso de la fuente y no habrá podido tapar las fugas. Esta sería la analogía correcta.

Y esto es lo que hacemos con todo en el planeta: con los recursos naturales, con otras criaturas vivas, con los espacios comunes y con el afecto de nuestros semejantes. Abusamos, como si no hubiera un mañana, como si fuéramos autónomos respecto de todo lo que está fuera de nosotros, o como si fuéramos lo más importante que existe.

Con una falta de sensibilidad inaudita, los humanos maltratamos y/o abandonamos a nuestras mascotas, desperdiciamos el agua, generamos cantidades inmanejables de basura, usamos los espacios públicos como si fueran de nuestra propiedad y manipulamos a otros para que hagan lo que queremos.

Incluso nuestro sistema mundial de derechos humanos está fundado en la supremacía del derecho individual sobre el colectivo. Hemos constituido una civilización depredadora, despilfarradora, sojuzgadora y excluyente. Nosotros, las personas comunes y corrientes, no las élites del poder. Esas solo lo aprovechan muy bien. Culparlas, por supuesto, nos permite evadir nuestras responsabilidades.

Una de ellas es reelaborar personalmente nuestra ética, ese conjunto de normas morales ya caduco por individualista. Necesitamos una ética sustentable y para la sustentabilidad en todos los ámbitos.

Hasta ahora hemos confinado el término al ámbito de lo ecológico, pero en realidad es de gran amplitud. El deterioro que le hemos causado al planeta no es más que una manifestación de la crisis que vive la civilización, a partir de una ética insustentable, desconectada de la conciencia, que lo mismo aprueba y participa en un linchamiento presencial, que en uno virtual.

Un mundo simulador, en el que las empresas transnacionales más depredadoras resultan ser expertas en responsabilidad social y sustentabilidad, porque así lo requiere su estrategia de mercadotecnia, y preferimos creerles para no dejar de consumir su veneno. ¿Tenemos derecho a ello? ¡Claro! ¿Es esto una ética sustentable y para la sustentabilidad? Usted dígamelo.

Construimos mega desarrollos habitacionales de lujo con albercas en ciudades que ya están saturadas y, obvio, mostrando agotamiento de posibilidades de convivencia armónica y satisfactores básicos.

Mientras no nos alcance el destino en persona, pues que se las arreglen las generaciones venideras. Esta es la actitud y también la ética predominantes, porque el reclamo de un derecho individual a ultranza está moralmente justificado.

Triste, pero verdadero.
08 Junio 2019 03:59:00
Moral no es conciencia
Todos los problemas que padece el mundo son la suma de los de cada persona que lo habita. Que esta idea sea tomada como una mentira, una exageración o, en última instancia, algo que no nos concierne personalmente, es la verdadera causa del deterioro económico, político, social y ambiental.

Todos somos esa persona que en algún momento antepone el interés personal al ajeno y al colectivo, ese ciudadano que se da una “pequeña” licencia cívica que “no afecta a nadie” o “afecta poquito”; aún peor, que “está mal, pero pues ya qué” o “es mi derecho”, pero no se lo permitimos a los demás, porque nos sentimos muy afrentados. No reconocernos en esta actitud nos permite evadir la culpa, que es una emoción de altísima autodestructividad, así como la responsabilidad de cambiar, cosa que a nadie le gusta. El que sea necesario no lo hace agradable.

Pero si no tenemos claridad sobre la forma y la magnitud en que afectamos a otros con nuestras acciones y en el ejercicio irrestricto de nuestros derechos, tampoco la tendremos en relación a la fuerza con que seremos dañados por esos otros en las mismas o en otras circunstancias.

Multipliquemos estas actitudes, extendamos estas cegueras voluntarias y, en consecuencia, magnifiquemos sus efectos. ¿Aterrador, verdad? Ahora veamos de qué manera participamos en la reproducción del “no es asunto mío”. Y lo hacemos, indudablemente lo hacemos. No existe el humano perfecto ni el ciudadano completamente ejemplar. Solo el que prefiere ignorar las circunstancias.

Tras esta reflexión nos vamos a encontrar con una crisis mundial de conciencias, porque eso es, justamente, lo que tiene al mundo en deterioro constante. Efectivamente, los cambios personales para mejor ayudan, porque se expanden igual que los problemas.

La solución es simple: conciencia y más conciencia, entendida como la voz interior que nos tortura cuando no hacemos lo correcto y cuando nuestras verdaderas motivaciones son egoístas. Esa es la voz de la verdad y viene de nuestra esencia espiritual, del potencial para el bien y la naturaleza amorosa que todos poseemos. Es la misma en usted que en mí y en cualquier otro.

Este es el nudo gordiano: damos por hecho que la moral, esa norma que nos enseña a distinguir entre el bien y el mal, así como la ética, que es el conjunto de normas morales, responden a los mandatos de la conciencia, cuando en realidad pueden ser completamente opuestas. Por algo decía el filósofo griego Demócrito que “todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa”. Es decir, cuando el colectivo se ha alejado completamente de la conciencia, lo cual, como ha podido ya adivinar, es la regla en la actualidad.

Todos acostumbramos, en menor o mayor medida, amordazar a nuestra voz interior en aras de la satisfacción egoísta de necesidades. A estas alturas de nuestra existencia, como especie, tenemos apenas la madurez emocional, personal y colectivamente, de un niño o un adolescente. No hemos sabido, salvo honrosas excepciones,

llegar a ser adultos plenos.

Peleando con nuestros familiares, con el otro género, con la otra clase social, con la vida en general, y por supuesto con la naturaleza, a la cual hemos creído ingenuamente someter, estamos depauperando nuestras condiciones de vida interna, primero, externa después, como reflejo de aquella.

Conocer las posibles y las ineludibles consecuencias de nuestras decisiones y acciones nos exige siempre responsabilizarnos, lo que a su vez nos obliga a pensar en los demás y actuar en consecuencia.

Todos, de una u otra manera, evadimos esto, permanecemos en la ignorancia porque queremos hacerlo, pero eso también nos impide conocer nuestra propia debilidad.

No importa qué tan fuertes nos sintamos, si los demás, particularmente los desconocidos, no se ocupan de nosotros, estaremos a la larga perdidos. Y de acuerdo a las leyes del universo, no recibimos lo que no damos.
01 Junio 2019 03:55:00
Conozca al enemigo
El miedo es el verdadero enemigo de la humanidad; causante de casi todas las desgracias del planeta. La razón es simple: el hombre más peligroso y destructivo es el que tiene miedo.

Como cualquier rasgo de la naturaleza humana, el miedo tiene una función: nos ayuda a prever posibles acontecimientos adversos, para ponernos a salvo o prepararnos para enfrentarlos. Pero también, como cualquier emoción, requiere ser procesado. Hay que ponerle un límite. De lo contrario nos dominará, y hará de nuestra vida y la de quienes nos rodean un infierno.

El miedo de cada uno daña necesariamente a los demás. Los miedos unidos destruyen naciones. Hoy el mundo está, casi en su totalidad, regido por el miedo, que desintegra familias, produce delincuencia, divide sociedades entre “chairos” y “fifís”; lincha, construye muros, declara guerras, induce migraciones.

Pero el verdadero problema no es el miedo. Es, como siempre, la ignorancia. Si no entendemos claramente que esta emoción, la más poderosa de todas, es, en cualquier caso, una creación humana, y no algo que nos sucede sin nuestra intervención, tendremos como resultado un proceso de depauperación y, finalmente, extinción de la especie.

Sin más: el miedo es producto del pensamiento descontrolado, ese que nos guía a casi todos en nuestra vida cotidiana. El recurrido “y si” es el origen de todas esas angustias que no nos dejan vivir, pues nos lleva a imaginar siempre un mal.

Personalmente, creo que la humanidad ha venido confundiendo el temor con el miedo, y aunque bioquímicamente tienen el mismo origen, no son equivalentes. El temor es un estado de desasosiego que nos pone en alerta, porque no sabemos todavía identificar qué disparó la sensación de peligro. Pudo haber sido un estímulo externo, un dolor corporal, un pensamiento súbito o una imagen mental.

Con el temor, nuestro cuerpo y mente entran en tensión, se preparan para enfrentar un mal aún indefinido. Lo que después hacemos mentalmente con esto, en automático, es lo que finalmente nos perjudica: de escuchar una explosión o detonación, a pensar que vamos a morir, hay gran diferencia; lo mismo que de sentir un dolor a enfermar, o de imaginar un accidente a tenerlo.

Si no localizamos el detonante y hurgamos en la primera sensación que nos produjo temor, podemos construir un mundo de miedos que le darán poder sobre nuestras vidas a cualquiera que sepa manipularlos, con o sin intención. Un: “cuídate, por favor”, nos puede arrebatar toda la confianza.

Miedos al dolor, a enfermarse, a morir, a las pérdidas, a no ser amados o reconocidos, al rechazo, al abandono, a la injusticia, a que las cosas se nos salgan de control, al cambio, a los imprevistos y una larga lista de etcéteras, harán posible que usted actúe en beneficio de otro que sepa azuzarlo emocionalmente.

Así, justamente, es como el populismo –de cualquier corriente política que guste– puede construir regímenes en los que una parte de la población está subyugada por otra, presta a reaccionar con ira y violencia a la manipulación. Para eso, también, intereses hegemónicos desconocidos para la mayoría utilizan las famosas “fake news”. Y uno creyendo que ayuda a la humanidad compartiéndolas.

La ira y la violencia no son otra cosa que miedo; los insultos a quien no piensa igual son miedo; la burla y el bullying son miedo; la negación de los errores, propios y ajenos, es miedo; la evasión de respuestas, situaciones o responsabilidades es miedo; la terquedad es miedo; el cinismo es miedo; la vehemencia es miedo; la salamería, el sometimiento, la resignación y la complicidad, así como la deslealtad, la traición y la simulación, son miedo.

Si tenemos la humildad de reconocernos en alguna de estas u otras conductas similares que nos vengan a la mente, sabremos cómo recuperar nuestro poder, dominando los miedos. De lo contrario, seremos títeres de nuestra propia ignorancia.
25 Mayo 2019 03:54:00
¿En qué lo puedo complacer?
Si en vez de aprecio y gratitud está recibiendo desprecios y cada vez mayores exigencias por parte de una o más personas, seguramente es usted un complaciente patológico, relacionado con insatisfechos crónicos.

Pocos son los seres humanos que no querrían complacer al menos a otra persona, pues de la aceptación, la protección y el afecto de los demás dependemos para vivir, desde el tiempo de las cavernas.

No obstante, esta necesidad instintiva de complacer puede ser acrecentada, hasta convertirse en una patología, por experiencias dolorosas de la infancia, como el amor condicionado, el abandono o el maltrato.

Se le suma además otra necesidad de carácter egótico, de la que absolutamente nadie escapa, pues nos permite manipular en lugar de “rogar”: parecer buenos ante los demás.

¿Por qué sentimos culpa cuando le negamos algo a alguien? Por miedo a que nos hagan lo mismo, porque ya no somos buenos según los cánones de una distorsionada moral social de origen religioso, o por las dos cosas.

Si hemos pasado la vida tratando de complacer a otros es porque nunca lo conseguimos… ni lo conseguiremos. Decía Richard Feynman, físico-teórico estadunidense, pionero de la mecánica cuántica: “No tengo la responsabilidad de ser como los demás esperan que sea. Es su error, no mi defecto”.

El hecho de que continuemos intentándolo, olvidándonos incluso de nosotros mismos, se debe a que la interacción complacencia-insatisfacción es la única manera que conocemos de obtener lo que necesitamos, o eso creemos.

Complacer siempre implica obtener algo a cambio. Mientras más grande la carencia, mayor la complacencia y más frecuente la relación con personas que nos hacen sentir que complacerlos es nuestro deber eterno. Y mientras más tratamos de agradar, más abusan.

Los insatisfechos crónicos sufrieron seguramente las mismas carencias en la infancia que los complacientes, pero con mayor carga de control, que les impidió tomar decisiones propias, y muy frecuentemente sobreprotección, que los hizo sentir merecedores de todo esfuerzo ajeno.

Sin embargo, la carencia de fondo es la misma: amor; igual que el miedo: ser lastimado. Por eso, el insatisfecho crónico puede convertirse en un complaciente y viceversa, según la persona con la que se relacione. Son las dos caras de la misma moneda.

Se concibe generalmente al complaciente como el dócil del binomio codependiente, y no tiene que ser así. En muchas ocasiones es la parte dominante, la que decide a dónde y cuándo se va, qué y cómo se hace. Impone para complacer; por tanto, se acostumbra a exigir abiertamente lo que quiere a cambio.

El complaciente dócil, en cambio, solo espera calladamente que el insatisfecho crónico sepa, “adivine”, lo que necesita, lo cual no es por cierto muy difícil: todos creemos dar lo que necesitamos y en la medida en que lo necesitamos, lo cual es en realidad un autoengaño, porque no podemos dar lo que no tenemos.

Damos edulcorantes, sustitutos, y cuando los recibimos de retorno, evidentemente nos quedamos insatisfechos. No reconocemos en eso que nos dan lo que esperábamos.

Ahí está, el hilo conductor de la complacencia a la insatisfacción y viceversa: nadie está en posición de dar ni recibir lo que exige, porque no lo conoce. Solo hay un intercambio de carencias.

Si conociéramos de primera mano el amor, la bondad, la generosidad, la gratitud, sabríamos que en realidad no hay manera de darlos sin recibirlos ni recibirlos sin darlos.

El gran secreto es que, para “crear” esos milagros internos, sí tenemos que recibirlos antes de alguien; es decir, conocerlos de afuera para adentro. Solo que llegarán de quien menos lo esperemos, pero pasarán de largo si, en lugar de estar receptivos, nos empecinamos en exigir lo que queremos exactamente de quien lo queremos, personas que seguramente –pensaremos— están en deuda con nosotros tras tanta infructuosa complacencia.

En esto consisten la ceguera de la complacencia y la autoesclavitud de complacer.
18 Mayo 2019 03:59:00
El león cree…
La conciencia que nos permite trascender nuestras limitaciones es un acto de voluntad, esencial al alma. El ego no la tiene; actúa por impulsos de corto o largo alcance, según explotemos o nos obcequemos.

Hay diversas acepciones de la palabra conciencia que describen un acto cognitivo superficial, como: sentido moral o ético que permite enjuiciar; conocimiento espontáneo y más o menos vago de una realidad, o actividad mental que lleva a sentirse presente en el mundo y en la realidad.

Digo que estos significados son superficiales, porque para adquirir esa clase de conciencia no necesitamos otra cosa que el piloto mental automático. Apenas hay que poner atención para interiorizar una moral o percibir lo que nos rodea.

En cambio, la conciencia como conocimiento claro y reflexivo de la realidad, es producto de la atención sostenida en una observación neutral, es decir, sin juicios ni reacción emocional. Y por supuesto que se puede. Hay sencillas técnicas milenarias y modernas de meditación para lograrlo.

En tanto no aprendamos a desarrollar esta conciencia, todo aquello que creemos que sabemos no es más que una proyección de nosotros mismos, particularmente de lo que pensamos que somos, de acuerdo con lo que nos dijeron o hicieron sentir nuestros padres.

Vivimos, pues, guiados por voces ajenas, tan hechas propias, que no oímos la que es verdaderamente nuestra. Esto se debe a que nuestros padres y los demás adultos se proyectaron y proyectan en nosotros, e igual hacemos, sin excepción (hasta que no lo corrijamos), con nuestros hijos, parejas, amigos, jefes, empleados y hasta desconocidos, incluidas las mascotas y, en cuestiones políticas y sociales, los diversos grupos y segmentos de la población. En resumen “el león cree que todo mundo es de su condición”.

No podemos ver con los ojos de nadie más ni percibir con la experiencia de otro, si no nos lo proponemos. Y casi nadie lo hace. Lo que pretendemos es que los demás sean nosotros. Este egocentrismo puede manifestarse colectivamente. Hay que recordar la resistencia que hubo a creer que la tierra gira alrededor del sol.

Salir de nosotros mismos para abrir la mente, y conocer otra realidad más allá de la que suponemos única, es un ejercicio de observación neutral, que empieza por uno mismo; fácil, pero incómodo para quienes temen conocerse y aterrador para quienes se rechazan con odio, lo sepan o no. Los primeros porque tienen miedo de lo que podrían encontrar, los segundos porque ya saben qué encontrarán.

Por eso vivimos proyectándonos, es decir, viéndonos fuera de nosotros mismos. Es lo cómodo. Vemos lo que queremos ver, oímos lo que queremos oír. Unas veces es lo que anhelamos, otras lo que necesitamos, siempre lo que nos gusta y disgusta de nosotros mismos y, por supuesto, lo que se supone que debiéramos.

Así, podemos vivir años creyendo que conocemos profundamente a una persona, hasta que nos da una sorpresa. Podemos creer que todo mundo querrá lo que queremos, amará lo que proponemos, apoyará nuestros proyectos, respaldará nuestra manera de hacer las cosas, será compatible con nuestro pensamiento y sentimiento. Y nos obcecamos en llevarlo a cabo. Se vuelve una obsesión. No nos explicamos por qué alguien preferiría otra cosa. La justificación es que lo hacemos por el bien de los demás. Pero cuando la realidad nos planta oposición, es tan grande la terquedad, que preferimos negarla. Únicamente aceptamos esa pequeña porción de mundo que se ajusta a nuestra obsesión. Imagínese qué tan grave puede ser esto cuando estamos en una posición en la que otras personas, pocas o millones, dependen de nosotros.

Como la proyección es –además de una forma de percibir el mundo con el piloto mental en automático–, un mecanismo de defensa, reaccionaremos agresiva o cínicamente a lo que se nos oponga.

Cuánta capacidad de hacer daño, justificando que hacemos bien, tenemos los seres humanos.
11 Mayo 2019 03:10:00
Amará el resultado
Si no cumples con el momento presente, te olvidas de tu cita con la vida. Thich Nhat Hanh

Todo lo que se dispersa se debilita. La mente no es la excepción. Ningún humano queda fuera de esta regla. Tal debilidad es la causa de la búsqueda común y constante de amor, aceptación, reconocimiento, justicia, seguridad, felicidad, tranquilidad.

En tanto más ávida la búsqueda, más débil la mente, pero más poderosa la locura y la obsesión que pueden llevar a alguien a arruinar su vida y la de unos cuantos, o decenas, cientos, miles o millones, según el rango de su influencia, que será resultado del grado de identificación con otras personas dentro del mismo nivel de dispersión. Y toda ellas afectarán necesariamente a quienes han ido ganando conciencia y claridad, porque unos dependemos irremisiblemente de otros, aunque solo en nuestras condiciones externas de vida. Al interior podemos, en cambio, crecer ante la adversidad.

A esa dispersión le llamamos hoy en día insatisfacción e infelicidad. Y no es otra cosa que “dejarnos llevar” por el estímulo, externo o interno, sin aplicar
apenas nuestra voluntad en cosas que no tengan que ver con nuestras necesidades básicas, pla-ceres y apetitos de moda.

El proceso de la infelicidad, y por tanto de todo declive, individual o colectivo, es el siguiente: la mente indomada o dispersa salta todo el tiempo de idea en idea, guiada por el cerebro reptil, que es el encargado de la sobrevivencia, de manera que está alertándonos constantemente con imágenes catastróficas, malos recuerdos, fantasías perversas y toda clase de ocurr-encias perniciosas, mientras en paralelo las vamos etiquetando y clasificando, lo que equivale a someterlas a juicio, imbuidos como estamos por la moral colectiva. A este esquema se unen las emociones, esas reacciones bioquímicas, algunas básicas, otras más complejas, que se adhieren a cada pensamiento dándonos el impulso no solo para sobrevivir, sino prevalecer sobre otros, desde el miedo. Luego se suma el ego, necesitado de convertirse en cada idea-emoción que capta para saber quién es, pues se trata de una construcción personal que tiene el objetivo de darnos una identidad para coexistir con nuestros semejantes. Así, suponemos ser lo que experimentamos y creemos, cada pensamiento-emoción que tenemos, cada juicio que emitimos. Y vivimos extraviados, justificando con un torpe uso del raciocinio nuestra derrota o grandeza; falsas en cualquier caso, pero peligrosa la segunda, pues nos creemos inteligentes, poseedores de las soluciones y agentes del cambio radical; diferentes, únicos y superiores; por tanto, autorizados para pasar sobre los demás.

Hay salida de esto, accesible para todos. El grado de dificultad radicará en la actitud con que emprendamos la tarea. Como en toda solución, la información es la base. Vamos a los tres estados en que la mente puede estar: la dispersión, que tiene su utilidad, claro; la concentración y la observación.

La dispersión, en su función normal y benévola, nos permite descansar la mente, hacer cone-xiones mentales espontáneas, tener ideas imprevistas, ser creativos. No obstante, abandonados a ella, solo podemos sufrir, sentirnos ansiosos y debilitados.

Por otra parte, está la concentración, que es anclar la atención por el tiempo que se requiera, única y exclusivamente, en eso que estamos haciendo en el momento. Esta es la función cerebral que nos hace posible disciplinar y por tanto dominar la mente. Nos fortalece, da claridad y visión penetrante.

Finalmente, nos encontramos con el estado mental que realmente amplía nuestra conciencia y debiera prevalecer en nosotros: la atención plena, la cual no será posible sin haber desarrollado la capacidad de
concentración.

Es una forma milenaria de meditación, cuya técnica más reciente es el mindfulness. Se trata de mirarnos en panorámica con la mente, mientras estamos activos. Comenzamos por la respiración, seguimos con el cuerpo y luego los sentidos. Sin juicios. Dejamos ir cualquier pensamiento o emoción que se presenten. No somos ellos, van y vienen. Son efímeros e intrascendentes.

Pruebe. Calma es el
resultado.


04 Mayo 2019 03:55:00
Nosotros
La cultura occidental ha incumplido sus promesas de seguridad, bienestar y felicidad. Ni la democracia, ni el materialista sueño americano ni las revoluciones han dado resultado alguno para garantizar la presencia y permanencia de estos tres titanes de la necesidad humana.

Millones han alcanzado ciertamente el status económico y social que debiera cumplir tales promesas; otros tantos, más incluso, se encuentran muy lejos de ello; pero ambos grupos están desilusionados. Los primeros porque ya se dieron cuenta de la mentira en que vivimos: una espiral de tener y tener que nos aleja de la seguridad, el bienestar y la felicidad. Los segundos, porque todavía creen en la falacia.

Filósofos y psicólogos nos han dicho, a lo largo de la historia, que el camino es otro, pero la humanidad decidió tomar como única posibilidad la opción fácil, tangible y controlable: la ciencia positiva, de la que obtuvimos tres paradigmas que hasta hoy rigen nuestra cultura: individualismo, separación mente-materia y la demostración experimental, reproducible y cuantificable como condición esencial para comprobar que algo existe y, por tanto, es fiable.

De ahí que la seguridad, el bienestar y la felicidad tengan que ser, antes que nada, un patrimonio individual –yo primero que los otros–; y que deban provenir de las posesiones materiales, pues son lo único fiable, por reproducible y cuantificable.

El mundo está cambiando, eso es inevitable, solo que hay dos fuerzas en pugna: la versión ultra materialista, que sigue basada en la competencia y la inmediatez, pero que ahora deposita la solución en la tecnología, aunque esté demostrado de antemano su fracaso, y la sabiduría acumulada en la historia de la humanidad que nos muestra que la individualidad solo es funcional cuando aporta a la seguridad, el bienestar y la felicidad colectivas; que la posesión material es solo una condición, ni siquiera indispensable, que nos permite avanzar en nuestras ocupaciones espirituales, y que la existencia es vasta y maravillosa, infinitamente superior a lo que en nuestra ignorancia podemos demostrar que existe, y no solo es fiable, sino literalmente milagrosa.

Si la columna vertebral de la vida que se nos está cayendo a pedazos es “yo”, la de aquella en la que sí podemos encontrar lo que hemos venido buscando es “nosotros”. De hecho, no podríamos existir sin un nosotros. La propuesta es uno diferente al que hoy en día concebimos, en el que nos segregamos por conjuntos de egos y además tratamos de sobresalir entre los de nuestro grupo.

Se trata, pues, de un “nosotros” compuesto por almas. Esos son los nosotros solidarios, amorosos, responsables, comprometidos. De esos vamos a obtener nuestra seguridad, bienestar y felicidad, porque siempre estaremos apoyados y seremos amados y respetados.

No hay un yo soy sin un somos primero. Pero hay, además, un primer somos, ese al que todos pertenecemos por el solo hecho de existir. Usted y yo en la cultura occidental, en México, en nuestro estado, ciudad, comunidad, trabajo.

La meta es construir un somos posterior, en la misma cultura, país, estado, municipio y colonia, pero desde otra dimensión personal de existencia, que efectivamente solo es posible mediante lo que llamamos el autoconocimiento, pero no dirigido a una iluminación personal, sino a una aportación a la colectividad, desde un “yo soy los otros”.

Nada fácil, porque mire, lo primero que hay que hacer es derribar todas las mentiras, es decir, todas las creencias que hoy juramos son nuestra verdad. Decía Jean Paul Sartre, uno de los mejores filósofos contemporáneos, que “sólo nos convertimos en lo que somos a partir del rechazo total y profundo de aquello que los otros han hecho de nosotros”. Destruimos para volver a construir, desaprendemos para volver a aprender. He ahí la verdadera vía.

Los humanos nos educamos y nos realizamos en comunión entre nosotros. Esa comunión solo es posible para las almas. Las almas siempre están en la luz.
27 Abril 2019 03:28:00
¡Pare ya!
Huyendo del malestar, estamos casi siempre ausentes de nuestras propias vidas. Nos fugamos mentalmente, pensando en lo que nos gustaría que hubiese sido o fuera nuestra realidad, sin saber verdaderamente cómo es ahora y aquí mismo. Luego creamos, a partir del miedo, dramas mentales que nos echan a perder todos nuestros buenos escenarios, planes y deseos.

Y así vamos por la vida, deseando, anhelando, y saboteando eso con temores; es decir, torturándonos, causándonos angustia al límite de lo insoportable. Todo para evitar el malestar que tendríamos si vivimos la vida un día a la vez, el hoy, y dentro de él, el aquí y el ahora, que es cuando se puede resolver algo.

Lo peor de esta vida en fuga es que sí estamos creando lo que será, pero a partir de los temores de lo que podría no salir bien, que a su vez provienen de lo que alguna vez salió mal y de lo que consideramos que en el presente no está saliendo como debería.

Todos los días, en modo “automático”, simplemente transcurrimos, en lugar de vivir, porque no sabemos cómo están funcionando cuerpo, mente y emociones. Es decir, no somos conscientes de nosotros mismos. No vaya a ser que encontremos algo que no nos guste.

Actuamos acicateados por un acelerado ritmo interior: rápido, rápido, rápido, aunque nos sobre el tiempo. En consecuencia: ¡olvidé las llaves!, ¡no traje el cargador del celular!, etc., circunstancias que producen una crispación emocional de censura y rechazo, o sea malestar.

Y aquí está la clave de la infelicidad: radicamos nuestro bienestar emocional en lo que hemos etiquetado como bueno y deseable, y nuestro malestar en lo que reprobamos por malo e indeseable.

Realizamos esta operación bioquímica por dos motivos: el primero es que la función “automático” en que vivimos la mayor parte del tiempo consiste, además de controlar coordinadamente nuestro cuerpo, en asociar emociones a pensamientos, y viceversa; el segundo es que este proceso nos permite tener un sistema de creencias compartido con otros y aprobado conjuntamente, del cual depende a su vez la satisfacción de una de las necesidades primordiales del ser humano: pertenecer. El sentido de pertenencia es el ancla de la cordura.

Así pues, podemos identificar en esta descripción una poderosísima herramienta conceptual que, como en muchos otros casos, utilizamos mal: el juicio.

Clasificar, calificar y elaborar una creencia –lo cual deriva necesariamente en una sentencia, o sea, un juicio–, sobre lo que experimentamos en la vida, nos permite crear nuestra realidad. Si lo hiciéramos reflexiva y analíticamente, dicha realidad correspondería exactamente a lo que deseamos (¡cuidado con lo que deseamos!), pero si le dejamos la tarea al piloto automático, este hará asociaciones, si no indiscriminadas, sí programadas por alguien más que no somos nosotros, desde un ancestro que tuvo pánico a las tormentas, hasta un padre o una madre que le temieron a quedarse encerrados en un elevador. El piloto automático siempre privilegia lo que vibra con mayor fuerza, la señal más intensa, y esa es el miedo.

Entonces, si pudiésemos, que podemos, parar intencionalmente, varias veces al día, la operación de pensar-sentir-enjuiciar-resentir-repensar, en términos de bueno o malo, admisible e inadmisible, podríamos simple y llanamente aceptarnos tal cual somos, porque no experimentaríamos el malestar de sentirnos imperfectos, inmerecedores, insatisfactorios, ignorados o humillados; no “deberíamos” ni “tendríamos” que emprender la estresante cruzada por cumplir las expectativas de los demás para ser aceptados, amados y pertenecer.

El camino es, pues, convertirnos en un observador neutral de nosotros mismos, de lo que pensamos y sentimos. Esto puede lograrse practicando la milenaria meditación de conciencia plena en nuestro aquí y ahora, hoy accesible para todos gracias a las sencillas técnicas de mind-fullness.

No se case con sus juicios. No se castigue a partir de ellos. Son solo ideas, la mayoría ajenas. Regrese a su vida.
20 Abril 2019 03:10:00
Cuestión de práctica
La resolución de cualquier problema en la vida comienza por su aceptación. El problema real, claro, no el que usted cree que tiene, que es por cierto parte de la negación del otro.

Con estos tres renglones acabo de revelarle una de las más grandes trampas que nos ponemos los seres humanos: inventar problemas en los cuales entretenernos para no afrontar los verdaderos. Autoboicot, le dicen.

En la vida moderna, llenos como estamos de actividades interminables, bienes materiales que acumular, compromisos que cubrir, expectativas ajenas y propias que cumplir, el problema real de todos es el estrés, y la letal ansiedad derivada.

La ansiedad está cimentada sobre el miedo, ese consejero traidor que trabaja solo para sus intereses. El miedo –siempre a que pase lo peor que puede pasar–, nos vuelve controladores, y no hay mayor inductor de estrés que la pretensión de controlarlo todo. Vivimos forzando situaciones bajo el argumento de que perseguimos nuestros sueños, y presionando personas con la justificación de que “es por su bien”.

Por el contrario, hay que dejar que la vida suceda y que la gente sea, ideas inconcebibles hoy en día, bajo la premisa mal entendida de que somos arquitectos del propio destino… y con ello del ajeno, tan relacionado con el nuestro.

Soltar el control es la solución. Es el comienzo de la vida que ha de vivirse, no solo transcurrirse. Hablo de la vida en modo zen o slowlife, un estado permanente de calma, en el que ya nada se problematiza ni se dramatiza. Todo se mantiene sencillo y se discierne claramente entre lo prioritario, lo urgente y lo importante; ha desaparecido lo baladí. Vida en la que se privilegia lo profundo sobre lo intenso, y se rompe el “enganche” emocional con cualquier cosa que produzca malestar, para abordarla objetivamente. Vida ecuánime, en la que todas las cosas buenas, como la tranquilidad, la paz, la seguridad, la alegría y la felicidad, vienen de adentro.

Como cualquier cosa, esta vida tiene su técnica. Por tanto, solo es cuestión de práctica:

Detecte sus ámbitos de tensión: familia, trabajo, amor, salud, dinero, amistad, desarrollo profesional, convivencia social, ocio, imagen de sí mismo, etc.

Cierre frentes innecesarios de estrés. Por ejemplo, no se exija tanto, deje de competir y abandone las amistades enjuiciadoras.

Despreocúpese de la opinión ajena. Todo aquel que lo descalifica se ha descalificado antes a sí mismo. O sea, tiene un problema.

Delegue y acepte el error, es la materia prima del aprendizaje.

Gústese, para que se disfrute en soledad. Decía Blaise Pascal que las miserias de todos los hombres se derivan de no poder sentarse tranquilos en una habitación estando solos.

No apueste todo por sus creencias. No sea vehemente. No se fanatice. Mañana habrá cambiado de opinión. Es lo sano y lo correcto, de lo contrario nos

estancamos.

Evite la multitarea y hágase un espacio durante el día para no hacer nada: solo cierre los ojos y escuche música clásica. Su claridad mental y creatividad se abrirán paso de manera impresionante.

Hasta que no termine una tarea, no pase a la siguiente.

No tenga prisa. Todo en el universo se sincroniza.

No programe actividades una tras otra. Dese momentos libres para entrar en sí mismo, es decir, explorar cómo se siente. Aprenderá mucho.

No se preocupe. O sea, no pronostique las catástrofes.

Ritualice sus actividades cotidianas. Lo que significa poner plena conciencia en ellas. Eso es el aquí y el ahora, que libera de toda preocupación, por tanto, de todo estrés y toda ansiedad.

Elimine lo innecesario de su vida en todos los ámbitos: bienes materiales, amistades, actividades, compromisos, expectativas.

Sirva a otros con una sonrisa.

Bendiga a quien lo perturba.

Viva el momento en forma sencilla.

Si parece difícil, piense que ya hace todo lo contrario de forma muy natural y fluida, porque lo practica diario.
13 Abril 2019 04:01:00
La incómoda calma
El estrés, esa tensión física, mental y emocional que necesitamos para sobrevivir y resolver problemas, nos arruina la vida si no sabemos cómo y cuándo desactivarlo. El estrés es el responsable de la más nociva enfermedad de hoy en día: la ansiedad, que no es otra cosa que intranquilidad continua y sin motivo aparente, enloquecedora como la tortura. Nos enferma y llega incluso a matarnos.

Resistimos ambos hasta las últimas consecuencias porque no conocemos otra forma de sentirnos, y porque nos inundan frecuentemente con la adictiva adrenalina, sustancia que nos da una intensísima sensación de “estar vivos” y ser poderosos, al grado de nublar la razón.

La mayoría de la gente considera que la alta tensión con la que vive es normal e inclusive correcta, y que la calma solo es para los budistas, los campesinos que viven alejados de la civilización, los hippies o alguno que otro loco urbano.

Pocos quieren bajarse del estrés, pero todos anhelan vivir lo mejor posible. Y así, imposible, porque la vida comienza realmente cuando aprendemos a disfrutar la incómoda calma y a bucear en sus profundidades, que son las del alma.

La vida, para ser vida, debe ser zen, término que significa en su origen meditación o estado de calma. La meditación no es otra cosa que ir interiormente hacia nuestro centro, donde está el alma esperando para abrazarnos, contenernos y amarnos, sin tiempo y sin espacio, en el infinito. Un instante ahí jamás se olvida. Siempre se vuelve a buscar. Cambia la vida, abre la conciencia. Ese es el
objetivo de meditar.

No haremos contacto nunca con nuestra alma si no aprendemos a estar en calma, y la calma no viene de afuera, sino de adentro, incluso en medio de la tormenta. Si no establecemos esa relación, habremos vivido en la superficie; esto es, en la imitación del amor, la seguridad, la felicidad; en el engaño. Nos habremos conformado con ser solo un reflejo de lo que realmente somos.

Y todo por el estrés desproporcionado. Así de invasivo y poderoso es. Pero una vez comprendido esto, lo más importante es entender cómo funciona para saber cómo desactivarlo.

El estrés fuera de proporción, es decir, el que va más allá de sus funciones esenciales, es producto del miedo, que a su vez es resultado del pensamiento negativo, en modo “y si”: me dejan de querer, sufro un accidente, no me pagan, me agreden, me lo niegan o me ignoran. En resumen, si algo sale mal y me duele.

Ese miedo nos lleva a reaccionar defensivamente a lo que nos rodea, aun cuando no sea hostil. A esto hay que sumarle que nuestro ego se lo toma todo a personal porque “somos el centro del
universo”.

Reaccionar consiste principalmente darle el control a esa loca o loco que tenemos todos en la cabeza, que solo escucha al miedo y que, en consecuencia, se la vive tratando de controlar mentalmente lo que considera perturbador, preocupándose constantemente, haciéndose la víctima, creando o apropiándose dramas, discutiendo imaginariamente con personas ausentes, sintiéndose como pez en el agua en la grilla, en un ambiente incierto u hostil de trabajo y un entorno social banalizado, entre otras situaciones.

La buena noticia es que esa loca, ese loco, no son usted. Son su computadora biológica invadida por los virus, porque la ha estado operando mal su ego maniaco. Para llegar a donde está el verdadero usted, el programador, hay que cambiar radicalmente de creencias, abandonar la
inflexibilidad y fluir.

Hay que ponerse en modo zen. El primer paso es admitir que vivimos equivocados. Aterra, ¿no?, porque vulnera en extremo… pero solo al ego. Tome el mando y dígale que no se asuste, que sobrevivirá y hasta se divertirá. La semana que viene le platico cómo desactivar el estrés para que su ego se sienta
seguro y suelte el control.

06 Abril 2019 04:05:00
El hubiera sí existe
Uno de los motivos por los cuales la humanidad no aprende de sus errores es que prefiere cancelar todo aquello que no puede manejar, en lugar de aprender a dominarlo.

Leyes, instituciones, objetos, actitudes, conductas, ideas y hasta personas son dese-chadas, ignoradas o abandonadas; en esencia, incomprendidas y, consecuentemente, desaprovechadas, por no ser lo que pretendemos que sean.

El proceso de civilización nos ha hecho olvidar que la adaptación es de dos vías: de afuera hacia adentro y de adentro hacia afuera.

Cuando se trata de afuera hacia adentro somos unos transformadores implacables; todo en nuestro entorno tiene que marchar a nuestro capricho. En sentido contrario, nos morimos de miedo.

En el polo opuesto del dese-chamiento irreflexivo, no somos capaces de renunciar a una sola de las cosas que sí nos funcionan para permanecer en una falsa estabilidad y una precaria
seguridad.

Y en este proceso de negación al aprendizaje, al cambio y, por tanto, a la evolución de la conciencia, nos hemos atrevido a asegurar y, peor, a creer a pie juntillas, que el “hubiera no existe”, porque en lugar de sacarle partido, nos torturamos con él, lo convertimos en sufrimiento.

Descalificar la utilidad del hubiera no desaparece el proceso mental. Ahí está, omnipresente, para hacernos la vida de cuadritos, aunque decidamos no verlo. No existe un solo ser humano que no tenga al menos un hubiera al día.

Si no se ha dado cuenta de ello, es que no está observando lo que piensa. Ya sabe usted que las personas somos realmente diestras en ignorar cuestiones y asuntos, externos e internos, que se convertirán más adelante en verdaderas tormentas porque nos negamos a afrontarlos a tiempo.

Si atendemos hoy nuestros hubiera, de verdad que la vida puede cambiar. En primera instancia, nos sirven para producir pensamientos positivos y emociones ídem, como la gratitud, que cambian nuestra química cerebral, y por tanto celular.

Sanamos mental y físicamente cuando pensamos en las cosas acertadas que hicimos en nuestro pasado y que construyeron lo bueno que
tenemos en el presente.

Este tipo de ejercicio mental lo elaboramos generalmente en términos de “qué tal si no hubiera ido a esa escuela, no hubiera conocido a mi amigo”, “qué tal si no hubiera hecho aquella llamada telefónica con la que conseguí este trabajo” o “qué tal si no hubiera hecho ese viaje en el que encontré a mi pareja”.

Este tipo de hubiera es el “hacedor de milagros”. Nos muestra cuán afortunados somos en la vida y cómo todo se fue sincronizando para que así fuera.

Hay, no obstante, otros hubieras dolorosos, aquellos ligados a nuestras malas decisiones y acciones.

Estos son el plomo que habremos de convertir en oro en la alquimia interior, a través, primeramente, del perdón, pero como este es un proceso y no un suceso, acostumbrados como estamos a la inmediatez interior, la volubilidad de pensamiento y sentimiento, decidimos pasar de largo, creyendo que el malestar emocional desaparecerá, pero no lo hace, solo se deposita en otras cuestiones y asuntos personales a los que contamina, pues no
son su origen.

Tras estos hubiera vamos a encontrar sentimientos negativos que tendremos que transmutar: culpa, frustración, miedo, rechazo, desprecio a nosotros mismos, entre otros.

Algunos hubieras se reducen solo al ámbito de una neurosis de perfeccionismo por desvalorización infantil.

No nos permitimos habernos equivocado, y no ser las personas “merecedoras” de la aceptación de papá y mamá. Otros nos llenan de culpa por lo irremediable, que de acuerdo con nuestra cultura merece castigo, no perdón; así que nos lo proporcionamos con singular generosidad.

En última instancia, un hubiera bien manejado es una guía de lo que está bien hecho y lo que no lo está, desde nuestra perspectiva personal.

Nos muestra quiénes somos realmente, más allá de
quiénes creemos ser.

El hubiera sí existe. Aprovéchelo.
30 Marzo 2019 04:00:00
Dígale no a los edulcorantes
La vida se vive de adentro hacia afuera. Exactamente al revés de como lo hemos venido haciendo. Esto quiere decir que en lugar de buscar algo o alguien que nos ame, valore, respete, apoye y dé seguridad, lo único que realmente funciona es que lo hagamos nosotros mismos por nosotros mismos.

Le sonará redundante este último renglón, pero no, es exactamente lo que hay que hacer, porque básicamente la gente está buscando de nosotros todo eso, pero no podemos dar lo que no tenemos. Si ellos no lo tienen, igual que nosotros, tampoco podrán dárnoslo.

No obstante, establecemos una promesa de intercambio, con los amigos, las parejas, las personas de nuestro trabajo y hasta los padres y los hijos. Ponemos todas nuestras expectativas en lo que queremos recibir, no solo de ellos, sino de la vida misma, y quienes se relacionan con nosotros hacen lo mismo. Evidentemente, les fallaremos y nos fallarán.

Ahora, si esta “rutina” fuera tan sencilla, ya nos habríamos dado cuenta de lo inútil que es exigirle a la vida y a los demás que nos den lo que nos falta. ¡Ah no! Hay que complicarlo, como solemos hacer con todo. Lo cual, por otra parte, es normal e incluso deseable hasta cierto límite, pues aprender a desentrañar estos enredos, para simplificar las cosas, es uno de los misterios y grandes secretos de la vida. Es el hilo conductor hacia el crecimiento y, evidentemente, hacia la felicidad.

Lo que hacemos, pues, para no darnos cuenta de que no nos damos cuenta, es creer que tenemos aquello de lo que carecemos. Así de absurdo. Y que lo que realmente estamos pretendiendo de otro es reciprocidad. Damos por hecho, entonces, que ese otro también lo tiene, pero no nos lo quiere dar.

Para demostrarlo, recurrimos a edulcorantes emocionales y conductuales socialmente estimulados. Es decir, a malas imitaciones de todo aquello que queremos que nos den, para hacer creer que lo damos, y que por tanto tenemos derecho de exigirlo de regreso. Ejemplos: celamos, poseemos y controlamos para asegurar que amamos; “echamos porras” para que se entienda que valoramos y apoyamos; decimos “no llores, no vale la pena”, “déjalo, no es tan importante”, para que se crea que calmamos y consolamos; proveemos materialmente afirmando que de ello proviene la seguridad, etc.

Sin embargo, cuando los demás nos dan exactamente eso mismo, no es suficiente para nosotros, fundamentalmente porque no es los que buscamos, sino un grotesco edulcorante.

Ahora bien, todo este enredo con el que nos relacionamos los seres humanos no es más que un punto de vista de la vida. Una forma de educarnos unos a otros. Un rasgo cultural. Así de simple. Creemos estar atrapados en una realidad, cuando solo estamos entrampados por las ideas.

Otra cosa sería de la humanidad si desde pequeños nos hubieran enseñado que dentro de cada uno nace la felicidad si elegimos poner énfasis en lo positivo en lugar de lo negativo, ver la belleza que hay en todo en lugar de los escasos puntos de fealdad; que dar satisface más que recibir y que la seguridad, el respeto, el amor, la valoración y la tranquilidad son hábitos, no sentimientos.

Confiar en alguien es un hábito, tanto como celarlo; escucharlo poniéndose en su lugar es un hábito tanto como no hacerlo y recetarle unas cuántas fórmulas calmantes; permitirle a alguien ser quien es, pensar y sentir lo que piensa y siente es un hábito tanto como estarle diciendo lo que tiene que ser, pensar y sentir. Y
continúe la lista.

La diferencia es que los hábitos que nos hacen felices requieren que seamos valientes y tenaces, que pongamos la conciencia en on, y los que nos hacen infelices dependen únicamente de que respiremos, con la conciencia en off.

¿Y usted, vive en on o en off?
23 Marzo 2019 04:00:00
De lo exigible a lo imposible
¿Conoce usted a ese tipo de persona que nunca se rinde, cueste lo que cueste? Son el prototipo del deber ser, el individuo que se supondría destinado a alcanzar todo lo que desee, pero que solo encuentra infelicidad y enfermedad. Esta es la paradoja del estándar del éxito en la vida moderna, porque pone el énfasis en el logro material a costa del deterioro emocional y espiritual. Todo el que intente parecerse a este modelo invariablemente sufrirá, porque se requiere un nivel de autoexigencia cuya meta sea una perfección inalcanzable.

Se trata de personas que no se permiten cometer un error. Cuando lo hacen, tratan de negarlo culpando a los demás, o se autocastigan emocional y físicamente de variadas formas, entre ellas una que nos es muy común a todos: la obsesión, ese darle vueltas y vueltas en la cabeza a un asunto, para encontrar una respuesta que disminuya la angustia, la culpa, la ansiedad o el dolor que estamos padeciendo, generalmente por no obtener lo que creemos necesitar o, en el caso del autoexigente, no dar la talla en relación con nuestras expectativas sobre nosotros mismos.

El autoexigente perfeccionista puede ser, en un extremo, alguien disciplinado, estructurado, muy responsable, que hace su trabajo a conciencia y oportunamente, con la mayor disposición a seguirlo mejorando, porque nunca queda todo lo bien que pudiera quedar. No sabe delegar y, evidentemente, se acarrea una constante sobrecarga de trabajo, con el consecuente estrés, que a la larga producirá graves problemas físicos y
mentales.

En otro extremo puede ser una persona que haga el mínimo esfuerzo en todos los sentidos, por temor a equivocarse si va más allá. Podría incluso cometer errores constante y deliberadamente en cuestiones en que su autoreproche sea aceptable, para no tener que emprender otras responsabilidades que lo llevarán al fracaso en asuntos de imperdonable falla.

Aunque en ambos casos existe un grave problema de autoestima detrás, el ideal de perfección que sobre sí mismos se han planteado, los llevará al otro polo, al narcisismo. Uno será el narcisista insuperable y el otro el hedonista.

Ambos se vuelven tóxicos, pues proyectan su autoexigencia en otros, a quienes hacen sentir que nunca, nada de lo que hagan, será suficiente. Son aquellos que viven señalando los errores ajenos, reclamando, quejándose. Estos últimos rasgos habrán ya aterrizado al autoexigente perfeccionista al nivel de la vida cotidiana, ¿verdad? Haga su lista. Quizá empiece por usted mismo.

El autoexigente perfeccionista es siempre, completa o parcialmente, distante y rígido, pues teme a sus emociones, pero mucho más a la espontaneidad con que estas se presentan, pues su terreno firme es estudiar a priori todas las alternativas ante una situación, real o imaginaria, pero predecible, a diferencia de las reacciones emocionales.

Si temen sus emociones, son por supuesto más que deficientes para ser empáticos. No escuchan a los demás ni les interesan sus sentimientos. Están inmersos en su eterno ruido mental. Todo los lleva al “yo”.

Son, además de los eternos insatisfechos, los perfectos egocéntricos. Muchos de ellos pueden ser figuras públicas y hasta activistas o filántropos; otros, unos verdaderos eremitas, cascarrabias y amargados. Los hace detectables su incapacidad de validar a una persona; al menos no antes de haberla hecho pedazos, a veces muy sutilmente.

Todos podemos y debemos ser autoexigentes en cierta medida; en el trabajo, la escuela o donde se requiera un esfuerzo para ascender. No así en lo familiar y social, donde se supone que debiéramos aceptarnos unos a otros con afecto, sin más. Pero la exigencia es desgraciadamente la medida del amor (lo que creemos erróneamente que es amor): nos lo damos o lo damos a otros solo si somos o son exactamente la persona idealizada. Como esto jamás sucede, la exigencia se convierte en una sed insaciable que no nos deja vivir ni en paz ni felices.

16 Marzo 2019 03:17:00
Ídolos vienen, ídolos van
No son pocas ni sencillas las razones por las cuales un ser humano necesita creer en algo superior a sí mismo, ni escasas las personas y las ocasiones en que tal necesidad adquiere un carácter vehemente, que conduce irremediablemente a la idolatría, es decir, a la adoración de un ídolo como se supone que debiéramos amar a Dios.

De hecho, todos hemos sido idólatras alguna vez. Hemos adorado personas, objetos, símbolos de poder como el dinero, la fama, la belleza física; o ideas sobre Dios transmitidas por las religiones y, en sustitución de ellas, conceptos como la ciencia.

Necesitamos idolatrar por varias razones. Primero, es imprescindible que nos demos una identidad, o sea, un yo. Durante la niñez, nuestro ídolo será el padre o la madre; durante la adolescencia, los amigos, las parejas, o figuras públicas.

Hasta aquí todo normal. Pero… cuando siendo adultos estamos idolatrando, algo anda mal.

Hablamos de adultos inmaduros que en su formación de identidad se quedaron en un yo opuesto al de los demás, necesitado de defenderse, porque evidentemente se cree deficiente. Las razones por las cuales esto pasa son evidentes: falta de atención, de afecto, de reconocimiento y validación durante la infancia. Ausencia de una enseñanza sobre cómo manejar las emociones.

Ciertamente muchas personas aprenden esto en el camino de la vida, pero la verdad es que la mayoría no. Tenemos por eso sociedades enteras infantilizadas, culpando a los demás de lo que sucede, atribuyéndose la razón absoluta, porque eso es lo que hace un idólatra: si el ídolo no puede equivocarse, todos los demás lo están.

El idólatra está en un estado mental de tanto miedo y tanta inseguridad, que le enajena al ídolo su voluntad, su capacidad de razonamiento y hasta sus acciones, con tal de no hacerse responsable de sí mismo. Esto es muy común en política.

El idólatra monta en cólera y reacciona con violencia cuando contradicen o critican a su ídolo, que ciertamente puede ser él mismo. Las redes sociales dan muestra cotidiana de idolatría.

Por otra parte, el ser humano es inconforme por naturaleza, porque no solo actúa para sobrevivir y reproducirse, sino para desarrollarse. Pero ha confundido la inconformidad con descontento. La primera es una actitud ante la vida, el segundo es un malestar que frustra y nos lleva a evadirnos del presente, esperanzados en que el futuro será mejor.

En ese escape de nosotros mismos y nuestras circunstancias es que utilizamos una cualidad espiritual que está destinada a propósitos muy superiores: la fe, la convicción más allá del entendimiento, que debiera servirnos para amar a Dios y no para poner la expectativa en un futuro que nunca, jamás, vendrá, porque cuando llegue será presente, y en nuestro afán de huir siempre de éste, habremos evadido la vida misma.

No obstante, el ídolo es la promesa de ese futuro al que aspiramos, y no porque el presente no sea bueno, sino porque, prendidos al pasado, mezclamos la inconformidad con emociones negativas: frustración, envidia, resentimiento; en resumen, infelicidad.

La vida avanza y el ídolo no cumple con nuestras expectativas, nunca lo hará, y probablemente pasará mucho tiempo antes de que nos demos cuenta de ello, pero invariablemente llegará el momento. El ídolo no resuelve porque no es nosotros.

En lo que nuestra vida concierte, solo nosotros tenemos el poder de cambiar las cosas, y no se trata de tener más dinero, más estudios, más fama, sino de pensar diferente.

Ahora bien, tratándose de personas, el idólatra será siempre menos infeliz que el ídolo. Éste es en realidad el dependiente del binomio. Creyendo tener el control, lo pierde todo de pronto.

Práxedis Guerrero, el periodista, editor, filósofo y poeta mexicano, precursor de la revolución mexicana, dijo: “Es más fácil suplantar un ídolo en la conciencia de los idolatras; no así destruir la idolatría.

Por eso los suplantadores tienen mejor suerte que los reformadores.”
09 Marzo 2019 04:00:00
Ni tan listos
A casi toda persona le gusta sentirse más lista que los demás. Algunas incluso basan toda su autoestima en esa embriagante sensación.

Mientras más explicaciones lógicas tienen para describirse a sí mismos y hacer valer sus decisiones y acciones, o argumentos más contundentes muestran en sus discusiones, más infalibles y superiores se sienten. ¡Ah, su vida vale la pena!

La gloria de convencer y vencer tiene pocos equivalentes en la gama de emociones humanas.

Pero como todas las cosas del ego, tal superioridad es muy frágil, por falsa. No obstante, ésta es la vida de competencia para la que estamos casi todos educados.

Las escuelas hoy en día preparan más para ganar que para colaborar, para saber que para comprender, para exigir que para dar y para racionalizar que para razonar.

En este contexto, lo que importa es el coeficiente intelectual. Pero nadie ha podido hasta ahora dar una mayor utilidad a ese tipo de inteligencia que no sea la de ser una mercancía atractiva para los mercados laboral, amoroso, social, etc.

Esto es porque se ha reducido la función cerebral al simple ejercicio de justificar miedos, prejuicios, creencias erróneas, valores distorsionados, emociones mal vistas; es decir, a racionalizar, en lugar de sostener un ecuánime diálogo interno, o sea, razonar, que solo comenzará cuando se acepte aquello que se rechaza.

He ahí la diferencia entre racionalizar y razonar. Racionalizamos continuamente porque la motivación es ser más listos que otros, pero una vida vivida así es puro estrés, solo competitividad, lo cual no puede llevarnos a otra cosa que a la frustración, la envidia, la auto descalificación, la inseguridad y, obvio, la infelicidad.

Decía la filósofa rusa Ayn Rand, creadora de la corriente conocida como “objetivismo”, y autora de varios libros: “la racionalización es un proceso, no de percibir la realidad, sino de intentar hacer que la realidad se adapte a las emociones de uno”.

Y agregaría: justo a aquellas emociones que rechazamos, de tal manera que con eso las empoderamos, para que secretamente guíen nuestras vidas.

Es decir, tomamos decisiones y actuamos llevados por nuestras emociones, pero lo negamos o lo avalamos con explicaciones lógicas. Y así permanecemos con parejas que nos dañan, porque “en el fondo me quiere”, o “con mi amor podré cambiarlo (a)”.

Nos mantenemos en trabajos insatisfactorios e incluso frustrantes porque “hay gente que ni tiene”, o apoyamos a personas que nos engaña porque “otros son peores”.

El poder de la racionalización se debe a que es un mecanismo de defensa del ser humano, y en ésta época de descarnada competitividad necesitamos defendernos, principalmente del dolor que causa una educación y, por tanto, una experiencia familiar y social lejanas del afecto como valor primordial.

Cuando recibimos afecto en la infancia, adquirimos la capacidad de lidiar con el dolor y la frustración, aceptar lo que sentimos y razonar con ello. Cuando nos atrofian emocionalmente, nos sentiremos insuficientes, defectuosos de origen, y nos aislaremos o nos relacionaremos con esa “mancha”.

Desarrollaremos entonces las emociones negativas que aprendimos de quienes nos dañaron, pero racionalizaremos para “tapar” lo que erróneamente creemos que somos y lo que sentimos debido a esa distorsión, principalmente ante nosotros mismos.

Sí, la racionalización es la vía y la técnica del autoengaño. Somos nosotros los primeros en creer nuestras mentiras. Y con la misma convicción con que las creemos, tratamos de convencer de ellas a los demás. Lo peor es que lo lograremos mientras el nivel de racionalización coincida.

A menor disposición de verse a sí mismo, mayor complicidad entre racionalizadores, disfrazada de lealtad o rayando incluso en el fanatismo.

Cuando la racionalización llega a estos niveles de ceguera, nos estamos traicionando a nosotros mismos, lo que somos y sentimos en realidad.

Y así evadimos la vida y todo aquello que nos ayudará a crecer para estar en aptitud de disfrutarla plenamente.

02 Marzo 2019 03:47:00
Cosas de sabios
A todos y todas quienes se atormentan y se complican la vida: ¡Felicidades! Es un requisito indispensable para la sabiduría útil. Pero sólo el primero de ellos, el que menos trabajo cuesta.

¿Y quién quiere ser un sabio en esta vida moderna? Todos querríamos si comprendiéramos que la sabiduría va de la mano con la paz interior, y que ambas son la fórmula para lograr en la vida cualquier cosa que se quiera.

Sí, cualquier cosa. Son la fuente de la eterna juventud y la piedra filosofal interactuando; el entusiasmo por vivir y el goce garantizado de la vida caminando y conversando juntos y despreocupados, en una perfecta tarde soleada y fresca.

La sabiduría útil no es, pues, un estatus, ni un cúmulo impactante de conocimientos. Es sobre todo una forma de vivir con plenitud. Es, además, gradual. Se va adquiriendo poco a poco, descubrimiento tras descubrimiento en el –y aquí está lo complicado– terrorífico camino del autoconocimiento. No hay otro.

Por eso contados la adquieren o se conforman con poquita, esa que se convierte en el famoso sentido común, o sea, la llamada sabiduría popular, que no es por cierto deleznable, pero sí completamente insuficiente a efectos de mejorar nuestra vida, porque es “cabeza ajena”.

La sabiduría es estrictamente personal, pues no es sólo conocimiento, sino la forma en que lo aplicamos, y tan mal lo hacemos, por lo regular, que una de las más conocidas debilidades del ser humano es no dar ejemplo de lo que pregona.

Todos hemos aprendido dolorosas lecciones alguna vez en nuestras vidas, que hacen posible actuar con sensatez y prudencia a futuro en lo que a ellas concierne, así como aconsejar a otros.

Es probable, incluso, que hayamos construido nuestras propias “máximas” al respecto. Pues esto es sabiduría, una perla en el collar.

Y para obtener esa perla seguramente tuvimos que rendir nuestra soberbia, al menos temporalmente, cuestionar si estábamos en lo correcto, enfrentar el dolor de nuestros errores y experiencias traumáticas, escuchar con atención, darle crédito y razón a otros, comenzar a respetarlos, responderles serenamente y callar en el momento preciso. Es decir, a mostrar humildad ante nosotros mismos y ante el mundo.

Esa es la actitud de sabiduría. Llega cuando la vida nos doblega y nosotros decidimos aprender. ¿Difícil? La verdad es que no. A todos nos ha sucedido alguna vez. Agradable para nada, eso sí. Al ego siempre le duele la sabiduría.

No le gusta el “displacer” y nos aleja constantemente de él, en busca de la eterna y continua gratificación, muy a la mano en un mundo de consumismo y tecnología.

Si el displacer no tiene una utilidad, es decir, no está ligado a deseos, objetivos y logros en la vida, tenderemos a evitarlo en automático. Lo mismo haremos cuando la meta final se vea lejana e incierta y el disgusto consecutivo.

Esto último pasa cuando se pierde de vista la finalidad de las lecciones de la vida, que una tras otra nos van llevando a la transformación personal hasta la autoaceptación plena, es decir, la paz interior, y con ello a la sabiduría, la forma de vivir para conservarla.

Vivir disgustados, distraídos, enojados, ansiosos, gratificándonos constantemente para aminorar el malestar, adictos, soberbios y necesitados, no requiere absolutamente ningún esfuerzo.

Vivir conscientes de nosotros mismos todos los días, de lo que tememos, lo que sentimos, lo que pensamos, y cambiarlo en caso de que nos esté produciendo displacer, es cuestión de voluntad y su refuerzo cotidiano.


La primera opción requiere que nos compliquemos la vida, y eso se nos da espontáneamente, como respirar. La segunda sólo es posible cuando vamos simplificándola, y eso es lo más difícil que cualquiera pueda hacer, porque requiere humildad, desapegos, renuncias, confianza en los demás.

Ya sabe por qué no somos sabios.
23 Febrero 2019 04:00:00
Cosas de chivo en cristalería
Nadie declara la guerra a otro sin estar en guerra consigo mismo. Ninguna nación en realidad ha declarado a otra la guerra; sí los individuos que, representándola, tienen el poder de hacerlo, porque se odian a sí mismos.

La guerra es siempre auto-repudio, desviado hacia otros mediante un fenómeno psicológico conocido como proyección, porque representan lo que rechazamos en nosotros. Proviene de la gran paradoja humana: la intolerancia. Tratamos de homogeneizar caracteres, creencias, estilos, etc., por temor a la inferioridad, la consecuente humillación o el aislamiento, pero a la vez, queremos ser diferentes y únicos, para ser reconocidos individualmente, como superiores, por supuesto.

Al final, sin embargo, predomina nuestra incapacidad de manejar la diferencia. De lo contrario no lucharíamos tanto por la igualdad.

Vivimos reprimiendo lo que realmente somos para complacer a los demás, porque eso es lo que se ha esperado de nosotros desde que nacimos. Eso es lo que hemos confundido con educación desde hace milenios. Homogeneizar ha sido educar.

Ocultamos lo que somos principalmente para nosotros mismos, y nos volvemos por eso nuestros peores enemigos. Nos sentimos constantemente hostiles, pero en nuestra necesidad de alejarnos del horror de mirarnos, apuntamos los cañones hacia objetivos externos, pero equivocados.

Así que quien va por la vida combatiéndola, porque cree que el mundo y los demás están en su contra, no es un verdadero guerrero o guerrera, aunque quiera creerlo para justificarse, sino solo el clásico “chivo en cristalería”.

O el que vive sintiéndose “el más”: más inteligente, más guapo, más rico, más acertado, etc., no es el triunfador o exitoso, sino únicamente el que más presume, es decir, el más inseguro.

Es en estas batallas pírricas donde se queda atorada la mayoría. Y si se les pregunta si desean la paz, lo primero que pensarán es en el “cese de las guerras en el mundo”, pero no en un estado de conciencia personal en el que finalmente han llegado a una relación armoniosa y amorosa consigo mismos.

El verdadero guerrero no es ni el peleonero ni el luchón, sino el que combate contra quien realmente tiene que hacerlo, y el triunfador no es el que aplasta al contrincante, sino quien lo trata con justicia y reconoce su valía.

Solo un genuino guerrero –que identifica al verdadero enemigo, así como el origen de la guerra y cómo terminarla–, es un pacifista, y viceversa. Combate cada vez que es necesario con el único objetivo de alcanzar la paz.

Quien crea que el guerrero vive para guerrear, lo está confundiendo con el chivo en cristalería. Cuando la guerra se emprende contra cualquier otro en realidad se busca destruir lo que nos disgusta de nosotros mismos. Ni siquiera se pretende la paz.

Somos, pues, reales guerreros, cuando reconocemos que nuestro único enemigo somos nosotros mismos y que nuestra misión es triunfar en esa guerra para conocer, reconocer, aceptar, valorar y finalmente amar a ese enemigo, el ser al que no hemos dejado ser.

El guerrero no hace la guerra, hace la paz. Todo lo demás es el chivo en cristalería.

La paz no es el cese de la turbulencia mental y emocional ni parar de sufrir o de tener miedo. Eso es la calma. Tampoco es vivir sosegada y ecuánimemente. Eso es la tranquilidad. La paz se alcanza después, porque es estar con uno mismo, en perfecto reconocimiento y disfrute. Cuando seamos nuestra mejor compañía, habremos alcanzado la paz. Para eso se requiere un manejo experto de la soledad y la meditación, valor para ser vulnerable, sensibilidad, bondad, generosidad y, ante todo, una conexión con lo divino, porque es un estado superior de conciencia que nos lleva a la humildad, es decir, a ocupar nuestro lugar en el universo.

16 Febrero 2019 03:56:00
La mejor actitud
La calma es una condición mental; la tranquilidad, una actitud y la paz, un estado de conciencia. Ninguna de estas tres subvaloradas virtudes llega sola. Nosotros debemos crearlas. Sin excepción. En pensamiento, sentimiento y espíritu.

Son virtudes por ser objetivos de realización espiritual que sólo pueden provenir de una actividad interna que se convierte en hábito. Están muy subvaloradas porque sin ellas es imposible alcanzar y mantener todo aquello que creemos más importante, como la estabilidad.

Todos nos contamos historias acerca de nosotros mismos. Construimos una imagen que confundimos con lo que realmente somos y una inteligencia artificial, llamada ego, que le da vida a ese personaje, con el que vamos por la vida como aliados o enemigos de otros egos.

Pero nuestra conciencia sabe que fingimos. Una sensación de angustia y/o de vacío aterrador nos desestabiliza por momentos.

Para apagarlas, le damos rienda suelta al caos mental: las preocupaciones, los miedos, las críticas, las discusiones con personas ausentes, los juicios, los resentimientos, principales causas del estrés que distorsiona las emociones y nos impide sentir profundo, pues nos arrebata la calma, la capacidad de estar tranquilos y la paz interior.

Y entonces, como no podemos crearlos, por no tener los cimientos adecuados, nos dedicamos a edulcorar el amor, la seguridad, la abundancia, la alegría, la seguridad, la felicidad, etc. Es decir, a sustituirlos por emociones intensas que los imiten o a embellecer falsamente algo malo que sentimos, como la envidia.

Sólo en calma una persona puede hacer contacto consigo misma y encontrar que lo menos importante es autodefinirse. Se es, sencillamente, y eso da una gran plenitud.

Verá que el amor no es una necesidad, sino una tendencia natural, y que la seguridad y la abundancia siempre han estado ahí.

Tras la calma, o sea el cese del caos mental, mediante la realización de diversas actividades en un estado de atención plena (respirar, caminar, oír música, observar), se está en condición de crear tranquilidad. Ésta es el siguiente nivel porque involucra emociones. A todo pensamiento sigue una emoción.

La tranquilidad viene de combatir nuestros miedos, que nos hablan siempre de pérdida y dolor. Por eso nos empujan al apego y al control. Sin renunciar a la necesidad de poseer, de resolverle la vida a los demás y caerle bien a todo mundo, no habrá tranquilidad.

Nadie puede tomarse las cosas con tiempo, sin nerviosismo ni agobios, sin preocuparse de si quedará bien o mal ante los demás; es decir, nadie puede actuar tranquilamente, si lo domina el miedo a la pérdida, al rechazo, a la adversidad, al imprevisto.

Por eso la tranquilidad implica dar un paso en firme dentro de la espiritualidad, mediante la fe: creer con convicción, más allá del entendimiento, que lo mejor está por venir, que todo estará bien. No lo espero. Lo sé.

Para llegar a esa convicción es necesario saltar una barrera: en el momento en que aparece ese miedo, esa punzada de dolor, acostumbramos racionalizar de inmediato, para restarles peso e importancia. Eso los magnifica a la larga.

Hay que oírlos, observarlos, sentirlos, dejarlos fluir. No nos matarán. Entonces nos daremos cuenta de su fragilidad. Nos percataremos de que lo único sobre lo cual podemos tener control, realmente, es sobre la forma en que nos sentimos.

Si la calma es el cese del caos mental, la tranquilidad es el cese de la agitación emocional, no porque todo está bien, sino a pesar de que nada esté bien. Esto no es por supuesto lo mismo que no sentir, pues una cosa es intensidad, cuestión del ego, y otra profundidad, asunto del alma.

A la tranquilidad le sigue todavía algo mejor: la paz interior o completa armonía con uno mismo. Es difícil de lograr porque siempre estamos en guerra con algún aspecto de nosotros, físico, emocional o mental. Pero esto ya es asunto del próximo artículo.
09 Febrero 2019 04:00:00
Vida ficción
Casi nadie sabe lo que quiere ni lo que necesita, aunque crea que sí. Todos, sin excepción, estamos enfocados en un concepto de autorrealización que engloba amor romántico, unidad familiar, salud física e incluso emocional, una situación económica desahogada que elimine preocupaciones y nos permita diversiones y hasta lujos, una profesión u oficio que nos dé éxitos personales y un grupo social que nos valide y nos apoye.

A medida que vamos logrando una u otra meta nos vamos encontrando con que la satisfacción está ausente y la felicidad es un mito. Podemos negar lo que sentimos, en cuyo caso habrá una molestia emocional constante que trataremos de eliminar con placeres que ya no pueden exhibirse o excesos que se convierten en adicciones.

Y la verdadera vida sigue sin comenzar…

Pero no nos damos cuenta… Cuando mucho tenemos una sensación recurrente como de fastidio, de sinsentido. Entonces el ego nos aconseja: “cómprate otro coche”, “viaja”, “busca otra novia”, “necesitas más ropa”, “hazte una liposucción”, “manda un guasap”, “mira qué hay en face”. En resumen: no sientas eso ahora.

Y la verdadera vida sigue sin comenzar…

¿Cuál es el principio de la verdadera vida? Y, por tanto, ¿qué es lo prioritario, sin excepción, para cada uno de nosotros?: calma. Sin ella seremos insaciables y, en consecuencia, eternos insatisfechos.

Sin calma, no nos conformaremos con que nos amen, querremos que se autoanulen por nosotros y/o haremos lo mismo por otros. El dinero y los bienes materiales estarán siempre por debajo de nuestras aspiraciones, nuestro grupo social estará lleno de tontos, las personas que trabajan con nosotros nunca lo harán bien, la familia tendrá demasiados defectos, no nos divertiremos jamás en la medida en que lo necesitamos y los placeres que requeriremos cada vez serán más perversos o destructivos, porque el ego no es un ser viviente, sino una inteligencia artificial que se vale de nuestros pensamientos para crear mundos imaginarios, como los juegos de video. La condición es que sean muy emocionantes, ya estemos del lado de los malos o de los buenos, de las víctimas o los victimarios, porque la adrenalina y el estrés nos mantienen ocupados. Es como vivir en un viaje eterno de montaña rusa.

La calma, en cambio, nos permite escuchar la voz del alma, donde sí está la vida; la presente y la eterna. Todo se ve, se siente y se hace distinto desde el alma. Con la profundidad del Ser, pero sin la intensidad del ego; con satisfacción, con plenitud.

Calma es ese estado mental en que no tenemos conflictos ni inquietudes, en que nada falta ni nada sobra. Según el diccionario de la Real Academia Española se da cuando algo cesa. En este caso, el caos de nuestros pensamientos, que saltan de un asunto a otro, de un deseo a otro, de un pendiente a otro, de un resentimiento a otro, sin que hagamos nada por detenerlos. Por lo general, somos presas del vocerío interno, porque entramos a la discusión.

No dormimos bien porque la cabeza está duro y dale, no ponemos atención en nada, no apreciamos nada, no disfrutamos, no escuchamos a los otros porque preferimos enfocarnos en ese mitote interno, tratando de imponer orden, pero no lo logramos, porque son demasiadas voces con las que no se puede razonar. Hacen como que te creen, pero vuelven a su necia y paniqueante cantaleta a la primera de cambios

Para entrar en calma no necesitamos que se resuelvan los problemas o que todo sea como queremos. La calma no viene. La creamos. Para empezar, respiramos, comemos, caminamos, observamos, nos aseamos, manejamos, etc., completamente atentos a lo que hacemos y, si es posible, concentradamente. Los pensamientos cesarán por completo durante un instante y ocurrirá un milagro. Créame.

Practique. Después vendrá lo mejor: más calma, tranquilidad y paz, para el próximo artículo.
02 Febrero 2019 03:57:00
Admítalo
Hay errores comunes o inauditos, sin consecuencias o caros, de pago inmediato o para toda la vida, e incluso con resultados muy afortunados. Lo bueno es que casi todos son ajenos, ¿verdad? ¡Uff, que alivio!

Desafortunadamente, la ajena es la cara falsa de la equivocación. La verdadera es la propia. Sin embargo, la mayoría de los seres humanos responde al patrón de inadmisión del error y, éste es uno de los grandes problemas de la humanidad, causante en gran medida de guerras, hambre, discriminación, delincuencia, ecocidio, etc.

Nadie puede evitar equivocarse, en el pensamiento, en las emociones y en los hechos. Pero, como decía el médico español Santiago Ramón y Cajal, Nobel en Medicina en 1906, lo peor no es cometer un error, sino tratar de justificarlo. Eso es negarlo, lo cual produce o magnifica y prolonga en el tiempo las consecuencias negativas de una equivocación, y anula las positivas, las únicas que le dan sentido a errar.

Así escala la cuestión egótica: en un mundo donde la competencia determina la forma de vida, ser infalible para escalar es indispensable. Esto se debe a que todos creemos que cometer un error nos acarreará la reprobación de los demás, su rechazo y su desprecio, porque ¡así ha sido! Por tanto, no podremos lograr lo que deseamos ni satisfacer nuestras necesidades, cualesquiera que éstas sean, si admitimos habernos equivocado.

La fuerza con que se resiste alguien a admitir el error tiene que ver con la profundidad de sus traumas en la infancia. El rechazo a equivocarse será del mismo tamaño que las descalificaciones, las humillaciones y los desprecios que haya sufrido por parte de sus padres y otros adultos, cuya exigencia irracional provino de los mismos traumas en su propia infancia, y no se dan cuenta que no se dan cuenta.

Mientras más escale social, económica, cultural o políticamente un individuo con dificultades para admitir sus errores, mayor será el daño que haga, puesto que sus simpatizantes, seguidores, adeptos, etc., por un mecanismo de identificación inconsciente, serán aquellos que tengan el mismo problema y crean, por tanto, a “pie juntillas” que poseen la verdad absoluta.

Mientras más férreamente rechace alguien la admisión de sus errores, mayor será la vehemencia con que defienda sus falsedades como verdades. De manera que podremos encontrar entre ellos a los llamados fanáticos.

Así que cuando el error se hace colectivo adquiere, como decía Gustave Le Bon, destacado sociólogo francés del siglo antepasado, la fuerza de una verdad. Sin embargo, y citando a otro personaje ilustre, Mahatma Gandhi, un error no se convierte en verdad por el hecho de que todo el mundo crea en él.

Y es así como arribamos al moderno concepto de posverdad: esa mentira colectiva que se sostiene y se defiende como verdad desde la emoción: la ira, el odio, el insulto, la agresión, más allá de la vehemencia.

Es entonces cuando será frecuente encontrarse con las siguientes formas descaradas de inadmisión del error: justificarlo racionalmente, mentir para disfrazarlo, pregonar fortalezas y cualidades para parecer infalible o ser perdonado de antemano; descalificar a cualquier crítico; disculparse hipócritamente porque el otro eligió sentirse ofendido; desviar la atención de los errores propios señalando y hasta magnificando los ajenos, culpar a otros de ser los verdaderos causantes.

Pero como no admitir el error es, más que un rasgo personal, un desorden psicológico, en la medida en que continúa la conducta crece la distorsión. La forma de percibir el mundo se deforma más y más, y se constriñe a un ego que todo se lo toma a personal y reacciona agresivamente. A nivel colectivo, la paz se rompe, porque la culpa siempre la tienen los demás. Son los enemigos.

Si queremos mejorar nuestra vida y al mundo, aprendamos a que no nos duela admitir nuestros errores. Entonces comenzaremos realmente a vivir, a aprender y a disfrutar.
26 Enero 2019 03:59:00
Cuando es mejor pedir que exigir
Nada destruye más rápido y sin remedio un vínculo afectivo que el reclamo constante. Es el Godzilla de las relaciones tóxicas: todo lo aplasta a su paso. Y eso es porque el reclamante crónico no reivindica derechos ni pide respeto o justicia, motivaciones sanas para reclamar, sino exige que las cosas se hagan a su manera.

El reclamante crónico cree genuinamente que logrará lo que quiere y resolverá problemas reclamando. Mientras va aumentando la resistencia y la irritabilidad del reclamado, más reclama y reclama, más impotente se siente, más tóxico se vuelve.

Ahora bien, el reclamado crónico, a su vez, ha ido sintiendo a lo largo de la relación que algo anda mal en él o ella, porque el reclamante es ante todo un manipulador muy hábil. Inicialmente se muestra encantador, comprensivo, accesible, flexible, afín; es decir, lanza una red de seducción, para después ir entretejiendo en ella otra de chantaje, poco a poco, de manera que el reclamado no lo note o, en última instancia, dude de sí mismo, porque nadie tan fantástico puede estar equivocado.

El reclamo crónico produce tanto en el reclamante como en el reclamado un sentimiento absolutamente incompatible con el amor: resentimiento, y otro que desplaza la paz interior, la seguridad, la felicidad: impotencia.

En muchos de los casos de autodevaluación o, como se le conoce hoy en día, baja autoestima, hay detrás una larga historia de reclamos, comenzando en la infancia. Se trata de personas cuyo ego fue siendo enfermado y su espíritu abatido, por padres que les reclamaban todo el tiempo sus errores, sus insuficiencias y torpezas, desde su propia exigencia hacia la vida, por supuesto, creyendo que los impulsarían a mejorar o compensarían de alguna manera las equivocaciones, carencias y frustraciones que ellos no pudieron nunca manejar.

El reclamante crónico es uno de esos victimarios que antes fue necesariamente víctima. No conoce otra forma de relacionarse que atacar, vulnerar, culpar, señalar; pero como el reclamo vacía de amor cualquier relación, se queda tarde que temprano solo o sola, profundamente carente, pues es el dependiente del binomio.

El reclamado, a su vez, enajena su vida por un tiempo, pues trata de dar gusto en todo al reclamante, para no disgustarlo. Se autonulifica en aras de mantenerlo apaciguado, hasta que, evidentemente, se cansa y se aleja, primero en contacto emocional, después físico y al final, quizá, presencialmente, lo que puede liberarlo por completo.

Esta vertiente de las relaciones tóxicas es más común de lo que se piensa y es una de las más devastadoras para cualquier alma, pues deja al reclamante en pie de guerra, listo para asesinar la siguiente relación, y al reclamado emocionalmente adormecido, desconfiado y, paradójicamente, crispado, a la defensiva, ante cualquier posibilidad de recibir un reclamo, venga de quien venga y aunque sea justo.

Así de pernicioso el reclamo crónico, porque es violencia psicológica. El reclamante exige porque no se atreve a pedir humildemente, por dos motivos: 1) siente que no merece y por tanto recibirá una negativa, que 2) no estará en posibilidad de manejar emocionalmente ante la vulnerabilidad que significa solicitar en vez de demandar.


Sin embargo, el mejor camino para obtener una respuesta positiva es expresar abiertamente el deseo, aun con miedo al rechazo. No es lo mismo decirle a alguien: te extraño y quiero verte, que ¡nunca me vienes a ver! Lo primero acerca, lo segundo aleja.

Detrás de todo reclamo hay una necesidad: quiéreme, valórame, respétame, cuídame, no me dejes, demuéstrame que soy importante para ti, etc. La manera de subsanarla es haciéndonos responsables de lo que sentimos, en vez de tratar de obligar a otro a hacernos sentir diferente. Siento que no me valoras, en lugar de la acusación ¡tú no me valoras!

Yo siento es la palabra que nos da el poder de cambiar lo que sentimos.
19 Enero 2019 03:54:00
Rencontrando el dinero
Hetty Green, la Bruja de Wall Street, quien llegó a acumular, a principios del siglo pasado, el equivalente a unos 4 mil millones de dólares de la actualidad, fue considerada la mujer más rica del mundo y, a la par, la persona más tacaña que ha existido.

Sólo tenía un vestido que remendaba ella misma y nunca lavaba; así que, efectivamente, apestaba. Vivía en cuartos de hoteles baratos, mientras rentaba sus mansiones. Por su reiterada negativa a pagar servicios médicos, a su hijo le fue amputada una pierna y ella quedó postrada en una silla de ruedas.

Tal era su apariencia física que algunos transeúntes le ofrecían limosna. Murió a los 81 años tras una rabieta, porque la leche le pareció excesivamente cara. Sus hijos dilapidaron su fortuna.

Este pequeño resumen de la vida de Hetty, pionera en el mundo de las finanzas, es un ejemplo de los más grandes errores en la relación entre los humanos y su creación quizá más importante, el dinero.

En primera instancia, está la equivocación de considerarla la mujer más rica del mundo por la cantidad de dinero que tenía acumulada. La cuestión, por cierto, de su posición entre los multimillonarios de la época, tenía a Hetty sin cuidado. Riqueza, dice el Diccionario de la Real Academia Española, es abundancia, la cual, según la misma fuente, es, más allá de “gran cantidad, copiosamente”, goce del bienestar económico.

En estos términos, Hetty ha sido, en los hechos, una de las mujeres más pobres del mundo. No sólo se negó el acceso a servicios esenciales, como los de salud, sino que jamás disfrutó de un centavo de toda la fortuna que acumuló.

Otro error evidente, por tanto, es la falta de utilidad del dinero en lo que debe ser su verdadero objetivo: atender nuestra salud y la de nuestros seres queridos, vivir confortablemente, educarnos, permitirnos algunos lujos que nos den el placer que todo ser humano requiere para equilibrar su vida emocionalmente.

En el disfrute del dinero está implícita ya una derrama de nuestras bendiciones hacia los demás, aquellos que nos proveen bienes y servicios, pero hay una dimensión de utilidad más allá del bienestar personal: la generosidad. Esta es la energía que atrae la prosperidad, es decir, tener incluso más de lo necesario en el momento preciso. La generosidad es la mejor manera de disfrutar el dinero sin culpa. La culpa obstruye su flujo.

El dinero es un circulante, esa es su naturaleza y su esencia. Respetarla es el secreto para que constantemente fluya. Sin embargo, en ese circular, no debe perderse nunca de vista que rebasar su utilidad de satisfacción personal y subvalorar la de generosidad es abrir un boquete financiero y energético, por el que comenzará a fugarse para no retornar.

Ese fue el error de los hijos de Hetty: despilfarrar, consumir su caudal en lujos que ya no daban ni placer ni satisfacción, sólo compensación por las carencias vividas antes; ni beneficiaban a otros cuya gratitud hubiera sido todavía más poderosa para la prosperidad del que dio, que cualquier buen negocio. Dar sin esperar, por supuesto. De lo contrario se intenta comprar lo que no puede estar en el mercado: afecto. Pero si alguien se conforma con una malentendida lealtad rastrera a prueba de balas, pues está bien. Sólo debe prepararse para una traición con fuerza de misil, la más cara que pueda pagar.

Así pues, cambiar nuestra relación con el dinero equivaldría a impulsar uno de los más grandes, profundos y verdaderos cambios del mundo. Estos son algunos aspectos fundamentales en que debemos reflexionar para hacer los cambios requeridos:

» El dinero llega cuando hay objetivos.

» Llega en el momento correcto.

» Se gasta lo que se tiene, no más. Las tarjetas de crédito no son dinero extra. Así usadas, son una trampa de autoempobrecimiento.
12 Enero 2019 03:59:00
Perdonando al dinero
Hay culturas que aman el dinero y culturas que lo odian; por tanto, hay igualmente personas que lo aman y que lo odian, pero todas, sin excepción, lo desean. ¿A cuál de estos dos tipos de cultura pertenece usted y cuál de estos dos tipos de persona es? Ojo: no tiene por qué haber concordancia.

Estas observaciones y las preguntas derivadas son fundamentales para que cualquiera que tenga problemas con el dinero –y mire usted que es la mayoría de la gente– entienda cuál es la verdadera causa.

Comencemos por analizar el lado negativo de la relación con el dinero, el odio, generado por creencias que ven la pobreza como virtud y consideran que los ricos son necesariamente malvados, corruptos, inescrupulosos e insensibles, aunque hay “algunos buenos”. Son las que polarizan sociedades en “ustedes los ricos” y “nosotros los pobres” y hacen énfasis en que se lave las manos después de recibir dinero, porque está sucio.

No referimos a la cultura que, confundiendo la abundancia con dinero, estigmatiza la buena vida y las comodidades, porque son cosas de ricos sin culpa ni vergüenza ante tanto pobre que hay, pero en el fondo desea más que nada esas condiciones. Hablamos de la cultura de la envidia.

Veamos la lógica de la cultura de la envidia: la vida es una serie de obstáculos para conseguir dinero, que es lo único que seguramente dará felicidad, porque la pobreza, aunque nos haga “buenos”, sólo da el mal equivalente de la resignación. Luego entonces, tener dinero es ser feliz, pero los ricos son malos (como si la felicidad fuera compatible con la maldad). Como el dinero es responsable del mal, de la corrupción, para tenerlo se vale cualquier cosa, incluida la doble moral. Si todavía no he descubierto que lo discurrido hasta aquí es una falsedad, seré siempre pobre o medianamente rico porque soy de los buenos. En este rango de la medianía en la riqueza es donde campea el miedo insostenible a la escasez y, por tanto, la obsesión por el dinero, que nos hace pensar que “es bueno acumular y retener”, para tener siempre. Sin embargo, se esfuma, se va rápido y no viene pronto. El problema es que para las clases medias no tener dinero consiste en no poder gastar en lo que se quiere cuando se quiere, insatisfacción que puede invadir todos los aspectos de la vida, porque a estas alturas el dinero se ha convertido en una finalidad, a veces la principal.

Para las culturas de odio al dinero –como la nuestra, por cierto–, su posesión en cantidades suficientes, y si se puede crecientes, de flujo constante, es la idea de abundancia y seguridad, pero ante la imposibilidad de ello, el miedo a la escasez y, paradójicamente, la culpa de tener, las personas recurren a los famosos decretos del “yo merezco”, “soy un imán para el dinero”, “me llega fácilmente”, etc., para, evidentemente, tratar de convencerse de lo que no cree, sin preguntarse antes que es lo que sí cree y por qué. Hay que vaciar el bote de basura para que deje de apestar, no echarle flores, que terminarán igual de podridas.

Por el contrario, en las culturas que aman el dinero, este es bueno y siempre suficiente para lo que realmente se necesita, y por tanto muchas veces sobra. El dinero es un medio, una herramienta. Se da por hecho que habrá. No se le odia, porque no es causa de la maldad. Es un siervo y no un amo. Tiene que circular, irse para volver, darse para duplicarse. No es la abundancia, sino una parte de ella. Es su utilidad, y no lo que simboliza (poder, felicidad, seguridad), lo que lo multiplica.

Como dijera Lao Tsé, el que está satisfecho con su parte es rico… y tendrá más, añado.

05 Enero 2019 03:55:00
Placeres clandestinos
A diferencia de lo que muchos creen, el morbo agoniza. Las redes sociales lo están matando. La idea generalizada es que campea, porque la mayor parte de los temas e imágenes que se viralizan son objetos de curiosidad malsana y crece el número de personas “captadas” por esta tendencia en todo el mundo.

Es cierto. Por eso el morbo agoniza: por sobre exposición. No está hecho para el trending topic, que va contra su naturaleza. Debe existir en lo oscurito, fuera de las miradas indiscretas, o no sería lo que esencialmente es: un placer clandestino.

Es decir, transgredir las reglas es la fuente de placer, no el objeto, sujeto o acción donde se deposita la curiosidad. Si el ser humano es un animal social, cuya sobrevivencia y, por tanto, existencia dependen de su vínculo con los demás, evidentemente la tendencia contraria, a liberarse de tal relación, romperla, o cambiarla, transformarla, está implícito igualmente en su naturaleza. Todo en el universo es orden y caos a la vez.

El morbo puede ser tan sencillo y divertido como el placer que sentimos al pensar en comernos un bistec cuando somos la oveja negra en una familia de vegetarianos, o tan enfermo como la zoofilia.

Como seres evolutivos, los humanos nos sofocamos con la estrechez mental que implica la obediencia ciega a la moral y los convencionalismos sociales. Así como la rebeldía, el morbo es una de las irresistibles tendencias humanas que crean caos en el orden, para transformarnos individual y colectivamente.

Absurdamente, negamos el morbo personal, no sólo por la vergüenza que implica quedar expuestos en nuestras “debilidades”, sino porque todos sabemos que uno de los más grandes placeres morbosos es escandalizar a los demás, perturbar su alegría y dejarlos en situación de malestar, pero no queremos que nadie se entere que lo disfrutamos.

El morbo crece o mengua con la fuerza de la prohibición. Mientras más prohibido esté algo, mayor será el placer de la transgresión. Pero si esos temas que tanto perturban por el morbo que despiertan, se normalizan a través de las redes sociales, es decir, pierden su calidad de placeres culposos y clandestinos, la intensidad del morbo disminuye y su utilidad también. La vida se vuelve monótona y gris.

La pregunta no es a dónde va la moral social, cada día más abierta. Es evidente que a derrumbar tabúes. La cuestión es hasta dónde llegará la normalización de situaciones antes censuradas.

Se trata entonces de abandonar el terreno de la moral, para entrar en el de la salud mental, a fin de saber los límites del morbo sano. La importancia del tema radica en que muchas de las conductas dañinas de un ser humano provienen de este placer malsano en su fase de imaginación, a la cual nadie, excepto el morboso, tiene acceso. Ahí se han fabricado muchos de los grandes males del mundo, justificados, a veces impecablemente, en la lógica, la razón, las buenas costumbres, las virtudes, las buenas intenciones y hasta el amor.

Tanto si la conducta es la de quien realiza actos socialmente reprobables, como la de quien escandalizado los señala con dedo flamígero, el morboso insano será siempre el indolente, el egoísta, es decir, aquel que hace daño a los demás sin importarle. Puede ser igual de dañino el que abusa de un animal o una persona, que el que ridiculiza y hace sentir a alguien avergonzado. El primero actuando a escondidas o presumiendo en abierto placer por la transgresión, el segundo exhibiendo a los otros para no ser visto.

En el gran escaparate de las redes sociales encontramos algunos de los primeros, que al final resultan muy benéficos, pues el odio que despiertan mantiene lo anormal como anormal. Desafortunadamente hay demasiados de los segundos que, con la enorme atención que atraen mediante burla y escarnio, normalizan lo anormal.
29 Diciembre 2018 04:03:00
Indolencia que niega la vida
¿Quién no aspira en su fuero interno a vivir sin dolor? Incluso quienes lo aceptan como cosa natural y necesaria, instintivamente lo rechazan, hasta que se vuelven conscientes de él y lo procesan.

Todos tratamos de evadir el dolor, en mayor o menor medida, volviéndonos indolentes, palabra proveniente del latín indolentis: el que no siente dolor. Hasta aquí todo bien. No podemos permitir que todo nos duela. Un poco de indolencia es necesaria.

Pero, sin educación emocional, cuya necesidad apenas está reconociendo el mundo, hemos llevado el miedo al dolor al extremo de insensibilizarnos en situaciones en las que se requeriría que fuésemos compasivos, respetuosos, empáticos, responsables e incluso amorosos.

Si nos insensibilizamos en un aspecto, lo estaremos haciendo en otros. Eso es inevitable, lógico y científicamente comprobable. Y cuando la sensibilidad desaparece, la razón empieza a embotarse. No obstante, porfiamos en la indolencia, la verdadera causante de todos los males de la humanidad y del mundo.

La indolencia es inconsciencia, ese pensar, sentir y actuar sin darnos cuenta que no nos damos cuenta de la realidad espiritual que hay detrás de nuestra relación con la vida a través de los sentidos.

Sólo por inconsciencia podemos seguir rechazando el dolor con tanta fuerza que, paradójicamente, nos volvemos destructivos, porque comenzamos a sufrir para evitarlo, y hacemos pagar por ello a otros. No soportamos nuestras emociones fuertes relacionadas con el malestar y buscamos desesperadamente las que nos producen placer, como si pudiésemos hacer una sustitución permanente.

No hemos, pues, entendido de qué se trata la existencia. Rechazando el dolor dejamos de hacer contacto con nuestra alma y, por tanto, de crecer espiritualmente. Nos confinamos en un mundo de apariencias que etiquetamos como realidades, hasta que esa persistente sensación de vacío nos recuerda que algo anda muy mal.

Pensamos que lo único verdadero y real es lo que podemos percibir con los sentidos, pero a la vez, somos indolentes, es decir, inhibimos nuestra sensibilidad cuando ni siquiera hemos desarrollado, afinado y potenciado nuestra capacidad sensorial más allá de lo primitivo. No percibimos la conexión que tenemos con todo y todos. Nos sentimos aislados y a la deriva, amenazados y muertos de miedo.

Por eso es que cuando la desgracia se “normaliza”, sea carencia, violencia, inseguridad, etc., las indolencias personales construyen una indolencia social que impone silencio e indiferencia. Egoísmo colectivo.

Por indolencia un ser humano incurre en las conductas que se consideran más censurables: los delitos. Al delincuente, no le importan los demás, ni el daño que les causa, ya sea porque su sensibilidad está apagada o porque intenta cobrarse todo lo que ha sufrido.

Se trate de nuestros seres queridos, de desconocidos o animales, maltratar es indolencia, abandonar es indolencia, desentenderse es indolencia, tirar basura en la calle es indolencia, no dar a quien lo necesita es indolencia, no asistir a quien pide auxilio cuando podemos hacerlo es indolencia, aficionarse con morbo o indignación a las imágenes trágicas que involucran sufrimiento en las redes sociales, y compartirlas, es indolencia, juzgar a la ligera es indolencia, repartir culpas es indolencia.

Cuando nos dejan de importar los otros, especialmente los que no conocemos, vivimos a medias o al mínimo, sin responsabilidad, siendo cómplices pero no amigos, confundiendo la intensidad con profundidad y los estímulos con sentimientos; pensando sin reflexionar, enamorándonos sin amar. Y por eso hacemos tanto mal.

Sin dolor no hay crecimiento ni contacto genuino con otros ni viaje al alma ni espiritualidad ni Dios ni verdadera vida. Se puede y se debe aspirar a vivir sin dolor, pero se logra trascendiéndolo, no evitándolo.

De lo contrario, la vida se queda en la superficie, nunca va al fondo, porque el dolor es cosa del alma, libera y es siempre pasajero; en tanto el sufrimiento --incesante, creciente y mediocrizante-- es del ego.
22 Diciembre 2018 04:06:00
Por dónde empieza el cambio
La forma en que percibimos el mundo, individual o colectivamente, es nuestra realidad, ya sea que tengamos conciencia sobre nuestras percepciones, o que simplemente nos quedemos con lo que nos han dicho y hecho creer siempre. En el primer caso, estaremos en control de nuestra vida, en el segundo seremos marionetas.

De la percepción parte el sistema de creencias y de éste depende la calidad de vida. Quien perciba el mundo como algo amenazante estará asustado y actuará en consecuencia: envidiará, odiará, agredirá e incitará a la agresión, mentirá, maltratará, se excederá, traicionará y pasará sobre los demás egoístamente, así predique justicia y amor, que para eso existen lo que se llama autoengaño y simulación.

Así pues, cómo decía el físico austriaco Fritjof Capra, experto en teoría de sistemas, refiriéndose a la percepción: “cuando cambias la forma de ver las cosas, la forma de las cosas cambia”. Esto puede no ser un misterio para nadie en la era de la ciencia espiritualizada o de la espiritualidad “cientifizada”, pero le aseguro que el verdadero significado de la percepción, y cómo opera, sí lo es, porque en general los seres humanos damos por hecho que sabemos muchas cosas en las que estamos equivocados, las convertimos en nuestras verdades y, por ego y miedo, las defendemos férreamente, con lo que nos alejamos de la posibilidad de reconocer el error y, obvio, corregirlo.

Entre los significados erróneos más extendidos de percepción están los que la equiparan con una creencia y/o una opinión, es decir, con un concepto elaborado de las cosas que podemos compartir con otros y externar en privado o en público.

Pero la percepción es previa y primigenia en el proceso de pensamiento, aunque con una observación aguda puede ser descubierta en la base de una creencia y/o una opinión, una actitud, una conducta, una emoción.

Es tan importante en nuestra vida, que de la calidad de la percepción dependen la alegría, la seguridad, el amor, o todo lo contrario. Si queremos cambiar nuestras vidas para mejorarlas o solo para dejar de pasarla mal, tenemos que comenzar por la forma en que percibimos las cosas, pero antes, indispensablemente, por nuestro entendimiento de lo que es la percepción, que no es otra cosa que la famosísima primera impresión. Así de fácil.

La primera impresión que tenemos sobre algo siempre involucra, sucesivamente, una sensación corporal, en no pocas ocasiones una reacción emocional, una clasificación mental espontánea y un pensamiento inicial inadvertido –digamos que una conclusión primaria–, en ese orden. A partir de este proceso es que formamos nuestras creencias, opiniones y formas de sentir. Y pues bueno, nuestras vidas pueden convertirse en un desastre si no nos damos cuenta de que una percepción negativa determinará toda nuestra visión, actitud, comportamiento y forma de sentir.

La clave de todo este asunto, es que la primera impresión negativa no depende en realidad de las circunstancias, sino de cómo las interpretamos, y nuestra interpretación está determinada a su vez por lo que creemos y sentimos acerca de las cosas. Es decir, percepción y creencias se retroalimentan, pero también pueden ser opuestas, de ahí que entremos en conflicto en algunos aspectos de nuestras vidas.

Indicadores de ese conflicto son la culpa y la vergüenza tóxicas. Por ejemplo, la culpa por comer puede deberse a que nos percibimos gordos, lo cual, además, nos hará sentir avergonzados, aunque nuestro peso sea normal, y dicha percepción, a su vez, deriva del concepto general sobre la belleza física.

La forma en que uno se percibe a sí mismo es el fundamento de la autoestima.

La buena noticia es que la forma en que percibimos puede ser cambiada. Sólo hay que tener conciencia de ella, para mantener un diálogo. Ninguna percepción errónea soporta la prueba de la buena lógica ni la mirada del perdón y el amor.
15 Diciembre 2018 04:07:00
Cruel paradoja
En sociedad, los seres humanos vivimos clamando por igualdad, pero en la vida personal nadie quiere ser igual a los otros. Cruel paradoja. La mayoría intenta ser mejor y tener más, porque desea en secreto la envidia ajena. Por tanto, quiere que los demás sean y tengan menos. Es decir, a su vez, envidia.

La envidia es uno de los defectos más inconfesables, porque el envidioso acepta que se siente menos que los demás. Y, sin embargo, no hay ser humano que no haya sentido o sienta envidia, al menos en algún ámbito de su vida, porque es natural, pero muy vergonzosa y, por eso, sumamente corrosiva.

No la admitimos individualmente, y por tanto, no la vemos en su manifestación colectiva, pero si hay una disfunción social divisionista, destructiva y retrógrada, es la que actúa con base en la envidia.

¿Cómo detectarla? Es esa que incita rencorosa al escarnio, queriendo igualdad a partir del despojo y justicia predominantemente castigadora, o sea, precariedad generalizada y venganza, porque ambas producen la euforia que necesita el ego para sentir que ha triunfado; mal sustituto del resarcimiento al alma.

La envidia es, además del resentimiento, la única emoción que no tiene en absoluto un viso positivo. En su manifestación menos negativa nos hace querer lo que tienen los demás, principalmente aquello que los hace parecer tan felices, seguros y tranquilos a nuestros ojos, y no porque lo sean, sino porque no nos gusta
nuestra vida.

En su faceta más enferma, la envidia nos impulsa a desear e incluso hacer mal a otro, para que pierda lo que tiene. Cuando una persona ha rumiado durante años odio y rencor por sus heridas de infancia, principalmente la de injusticia, termina haciendo cualquier cosa para lograr su propósito de encumbrarse sobre los demás y destruir todo aquello que lo ha venido lastimando, no importa a cuanta gente engañe y perjudique.

Por eso, en todo el mundo grandes próceres de la igualdad y la justicia han sido todavía más grandes, aunque ocultos, envidiosos, y tan buenos mentirosos que nos ha sido difícil distinguirlos de los verdaderos luchadores sociales. Algunos de ellos todavía tienen adeptos.

La fundamental diferencia entre ambos es que uno actúa motivado por amor al servicio, el otro por su gloria personal. Por genuino, el primero jamás presume; por falso, el segundo siempre se exhibe como el bueno.

Mientras el luchador social apela a la razón y el sentimiento, y sólo como último recurso a la fuerza, el envidioso simulado incita antes que nada a la emoción incendiaria, para convertirla en agresión irracional en el momento en que lo necesite. Como dijera Nietzsche en Así Habló Zaratustra: “¡Desconfiad de todos aquellos que hablan mucho de su justicia!... Y si se llaman a sí mismos «los buenos y justos», no olvidéis que… para ser fariseos, no les falta nada más que ¡poder!”.

A partir de la envidia perezosa (quiero lo que tú tienes, sin que me cueste lo que te costó y te cuesta) o la “luchona” (no mereces lo que tienes porque yo me esfuerzo más y no lo tengo), un gran envidioso puede hacer estragos incluso a nivel mundial, si es apoyado por suficientes personas que sienten lo mismo.

Ante la envidia, gratitud. Gratitud por lo que hasta ahora somos y nos ha sido dado. Esta virtud será además plena y genuina cuando nos permita bendecir lo que tienen los demás, pedir sin ánimos incendiarios justicia restaurativa, tener disposición a ser verdaderamente iguales y, un clásico, dar sin esperar.

La gratitud es satisfacción, que no conformidad, en tanto la envidia es incapacidad de hacernos responsables de nuestra insatisfacción, hasta desear ser otros o que los otros se sientan tan miserables como nosotros.

Sólo hay aspiraciones y posibilidades reales de mejora cuando hay genuina gratitud y sincero deseo de bienestar para los otros.

08 Diciembre 2018 03:07:00
La era de la ira
La ira es la lanza en ristre del instinto de sobrevivencia. Sin ira estaríamos muertos. Es la emoción primaria que nos da la fuerza para repeler con éxito un ataque y/o someter al enemigo.

Sentirla, pues, es normal, pero si es bueno o malo es cuestión de que nuestra defensa y el ataque que puede conllevar estén o no correctamente justificados. Palabras más, palabras menos, decía Aristóteles que enojarse (el grado más modesto de la ira) es fácil, pero hacerlo en el momento oportuno, con la persona correcta, por motivos reales y en una justa medida, es prácticamente todo un arte. Hay que tener gran dominio sobre uno mismo.

La ira es el combustible más altamente inflamable del planeta y no solo un recurso inagotable, sino en constante aumento. Se propaga con gran facilidad e incendia sociedades enteras, naciones, planetas. Llegada al punto de la colectivización, es siempre destructiva. Lo que destruye tiene mucho menos que ver con la realidad, que con los intereses de los manipuladores sociales que la azuzan.

Eche, si no me cree, un vistazo a las redes sociales, que han hecho de esta, la era de la ira. Encontrará todas sus manifestaciones más cotidianas, variadas y esperadas: indignación, frustración, cólera, odio, resentimiento, fastidio, desprecio y más. Es obvio que mucha gente solo “se conecta” para ver con quién se desquita.

Hablamos de la ira guardada durante años, traspapelada en el fondo del cajón del bloqueo emocional con otros sentimientos molestos, como los que componen la baja autoestima, y el dolor sin procesar de la infancia por la injusticia, la discriminación, el abandono, la traición, etc.

Es la ira que produce deseos de venganza y euforia cuando finalmente se ejecuta. La ira de la prepotencia y la soberbia del que no sabe ganar y la destructividad del que no acepta perder. La ira que polariza, que siempre ve un enemigo y se toma todo a personal. La ira del que se atribuye arrogantemente la razón absoluta y la conducta impoluta; señalando acusadoramente a los demás para ocultar sus vicios a la propia mirada. ¡Qué de ejemplos está lleno el mundo!, en todas las épocas, todas las sociedades y todos los asuntos.

Las personas que padecen esta ira seguramente son explosivas, rígidas, radicales, incapaces de escuchar ni de empatizar con los demás si no es a través del victimismo. Seguramente estarán insultando a otros en las redes sociales y discutiendo con ellos infructuosamente. Indudablemente son infelices, aunque den su mejor cara, y hacen infelices a otros, con intolerancia, malhumor, ofensas verbales, gestos despreciativos, si no agresiones directas.

Si nos estamos identificando, es momento de cambiar. Por nuestro bien y el del mundo. Comenzamos por liberar todo lo que durante años hemos contenido. Poco a poco. Nada fácil, pero muy satisfactorio. En paralelo iremos aprendiendo a manejar la ira. Lo primero a tener en cuenta es que no es lo mismo la ira que la agresión. La ira es una emoción, la agresión una conducta. Uno puede detener la situación en la emoción y canalizarla, para evitar la conducta, que es la que daña a otros y por tanto nuestras relaciones.

He aquí algunas otras sugerencias:

Tratándose de personas, si no estamos en peligro físico, nos alejamos hasta calmarnos, reflexionamos acerca de lo sucedido y tratamos de ponernos en los zapatos del otro. Si la otra persona se ha calmado, la escuchamos primero, expresamos después cómo percibimos las cosas, responsabilizándonos de nuestros sentimientos; si no podemos llegar a un acuerdo, aceptamos las diferencias y las remontamos.

Tratándose de una situación que nos cause frustración, indignación o incluso rabia, respiramos, respiramos y respiramos hasta que se enfríe la cabeza, evaluamos los costos de nuestras decisiones y, sobre todo, dejamos de condicionar nuestro bienestar a los resultados, porque el solo hecho de hacerlo ya los arruina.

Tratándose de Twitter y Facebook: cierre sus cuentas. Seguirá existiendo.




01 Diciembre 2018 04:06:00
El origen de la escasez
Todos crecemos con necesidades insatisfechas de afecto, atención, validación, reconocimiento y seguridad, a las que se suman dos o más heridas profundas. No hay excepciones, solo negaciones.

A partir de esas marcas emocionales, nuestra mente comienza a construir la vida; primero imaginando y deseando; después, haciendo en consecuencia. Pero no construye –porque no le enseñamos– para satisfacer las necesidades y sanar las heridas, sino para compensarlas; es decir, para obtener algo a cambio por ellas.

Sonó fuerte, ¿no? Pero es la verdad, porque satisfacerlas y sanarlas nos lleva a la responsabilidad, a entrar en dominio de nuestra propia vida, a dejar de exigirle a los demás que sustituyan a nuestros papás y que, por tanto, nos den lo que necesitamos o nos restituyan la felicidad perdida ante el dolor que nos ocasionaron.

Y así entramos en contacto con todo los que nos rodea, más profundamente con nuestros semejantes, claro; especialmente con nuestras parejas e hijos. Esto es lo que se llama relacionarse desde la carencia.

Bajo esta estructura mental, sostenida por un andamiaje emocional insano, esperamos no solo que los demás nos den más de lo que pueden, sino que los bienes materiales se conviertan en un contrapeso del malestar que nos ha acompañado durante años, u oculten cuan poca cosa nos sentimos, o incluso funcionen como una indemnización por lo miserable que ha sido la vida con nosotros.

Esta relación con el mundo y con las personas desde la carencia que no puede ser subsanada, sino solo compensada, es el origen de la escasez; es decir, el obstáculo raíz de la abundancia.

Solo cuando no haya carencia, cuando ya no necesitemos nada y por tanto el deseo no responda a un “llenar”, habrá abundancia, que por antonomasia es tener más de lo que se necesita.

Si se vive necesitando, se vive en escasez. Pero ojo, la necesidad siempre es más imaginaria que real. De hecho, la confundimos constantemente con los deseos. Sabemos que podemos prescindir de esa persona o ese objeto “especiales”, pero la avidez con que los deseamos duele. Es como si los necesitáramos, ¿no? He ahí.
Y así deseamos cada vez más, intentando compensar el vacío de vivir, porque donde está la carencia no hay nada.

Por eso es que nos acomodaron tan bien las nuevas teorías económicas que equiparan la pobreza a la escasez, y por tanto la atribuyen a que no hay suficiente para tantos, pero no a la acumulación de bienes materiales en unas cuantas manos, al dominio de los recursos naturales en todavía menos de ellas y por supuesto al derroche cuando hay y al uso irracional cuando sobra.

Mire usted este dato y hablamos de escasez: según la Oxfam, confederación internacional de combate a la pobreza con representación en 90 países, desde el inicio del presente siglo, la mitad más pobre de la población mundial sólo ha recibido el 1% del incremento total de la riqueza mundial, mientras que el 50% de esa “nueva riqueza” ha ido a parar a los bolsillos del 1% más rico.

Pero no saque la conclusión de costumbre, porque no es esta situación lo que ocasiona la escasez; sino la idea de que esta campea en el mundo lo que permite tal acumulación, porque este robo en despoblado queda oculto al pensamiento cotidiano si la mayoría de las personas creen que no tienen porque no hay.

Basta con hacer un pequeño ejercicio reflexivo para darnos cuenta de que la escasez y la abundancia son formas de pensar y sentir: revise su día; si concluye que sus necesidades básicas están satisfechas hoy, todo lo aledaño sobra; es decir, abunda. Y como la operación para pasar de un estado a otro solo fue mental, mañana también habrá abundancia, si así lo decide.
25 Noviembre 2018 04:00:00
Circule, siga adelante
Entre tanto maestro espiritual, gurús del éxito y coaches de la prosperidad, es el poeta inglés Walt Whitman quien, desde mi punto de vista, ha revelado la verdadera naturaleza de la tan anhelada abundancia: “Hoy, antes del alba, subí a las colinas, miré los cielos apretados de luminarias y le dije a mi espíritu: cuando conozcamos todos estos mundos y el placer y la sabiduría de todas las cosas que contienen, ¿estaremos tranquilos y satisfechos? Y mi espíritu dijo: No, ganaremos esas alturas para seguir adelante”.

Me preguntará: ¡¡¿qué diablos tiene que ver eso con la abundancia?!! Pues todo, y me explico: Esa sed de conocer, experimentar, expandirse, ir siempre más allá, es la verdadera abundancia.

Vamos a desmenuzarlo: Supongamos que Walt queda fascinado con uno de esos nuevos mundos y decide quedarse un tiempo para extraer toda la sabiduría, el placer y la experiencia que puede proporcionarle. Aunque tenga mucho de todo lo que quiere, en ese momento ha dejado de producir abundancia. Se queda plácidamente en la escasez, es decir, en aquello que se agotará tarde o temprano, aunque ahora no sepa cuándo, hasta que finalmente comienza a escasear.

Ante tal disyuntiva, Whitman tendría dos opciones: quedarse insatisfecho en ese mundo esperando que le dé más de lo que ya le dio, o abandonarlo y emprender una nueva aventura que, aunque incierta, necesariamente le traerá más de lo que ya tiene.

Obvio, cualquiera optaría por la segunda, me dirá. La primera es ilógica. Entonces, ¿por qué casi todos los humanos pretendemos quedarnos permanentemente donde ya no hay nada para nosotros? Un trabajo aburrido, una relación agotada, una profesión que no amamos, un grupo de amigos que nos deja vacíos por dentro, etc.

Porque creemos fielmente en la escasez, el lenguaje del miedo, que nos asegura que más allá de lo que tenemos no está lo que queremos. Pocos seres humanos se arriesgan a soltar lo que tienen sin ver enfrente lo que habrá de sustituirlo. No soportamos la inseguridad y la incertidumbre, pero la abundancia solo puede darse en el terreno de lo desconocido, el de las posibilidades infinitas.

Tememos que no habrá trabajo ni ingresos, no amor ni vocación ni pasión por algo, no amigos ni paz ni seguridad ni felicidad más allá de lo que ahora hay, y en lugar de agradecerlo y disfrutarlo, lo odiamos y lo repudiamos, porque es insuficiente, doloroso, insatisfactorio. Esto es lo que se llama estado mental de escasez, y desde ahí clamamos a Dios y al universo por abundancia.

Esto es como la famosa frase de “buscar trabajo pidiéndole a Dios no encontrarlo”.

Estamos en el lugar interior equivocado y hacemos todo lo opuesto a la naturaleza de la abundancia: tratar de tener para acumular. La confundimos con “mucho”, “muchísimo”, “excesivo”.

Tenemos, retenemos para acrecentar, acumulamos, llegamos incluso a ser ricos, y creemos que tenemos abundancia. Nada más erróneo. Estamos estancados, viviendo en la escasez, porque la idea que nos guía es que no habrá suficiente más en adelante.

Y me dirá usted que es mejor estancarse en la riqueza que en la pobreza. Yo le diré que no. Uno es infeliz allí donde no ve más que una perspectiva material de vida, rico o pobre; y lo es más cuando no agradece ni aprecia lo que tiene, porque la escasez radica en la insatisfacción, no en la carencia en sí misma, mientras que la abundancia proviene de la gratitud. En resumen, ambas son una actitud hacia la vida, una mala y la otra buena, pero no una cantidad, aunque así las veamos.

Abundancia es lo que siempre hay; por tanto, está en constante circulación; a veces o muchas veces sobra, pero nunca falta, y prospera porque permanentemente cambia. Lo que se acumula se estanca. La abundancia es infinita, la acumulación limitada. La acumulación es vivencia de escasez.
17 Noviembre 2018 04:00:00
Con prisa no es rápido… ni mucho menos eficiente
“¡Rápido, rápido, rápido! ¡Ya, ahorita! ¡Apúrate, apúrate!”, es la orden que muchas personas están continuamente dándose a sí mismas o a otros. Y no habría ningún problema si la situación o las circunstancias realmente lo requirieran, pero no es así generalmente. Por lo regular, este sentido de “urgencia” que le imprimimos a nuestras vidas es una especie de aceleramiento interno producto del romance entre el estrés y la ansiedad.

Ha cobrado tantas vidas con accidentes, ataques al corazón y hasta suicidios, que los cardiólogos Meyer Friedman y Ray Rosenman acuñaron el término de “enfermedad de la prisa” (hurry sickness).

Las personas con prisa constante parecen estar todo el tiempo muy ocupadas, ser muy activas, eficientes e indispensables en lo que hacen. La realidad es todo lo contrario: el estrés los lleva a cometer errores, saltarse pasos, olvidar cosas, pasar otras por alto y arribar finalmente a un desastre lleno de “esques” (es que no lo vi, es que no me dijeron, etc.). La ansiedad, por su parte, provoca desa-sosiego, angustia, desesperación y hasta ataques de pánico paralizantes, además de tics nerviosos y enfermedades sicosomáticas, como alergias.

Así pues, las personas con prisa, llamémosle “sin sentido”, no solo fallan constantemente, sino que se enferman frecuentemente. Esperar, incluso 30 ridículos segundos, a que se caliente algo en el microondas, no es para los urgidos por dentro; comienzan a desesperarse, a ver el reloj, a tensarse, y ese “ritmo” que le imprimen a su cuerpo y a su mente los guía todo el día, hasta que sin motivo real terminan agotados, sin energía, pero estresados, de manera que no descansan bien.

Al siguiente día reemprenden la vida con prisa y continúan el círculo vicioso hasta que su mente y su cuerpo, literalmente, “revientan”. La dinámica que siguen es la de ubicar todas sus ocupaciones en el mismo nivel de importancia, como merecedoras de la misma prisa y el mismo esfuerzo, aunque sean nimias, pues de priorizarlas, tendrían que calmarse, y esa no es una opción para quien se está sintiendo profundamente solo, sin vínculos profundos, amorosos o amistosos, sin actividades que le apasionen ni aficiones que lo contenten, porque todo esto es lo que en realidad hay atrás de un enfermo de prisa sin sentido. Tiene, pues, una vida vacía.

Es una persona a la que le cuesta trabajo establecer intimidad con otros y, por supuesto, consigo mismo, de manera que tiende a llenarse de cosas que hacer para evitar la conciencia calmada y observante que implica el “ser”, la vulnerabilidad para disfrutar la presencia de los amigos o la familia, el sosiego que implica pintar, leer, escribir, caminar lento, atento al entorno, y en general las actividades que implican bajar la velocidad.

Cualquiera de nosotros puede tener la enfermedad de la prisa, parcial o totalmente, en uno o en todos los aspectos de nuestras vidas. A más prisa, menos vida. ¡Y cuidado!, es una adicción, y como tal es destructiva, progresiva, invasiva y muchas veces mortal.

Primero nace la prisa mental: los pensamientos están desbocados, van uno a otro a toda velocidad y de asunto en asunto sin resolver nada. La persona no se da cuenta, pero su cuerpo sí: activa el estado de alerta, porque “algo no está bien, ¡hay peligro!”, y se pone en modo “defensa con actividad al máximo”, de manera que todo se hará con prisa, incluso comer, dormir (aunque no lo crea) y relacionarse. Se deja de sentir a la gente, incluso a la cercana, ya no se le aprecia y finalmente se les pierde, y con ello la vida misma.

La solución es por supuesto practicar la calma como una disciplina, empezando por respirar lento y conscientemente todas las mañanas, varias veces. Aunque no lo parezca, todo lo hace más rápido y mejor quien lo hace con calma.
10 Noviembre 2018 03:10:00
El impacto colectivo
En cuestión de relaciones sociales, imágenes públicas, acciones colectivas y posturas políticas, los seres humanos interactuamos con máscaras para que nadie pueda vernos tal cual somos y herirnos. Pueden estar tan perfectamente perfiladas que parezcan el rostro real, el del alma.

Incluso en nuestra dimensión personal las llevamos, pero nos las quitamos para poder establecer relaciones emocionalmente satisfactorias, amorosas o amistosas. Y también hay quien nunca lo hace.

Las máscaras, pues, son necesarias, el problema es que pocas veces somos conscientes de nuestros falsos yos. Y en asuntos colectivos tendemos a creer que las personalidades artificiales son el yo.

Las máscaras son esos artilugios psíquicos que hacen posible la existencia de personajes públicos que en su vida privada son todo lo contrario a lo que pregonan, pero, obviamente, lo esconden. Son capaces de matar o perder la vida antes de que su falso rostro sea descubierto, porque han basado el sentido de su importancia personal en mirarse a sí mismos por encima de los otros, en sentir que los controlan y los dominan. Es decir, en el poder que creen tener.

Hablo de dirigentes que han sometido a sus pueblos a la escasez mientras acumulan grandes fortunas; líderes religiosos que exigen virtud y castidad, cuando son disolutos en su intimidad, y muchos más ejemplos, pero ya sabe usted de qué le hablo.

No todo mundo tomará nuestra máscara por nuestro yo. Lo harán aquellos cuya máscara se parezca a la nuestra y necesiten reafirmación para sus propias personalidades prefabricadas.

Ahora bien, la fuerza con que los seres humanos nos aferremos a nuestras máscaras, como si fueran nuestro yo real, es directamente proporcional al grado en que nos sentimos indignos de amor, y este, a su vez, es resultado de las vueltas que le hemos dado a nuestro círculo vicioso de traumas: escondemos cosas, nimiedades en ocasiones, que nos avergüenzan o nos llenan de culpa; cosas que hemos hecho para compensar profundas heridas de infancia: abandono, traición, injusticia, desvaloración, abuso, maltrato, etc.; o incluso para corroborar la visión catastrofista que tenemos de la vida, porque tales dolores son lo más cercano al indispensable amor de nuestros padres.

El problema es que el círculo vicioso, producto de pensar, sentir y actuar negativamente durante un lapso prolongado, hasta desarrollar incluso una sicopatía, lleva la voz cantante en lo que a nuestra influencia social, económica y política corresponde. La máscara es sólo un “me gustaría”.

Lamentablemente, cuando actuamos como si la máscara fuera la realidad, no nos acercamos a lo que nos gustaría, pero hacemos como que sí; es decir, nos autoengañamos y simulamos; nos mentimos a nosotros mismos para mentirle eficazmente a los otros, les creemos a ellos su mentira para que nos crean o hagan como que nos creen la nuestra, y juntos sostenemos una colectiva.

Hay diversas máscaras colectivas, todas provenientes de la desconfianza. Las más conocidas son la del individualista apático: “para qué hacer algo, si nada va a cambiar”, y la del participativo iracundo: “estoy harto, ya verán…”. Las dos igual de perniciosas; la segunda, además, peligrosa, causante de los linchamientos, públicos o virtuales.

Pero la lucha social es imprescindible para cualquier nación, me dirá. Es cierto, la cuestión es: ¿la lucha desde dónde? ¿Desde la furia, la violencia, la venganza, la irracionalidad, la amargura, el victimismo, la infelicidad y la inseguridad productos de la historia personal y proyectados en hartazgo social?, ¿o desde la responsabilidad, la solidaridad, la empatía, la ecuanimidad, la crítica congruente y la razón? La primera puede llegar a ser violenta, la segunda siempre es pacífica.

El primer tipo de lucha es aquel que derrumba modelos y estructuras desde la sicopatía, es decir, la creencia de que las reglas son para los demás. Esa es la dirigida por personalidades que instaurarán autocracias. El segundo tipo es el de la democracia.
03 Noviembre 2018 03:00:00
Como pienso, existo. El impacto individual.
“Aprender sin pensar es inútil. Pensar sin aprender, peligroso”. Confucio

A todo pensamiento sigue una emoción. A todo pensamiento negativo sigue una emoción negativa. A todo pensamiento negativo persistente y dominante sigue un malestar constante. A todo sistema de pensamientos negativos, persistentes y dominantes sigue un conjunto de malestares que conforman trastornos del estado de ánimo: depresión, distimia y bipolaridad. Los problemas psicológicos más diagnosticados en todo el mundo no son algo que nos sucede, sino algo que producimos, aunque no sepamos cómo.

Que estos padecimientos se manifiestan en un desbalance químico en el cerebro, es indudable, pero no es éste la causa, como se ha venido creyendo, sino el indicador. Un hígado graso no se ve igual que uno saludable, por tanto un cerebro deprimido no tiene por qué verse igual que uno sano. El hígado graso no se enfermó solo; el cerebro deprimido tampoco.

Decir que de pronto hay un desbalance químico en el cerebro que nos produce depresión, es como decir que el hígado se puso graso espontáneamente y nos está ocasionando un malfuncionamiento orgánico. Es claro que en ambos casos el origen es el mismo: la chatarra, mental en un caso, alimenticia, en el otro.

Así pues: chatarra mental, de la cual estamos invadidos sin darnos cuenta, porque somos conscientes apenas del 10% de nuestros pensamientos diarios. Si usted pone atención en ese pequeño porcentaje, se encontrará que hay no pocos pensamientos negativos. Siga el hilo emocional de cada uno de ellos y verá a dónde lo lleva. Si, obvio, al malestar emocional.

Si aplicamos la ley de probabilidades, nos horrorizaremos al pensar en la negatividad que hay en el otro 90% de los pensamientos de los cuales no somos conscientes. Hay una noticia peor, todavía: ese es el porcentaje que controla nuestras vidas, no el
pequeño.

Así pues, si una persona ha pensado, sabiéndolo o no, durante la mayor parte de su vida, que el dinero es escaso y difícil de conseguir, que la vida es injusta y dura, que es insuficiente para ser amado, feo o fea, tonto, inútil y/o torpe; que lo bueno que le suceda será cuestión de suerte y que hay que cuidarse de los demás, cómo cree usted que siente: ¿deprimida o feliz?, ¿confiada o desconfiada?, ¿apreciable o despreciable?, ¿valiosa o poca cosa?, ¿poderosa o débil?, ¿capaz o incapaz?

Exacto. Es cuestión lógica básica: en conjunto se siente por lo menos miserable. Por analogía, entonces, a un pensamiento positivo sigue una emoción positiva, a un pensamiento positivo persistente y dominante un bienestar constante y a un sistema positivo de pensamientos dominantes y persistentes, las anheladas tranquilidad, seguridad y felicidad, que no son la ausencia de problemas, sino la convicción de que habremos de resolverlos creativa y satisfactoriamente, de manera que nos quedemos en paz con nosotros mismos, porque sin problemas no hay aprendizaje ni crecimiento.

El que no aprenda de la vida no tendrá la menor posibilidad de encontrarle sentido y, por tanto, de procurarse bienestar. En términos generales, esta idea puede ser entendida de la misma forma por la mayoría de quienes la lean, no así sus componentes: aprender de la vida, encontrarle sentido y procurarse felicidad, significados que podemos dilucidar atando cabos: aprender implica saber qué hay en nuestra mente; cambiarlo para entrar en dominio de nuestras vidas es darle sentido a la existencia, entre cuyos hallazgos está el que todo bienestar es autoprocurado, no “algo que nos sucede”.

La clave de todo está en saber que los pensamientos negativos son nuestro mayor enemigo y que no vienen de fuera: son producto de patrones mentales y anímicos insanos de nuestros progenitores, que interiorizamos de niños como forma de ver el mundo y relacionarnos con los demás, de manera que ya no somos conscientes de ellos.

A la famosa frase de René Descartes de “pienso, luego existo”, hay que ponerle un corolario: “como pienso, existo”.
27 Octubre 2018 04:00:00
El héroe transformado: el camino del héroe 5 (y final)
Siempre con ayuda de sus fieles compañeros, el héroe va superando todas las pruebas hasta llegar al reto final, el que lo transformará sin remisión ni retorno al que antes era. Nunca más.

Ese enfrentamiento le costará, o casi, la vida. Y hablamos por cierto de la vida o un aspecto de vida de ese poderosísimo impedimento que todos tenemos para crecer: el ego. Efectivamente, ese trascendental cambio se siente como una muerte y un renacimiento. Dejamos de ser unos y nos convertimos en otros.

En el camino interior, nuestros compañeros son los instintos, el León, para defendernos cuando es preciso; la intuición o “susurro del alma”, como la describiera Krishnamurti, el Espantapájaros, única y verdadera sabiduría, y la llamada irresistible del amor, el Hombre de Hojalata. También, y muy frecuentemente, podemos ir acompañados en nuestra aventura interior de verdaderos amigos del alma, que se transformarán junto con nosotros.

Algo tiene que morir, algo a lo que le hemos tenido mucho apego en la vida, incluso siendo perjudicial. Ese algo puede haberse manifestado materialmente, pero en su esencia es una fuerte y arraigada emoción creada por un pensamiento dominante, que nos hace adoptar actitudes y conductas dañinas.

El pensamiento continuo y predominante de escasez nos produce miedo a no tener suficiente dinero nunca o en el momento en que más lo necesitaremos, por tanto nos volvemos avaros, codiciosos y envidiosos.

Si pensamos que todos los hombres son infieles o las mujeres caprichosas, nos volveremos desconfiados y recelosos; vivimos a la defensiva en nuestras relaciones y, obviamente, atraemos y aun producimos el resultado temido, porque en él estamos concentrados, así que nos convertimos en parejas agresivas, amargadas y vengativas.

Si nuestra idea es que la vida es injusta y dura, nos sentiremos siempre inseguros y vulnerables; nos volveremos las víctimas eternas, culpando a todo y a todos de nuestra triste situación, la mejor zona de confort para no hacernos responsables de nada, puesto que “nada podemos hacer desde nuestra indefensión”.

Estos son solo ejemplos muy comunes de lo que le sucede a la mayoría de las personas las 24 horas de su día, hasta que… la crisis los empuja a emprender el camino del héroe. Si logran enfrentar a su Malvada Bruja del Oeste interior, su ego será sin duda abatido. De eso se trata la transformación: recorrido tras recorrido, el héroe va derrotando en realidad a su ego. En una de esas, traba amistad con él y lo hace su aliado.

En el camino interior, esas zonas oscuras donde el héroe temía encontrarse con lo desconocido, hallará en su lugar a viejos conocidos: sus monstruos de clóset, todos esos dolores, miedos, culpas, vergüenzas, que creía haber guardado tan bien, que nunca tendría que volver a verlos. Y ¡oh, sorpresa!, en un acto de arrojo y coraje, o de calma y confianza, según sea necesario, deberá arremeter contra ellos para descubrir que con un simple cubo de agua se derriten.

Todo cambia a partir de esta revelación. El héroe triunfante se convierte en el héroe transformado, que emprende el regreso a casa con varios trofeos: expiación, que lo libera de cargas insanas (sin miedo, el León se empodera); sabiduría o la voz del alma para gobernarse (gran talento del Espantapájaros); ecuanimidad o calmada reacción (la de Dorothy al darse cuenta de que el Mago de Oz es un fraude, y que nada es tan terrible como parece); empatía o solidaridad del corazón (la principal cualidad del Hombre de Hojalata); finalmente, experiencia: ahora sabe que desde el principio del recorrido lleva la solución consigo (las zapatillas plateadas).

Pero el resultado final será siempre el mismo: cuando regrese a casa amará más de lo que amaba, y eso lo hará feliz. Lo animará a reemprender el camino cuando la vida así lo decida.
20 Octubre 2018 04:07:00
El héroe triunfante: el camino del héroe (4)
Como parábola del crecimiento interior, en el camino del héroe todo tiene un dentro y un fuera. Nuestros aliados y maestros pueden representar aspectos de nosotros mismos o a otras personas, igual que nuestros obstáculos y enemigos.
Para recorrer el camino con éxito, el héroe necesita un sabio razonamiento, un gran corazón y el ánimo de realizar proezas a pesar del miedo. Esto es, el espantapájaros, el hombre de hojalata y el león juntos, en torno a un ego armonizado con el alma: Dorothy y Toto. Su unión es la base del crecimiento interior: la congruencia.

Pero la cada vez mayor congruencia de la heroína será puesta a prueba por un gran enemigo: la Malvada Bruja del Oeste. Se acerca el momento cúspide de la aventura, pero Dorothy cree poder evitarlo, y va al encuentro directo del Gran Mago de Oz para resolver lo más rápido posible su problema.

No conozco unsolo ser humano que desee enfrentarse cuanto antes a su Malvada
Bruja del Oeste interior. La evadimos cuanto podemos, hasta que llega el momento de enfrentarla en nuestras creencias obstaculizantes, emociones malencaradas, heridas profundas, dolores intolerables, miedos paralizantes y caos mental.

Entanto eso sucede, creemos ser bondadosos desde la avaricia; honrados desde la inmoralidad; grandes amigos desde la traición y buenas personas sin preocuparnos realmente por los demás.

O, conel ego del que todo debe poderlo, nos llenamos de culpa cuando no somos capaces de resolverle su problema a otros o cuando menos ayudarlos en una situación de apuro.

Solo cuando la culpa nos lleva directo a un acto de arrepentimiento por el mal hecho es sana. La sentida por lo que no somos humanamente capaces de dar o hacer es tóxica.

Pero retomemos el camino. Llega Dorothy
ante el GranMago, quien para ayudarla le pide que derrote al único enemigo que le queda en todo Oz: la Malvada Bruja del Oeste. Siempre deberás dar a cambio de lo que recibes, y de manera equivalente. La reciprocidad es la base de toda relación sana. Dorothy sabe que no tiene otra opción.

Para cada uno de nosotros, la Malvada Bruja del Oeste interior es la herida más profunda recibida en nuestra infancia. Todos la tenemos, aunque nos podamos pasar la vida sin reconocerla. ¿Qué es lo que más desea, aparte de amor:
reconocimiento, admiración, pertenencia, presencia, validación, estímulo? Cualquiera que sea su necesidad, tendrá que ver con aquello que sus padres no le dieron. Cualquiera que sea su dolor, tendrá que ver con aquello que le infligieron.

La Malvada Bruja del Oeste es tan poderosa que parece estar a punto de derrotar a Dorothy. Ya ha desmembrado al espantapájaros y esparcido su paja: o sea, casi perdemos la cordura; ha dejado abollado y abandonado al hombre de hojalata: es decir, malherido el corazón, y encarcelado al león, por lo cual somos presas del miedo.

Parece que será esclava por siempre. Llámele también a la bruja adicción, codependencia, consumismo, o cualquier conducta que nos impida ir con libertad por aquello que deseamos. Podemos permanecer ahí poco o mucho tiempo. Unas semanas, unos meses, años o toda nuestra vida.

Unimpulso nacido del instinto de autoconservación permite a Drorothy acabar con la bruja. Le echa encima un balde de agua que la derrite, furiosa porque le ha quitado una de sus zapatillas. Y ahí, nuestra heroína experimenta la gran revelación: el enemigo, interno y externo, es más frágil mientras más poderoso parece. Solo hay que conocer a qué le tiene miedo y qué emoción lo derrota (pues emociones es lo que representa el elemento agua).

¡No me arrebatarás mi felicidad, mi seguridad, mi paz interior!, es lo que hay que decirle al enemigo, interno o externo, que constantemente nos quieren hacer flaquear, con el coraje con el que Dorothy se enfrentó a la malvada bruja.


13 Octubre 2018 04:00:00
El héroe resuelto: el camino del héroe (3)
‘La cabeza es el órgano que tuerce la conciencia’.
Joseph Campbell


El héroe no pretende madurar o ampliar su conciencia. Quiere salirse con la suya, resolver un problema o realizar una proeza para ser admirado. Aunque, gracias a Dios, no pocos realizan actos heroicos por satisfacción personal en la vida cotidiana. En este caso, sin embargo, hablamos de esas zagas heroicas que son parábolas del crecimiento interior.

En esta tercera entrega, el héroe finalmente está a punto de atravesar el umbral que lo llevará a comenzar una transformación profunda, generalmente sin darse cuenta hasta que haya sucedido.

Puede haber un guardián en el umbral. Quizá una esfinge que nos recete un acertijo para dejarnos continuar. En el caso de Dorothy, en camino a la Ciudad Esmeralda, este punto del camino fue la casa del amable Boq, la última antes de salir del territorio Munchkin.

Su anfitrión, al conocer su propósito, le advierte de los peligros que pueden esperarla en el camino. A pesar de su temor, Dorothy toma la valiente resolución de no volverse atrás, a la hospitalidad de los Munchkins, pues sólo el Gran Oz podrá ayudarla a regresar a Kansas.

El héroe, resuelto, está dando ya su primer paso hacia lo desconocido. Lo impulsa una gran necesidad, como a Dorothy, o un gran sufrimiento. En nuestra vida interior esto representa enfrentarnos por primera vez a la realidad de que somos los responsables de nuestra triste situación. Culpar a los demás ya no nos convence ni a nosotros mismos.

Esto es un golpe demoledor al ego. Tenemos que sentir que nos quedamos sin aire, se nos enchina la piel y se estremece el cuerpo. Hay una punzada intensa de dolor. De eso se trata.

Este dolor es el guardián del umbral interior. Si pasamos la prueba, podremos seguir el recorrido. Muchos, no obstante, retroceden horrorizados, se regresan a su zona de confort y hacen como si nunca hubieran salido de ahí, pero, ¡oh sorpresa!, su malestar de vivir irá aumentando, porque algo en su interior despertó y ahora grita pidiendo atención. Más tarde o más temprano, tendrán que reemprender el camino.

Ya en terreno desconocido, es frecuente que el héroe encuentre ayudantes, acompañantes y/o mentores. Dorothy se topa primero con el espantapájaros, que busca un cerebro sin darse cuenta de que ya piensa; luego, con el hombre de hojalata, que desea un corazón sin percatarse de que sí siente, y finalmente con el león, que anhela valor porque cree que es el remedio para el miedo.

Todos estos personajes nos dicen algo del ser humano: en principio, que ya somos todo aquello que quisiéramos y pudiéramos ser; solo hay que hacer el recorrido interior que nos lleve a encontrar cada aspecto que deseamos o rechazamos en los demás, para desarrollarlo o dominarlo en nosotros. Las primeras veces será el camino del héroe. Después se convertirá en la exploración del iniciado.

La diferencia es que el héroe, inocente, va desprevenido junto con sus fieles compañeros, sacando valor ante lo desconocido; el iniciado, en cambio, con calma y solitario, sabe ya hacia dónde se dirige, porque ha hecho muchas veces el camino, pero nunca está completamente preparado para lo que encontrará. Así es este asunto de la conciencia, siempre novedoso.

Ahora bien, la conciencia no está en la cabeza. Ampliarla requiere más corazón y estómago que cerebro, más sentir que pensar. Dice Joseph Campbell, autor de la teoría del camino del héroe, que hay conciencia en todo el cuerpo: “todo el mundo viviente está informado por la conciencia”.

Bajar la vida de la cabeza al resto del cuerpo es la primera experiencia transformadora del héroe. A partir de aquí, el camino nos llevará sin remedio hacia nuestra zona oscura: necesidad de aceptación, miedo al abandono, resentimientos por viejas heridas, como traiciones, abusos, injusticias, y amarguras por expectativas incumplidas.

Y ahí va Dorothy, desprevenida, a encontrarse con la Malvada Bruja del Oeste.


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06 Octubre 2018 03:00:00
El héroe despierto: El camino del héroe (2)
Sólo en la fortuna adversa se hallan las grandes lecciones del heroísmo
Séneca

Ningún héroe nace, se hace, y no por gusto, ciertamente. Eso nos queda muy claro en las parábolas; por ejemplo, cuando Dorothy, arrancada de Kansas por un tornado, aterriza con todo y casa en Oz, matando con ello a la Bruja Mala del Este.

Aquí comienza una fascinante aventura, durante la cual encontrará compañeros entrañables de viaje, retos, tentaciones y ayuda para enfrentarse y derrotar a la Malvada Bruja del Oeste. Tendrá experiencias que la harán cambiar y al final, en su encuentro con el mago de Oz en la Ciudad Esmeralda, una revelación que la transformará definitivamente. Luego retornará al punto de partida, Kansas. Su vida ya no será la misma.

He citado a Dorothy, porque El Mago de Oz es uno de los relatos más conocidos y modernos que representa el llamado monomito del héroe; es decir, el mismo recorrido o periplo con diferentes protagonistas, situaciones, lugares, épocas, personajes, etc. Así lo es, también, Alicia en el País de las Maravillas. Pero los héroes y heroínas más representativos, y antiguos, son Inana, Ulises, Odiseo, Eneas, Perséfone, entre otros.

El monomito del héroe no es otra cosa que el camino interior de crecimiento, la ruta del despertar de la conciencia, que nos llevará siempre al punto del que partimos, pero un escalón de conciencia más arriba. La vida se vive en espiral. Se supone que cada vuelta dejemos de ser los mismos.

Sin embargo, tratándose de nosotros y la vida real, lo común es que ese recorrido no se vea más que como una molestia que hay que darse para resolver problemas, con el propósito de volver a quedarnos sin ellos, tranquilos, seguros, a salvo y confortables, pero chiquitos, limitados, sin otro recurso que el autoengaño, pues dejamos pasar nuestra gran oportunidad de que existir se convierta en una maravillosa aventura.

Si rechazamos la aventura, experimentarla paso a paso, alertas y bien dispuestos, nunca tendremos esa experiencia espiritual que, justo por desconocida, será tan fascinante que querremos volver a dejar Kansas.

Así que pongámonos en el caso de que aceptamos el llamado a la aventura. El héroe despierta y va en pos de lo que le depare el destino, alegre y osado, pero atento, prudente. Hemos dado el primer paso. Pocos lo hacen. No obstante, estamos apenas en el principio y nuestra convicción es frágil. Antes de pasar el primer umbral de cambio podemos sucumbir al temor.

Parte el héroe en muchas ocasiones acompañado de un fiel paje o una inseparable mascota, que representan en la realidad a nuestra alma. Sin ella no habrá ni viaje ni aprendizaje, solo disgusto, porque sin su dirección el ego es mentalmente lerdo y sedentario.

La confusión es el estado mental dominante en esta etapa. El héroe conversa y expresa sus dudas y temores a su leal acompañante, ante la incertidumbre de lo que habrá después si continúa. Tiene frente a sí el umbral de lo desconocido. Del otro lado está el principio de la transformación.

Aquí, el héroe o heroína recibe siempre ayuda oportuna y muchas veces sobrenatural, que la anima a continuar el periplo. A Dorothy la encuentra la Bruja buena del Norte, Locasta, que le entrega las invaluables zapatillas que la llevarán de regreso a casa, rojas en la película, de plata en el relato, así como un beso para protegerla. Está lista para atravesar el umbral.

Me gustaría continuar el recorrido sin interrupciones, pero desafortunadamente, muchos héroes despiertos dejan de serlo aquí. No soportan ni la confusión ni la incertidumbre, y se regresan a sus zonas de confort a echar una siestecita.

En nuestra vida real, en este punto, está la primera renuncia: hay que acabar con esa relación, irse de ese trabajo, vender ese bien, dejar esa adicción. ¿Cuántas veces no hemos podido? Pero no se preocupe, la oportunidad de iniciar la odisea interior es eterna.


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29 Septiembre 2018 04:00:00
El héroe dormido: El camino del héroe 1
Tal cual la parábola del ángel caído representa la maldad de que somos capaces los seres humanos, el relato arquetípico del héroe o la heroína ilustra la grandeza de alma y el crecimiento espiritual de cada individuo. Ambos, maldad y heroísmo, son actos sociales. Pueden llevarse a cabo en solitario, pero siempre van dirigidos a los otros.

Podemos ser héroes esporádicos e impulsivos, es decir, actuar sin pensar en favor de otros cuando una situación de peligro o desastre así nos lo imponga o quedarnos paralizados. Podemos elegir una profesión que nos permita actuar heroicamente con frecuencia, como policía, bombero, rescatista, etc. u optar por otra que nos mantenga alejados y a salvo de cualquier riesgo de heroicidad.

Pero en ninguno de estos polos seremos más o menos héroes sino en la medida en que las circunstancias nos lo exijan o nos lo permitan. Y esto no tendría problema si no es porque nuestra especie y el mundo nos requieren, para preservarse y evolucionar, una heroicidad periódica, que nos llevará necesariamente a emprender un viaje interior hacia nuestro infierno personal, donde nos enfrentaremos a la mismísima o mismísimo gobernante de nuestra oscuridad: el miedo, que todo lo controla si no lo vemos a la cara.

Pero vayamos al periplo en orden. Empecemos por el principio. No tema, puede decidir en cualquier etapa del camino abandonar y retornar al punto de partida para quedarse tal como empezó. El recorrido debe hacerse completo (múltiples veces) para avanzar en conciencia y conexión con nosotros mismos, o sea, alcanzar la paz y la tranquilidad, y con ellas y por ellas, la seguridad y la felicidad.

Hay una llamada a la aventura, una oportunidad, un nuevo amor, otro trabajo, o se presenta un problema, cualquier tipo de adversidad, una emergencia, una pérdida. Usted puede decidir –y generalmente no sabe que lo hace--, emprender el viaje del aprendizaje accidentado o permanecer en su zona de confort, para lo cual se auto boicoteará y culpará a los demás.

Aquí se queda la mayoría. Ni siquiera comienza. Tiene miedo al compromiso y huye o es infiel; teme el éxito porque no quiere responsabilidades y entra en conflicto con sus compañeros de trabajo; encuentra siempre obstáculos para emprender negocios, viajes, estudios, proyectos o nuevas actividades en general.

Si ha identificado a alguien así (y lo habrá hecho porque, como he dicho, se trata de la mayoría) está frente a una persona que vive solamente impulsado por el piloto automático. No sabe en realidad quién es ni quiere saberlo. Toma etiquetas convencionales y se las coloca para darse una falsa identidad que, por supuesto, cree que es la verdadera. En esa etiqueta verá usted una lista de cualidades y las instrucciones para prevenir un daño, pero el producto se comportará de forma diferente, puede ser que incluso totalmente opuesta. Esto se llama incongruencia y es resultado de negarse a emprender el camino del crecimiento.

Si descubrir esto en otros le choca, es que le checa, en cuyo caso revísese. Cualquier momento de la vida es bueno y oportuno para comenzar a crecer, sin importar cuántos errores hemos cometido, cuántas culpas cargamos y qué tan “imperdonable” sea lo que hemos hecho. La mano divina siempre está para tomarnos y llevarnos por donde forzosamente habremos de pasar para comprenderla y merecerla cada vez más, y eso incluirá, por supuesto, pagar los costos de nuestras decisiones y acciones, lo cual no será tan terrible como pensamos; antes bien, liberador.

Lo primero, pues, es identificar el llamado del héroe, que generalmente consiste en aceptar que no tenemos más remedio que emprender el camino, porque la primera vez que se hace no se elige.

Lo llevaré semana a semana por ese camino, si me lo permite. Iremos a Oz.
22 Septiembre 2018 04:00:00
El síndrome del ángel caído (3)
La maldad nos acecha; los malos están entre nosotros. Y hay una noticia peor: no son los otros, esos que planean con placer y minuciosamente sus crueldades, tan comunes en series y películas. No. Esos son solo estereotipos que nos permiten sentirnos buenos.

Sin embargo, hacemos daño, a veces mucho y durante mucho tiempo, sin razón, solo con un pretexto o por impulso, y luego nos justificamos porque nos provocaron o, en el peor de los casos, cometimos un error, por el cual acostumbramos pedir un perdón prematuro para no pagar las consecuencias de nuestras acciones.

Hay, y no son pocos, quienes golpean a su pareja y a sus hijos, los humillan, descalifican, insultan, abandonan física, emocional y/o económicamente. Dígame usted, si esto no es maldad, qué es.

Recordemos la definición de Phil Zimbardo, organizador y operador del Experimento Stanford: “La maldad consiste en obrar deliberadamente de una forma que dañe, maltrate, humille, deshumanice o destruya a personas inocentes, o en hacer uso de la propia autoridad y del poder sistémico para alentar o permitir que otros obren así en nuestro nombre”.

Esta visión de la maldad responde muy bien a la violencia intrafamiliar, que está produciendo tanto víctimas como victimarios del bullying, más allá incluso del ámbito escolar, en un contexto generalizado de agresión, que se ve muy claramente en las redes sociales.

El bullying, en su sentido más estricto, es el maltrato deliberado, psicológico, físico o verbal que recibe un niño por parte de sus compañeros de clase, juego o actividades, en ocasiones en forma de bromas pesadas. ¿Son los victimarios en estos casos inconscientes de su intención de dañar? No. Pueden no saber la magnitud del daño que causan, ya que el propio está tan normalizado en sus vidas, que se vuelven insensibles en cierta medida, pero disciernen entre el bien y el mal.

La maldad radica en la intención, en la deliberación, no en la magnitud del daño causado. El bullying y aquello que lo causa, un entorno familiar violento, son entonces las formas de maldad más cotidianas, extendidas y… aceptadas, de tal forma que ni siquiera las vemos como maldad.

Son distorsiones sicológicas, males de nuestro tiempo, etc., etc. Ciertamente, pero no por ello dejan de ser maldad, y no por estar lejos de las manifestaciones más extremas y/o escandalosas, pueden ser excusadas. Qué hay más malvado que provocar un daño profundo y cotidiano a una persona hasta volverla una villana u orillarla al suicidio, o someter a otros a explotación inhumana en la mendicidad o la prostitución. Tan familiares son ya estas formas de maldad que nos hemos vuelto, como el niño maltratado, insensibles a ellas, y con ello les hemos quitado su esencia maligna.

Para conocer la maldad necesitamos ver películas de terror, programas de homicidios, reales o dramatizados, noticias y el día a día en las redes sociales, pero no volteamos a mirarnos, a ver nuestro entorno y la forma en que lo impactamos, porque descubrir que, aunque sea un poquito, somos malvados, nos obligaría a salir de nuestra zona de confort, ver la negra noche en que hemos sumido a nuestra alma dándole el control de nuestras vidas a un ego que de todo se defiende, en consecuencia cambiar, asumir nuestras responsabilidades, afrontar nuestro dolor y crecer a través de él y con su ayuda. ¿Quién querría hacer esto antes de que la vida lo obligue?

Y eso es solo en la dimensión de lo personal, lo interno. Es todavía mucho peor tomar conciencia del daño que le hemos causado a otros. Ese es como un puñal en el corazón. Una herida insoportable.

Lo cierto es que, como decía León Tolstoi, todos los males del mundo provienen de que el hombre cree que puede tratar a sus semejantes sin amor. Si hay alguien que crea que está amando a aquel que daña deliberadamente, está absolutamente equivocado.
15 Septiembre 2018 04:00:00
El síndrome del ángel caído (2)
Detrás de toda guerra, conflicto civil, linchamiento, batalla personal o contienda política hay un fabricante de enemigos: alguien que te hace creer que quien piensa diferente a ti amenaza tu identidad, tu patrimonio, a tus seres queridos y/o aun tu vida. Del tamaño del miedo que desarrolles será tu odio, tu capacidad de ser malvado y, por supuesto, de justificarte.

Ese fabricante de enemigos puede ser un experto “amarranavajas”, tu mejor amigo, cualquiera que esté suficientemente asustado o tú mismo, esa voz interna que te llena de temores, dudas, inseguridades, hasta ponerte paranoico y ordenarte acabar con aquellos que te arrebatarían todo lo que tienes si te descuidas, e incluso torturarlos cruelmente, porque es lo que desearían hacerte si pudieran.

En ese momento de miedo incontrolable se derrumba la razón y, por tanto, las consideraciones éticas y los valores morales desaparecen: el enemigo ya no es humano, alguien como nosotros pero con otra opinión, otras circunstancias, otros dolores y otras desesperaciones. Ahora es diabólico; hay que combatirlo con furia incontenida.

Todos, absolutamente todos podemos llegar a ese extremo. No hace falta más que la mezcla exacta de factores.

Para ilustrar, cito al reconocido escritor y filósofo Umberto Eco: “Véase qué le sucedió a Estados Unidos cuando desapareció el imperio del mal y se disolvió el gran enemigo soviético: peligraba su identidad, hasta que Bin Laden, acordándose de los beneficios recibidos cuando lo ayudaban contra la Unión Soviética, tendió hacia Estados Unidos su mano misericordiosa, y le proporcionó… la oportunidad de crear nuevos enemigos, reforzando el sentimiento de identidad nacional y su poder”.

Hay quien, como Eco, entiende el origen y propósito de esta clase de confrontaciones, pero en general la gente ve solo al enemigo. Sumemos las paranoias individuales que se van generando, con o sin manipulación, y se contagiará ese pánico y esa furia que nos pueden llevar a cometer verdaderas atrocidades.

El capítulo quizá más vergonzante y aterrante de maldad en la historia de la humanidad es la cruzada de la Inquisición contra los herejes, y particularmente contra las brujas y los brujos, instrumentos de Satanás para corromper al mundo. Las herramientas y las formas de tortura desarrolladas (algunas de las cuales aún se utilizan en cárceles del mundo, según Phil Zimbardo, creador y operador del Experimento Stanford) no tienen igual en ningún episodio de crueldad humana que pueda rememorarse, individual o colectiva.

El enemigo, sin embargo, es alguien que en otras circunstancias podría llegar a ser incluso nuestro amigo. Es un igual, pero en condiciones de vida diferentes, con percepciones diferentes, que nosotros mismos desarrollaríamos de estar en su lugar.

Parafraseando de nuevo a Eco, cuando intentamos ponernos en lugar de nuestro enemigo para entenderlo, surge la instancia ética, renacen los valores, porque establecemos un vínculo de empatía que reduce al máximo el miedo.

Es cuando nos damos cuenta de que ese “monstruo” no es más que una creación de la mente, una mentira. La maldad, entonces, es producto de la mentira, de una visión deformada de la realidad.

Hay ciertamente malvados incomprensibles aun para quienes estudian la psicología de la maldad, pero en la mayoría de los casos ésta es producto de una ilusión aterradora: no solo un enemigo imaginario, sino uno que es avasallador, porque como es “solo nuestro”, individualizado, aunque sea común, conoce nuestras debilidades, de manera que estamos ante él indefensos. Y con el fuego con que lo atacamos nos autoinmolamos.

Si usted analiza las redes sociales hoy en día, en México particularmente, es una pena observar el conflicto que existe entre mexicanos que tienen diferente posición política. Se insultan constantemente, en ocasiones con maldad, desahogando sus tensiones personales y abonando al caldo de cultivo de los odios entre compatriotas. Una tristeza para un país que necesita un pueblo solidario y cooperativo.
08 Septiembre 2018 04:10:00
El síndrome del ángel caído
“No hagáis el mal y no existirá”. León Tolstoi

Dividir al mundo en buenos y malos es la peor ocurrencia que ha tenido la humanidad, porque tan tajante división permite justificar la maldad de los buenos, culpando a las circunstancias que nos obligaron, las personas que nos hirieron, la genética que nos determinó o el sistema que nos orilló, y eliminando así la responsabilidad por la decisión que tomamos y, por tanto, las consecuencias de nuestros actos.

Quienes se han dedicado a estudiar la maldad humana tienen diversas posturas respecto de sus detonantes: la disposición psicológica y/o genética del individuo, el sistema socio-cultural al que pertenece, los hechos que afronta, el grupo con el que se identifica, etc.

La religión tiene sus propias explicaciones. Recordemos la más familiar para nosotros, la católica: el ángel favorito de Dios cae de su gracia por traicionarlo, a causa de su ambición por convertirse en ÉL. Cuando Luzbel es confinado al infierno y se convierte en Satanás, decide corromper lo más preciado de la creación: el ser humano, y así encarna la maldad.

Pero, ojo –y esta por supuesto es mi opinión–: esa ambición fue creada por el propio Dios. Nada existe fuera del creador y su creación. Todos podemos ser el ángel caído. El mal viene de origen. De lo contrario no existiría el bien. La dualidad es el punto de partida de la evolución; su equilibrio, el propósito.

Independientemente de los inevitables factores externos e internos que nos conducen hacia el mal (y sin restarles importancia), es necesario reflexionar sobre lo que pasa dentro de nosotros en ese momento crucial en que determinamos hacia dónde inclinarnos.

Es importante, antes, distinguir la verdadera maldad, el extremo, de un acto inmoral, uno irracional o uno ilegal. Dice Phil Zimbardo, quien llevara a cabo el famoso Experimento Stanford: “La maldad consiste en obrar deliberadamente de una forma que dañe, maltrate, humille, deshumanice o destruya a personas inocentes, o en hacer uso de la propia autoridad y del poder sistémico para alentar o permitir que otros obren así en nuestro nombre”.

Cuando alguien nos hace una cosa así, nosotros se la hacemos a otro o a nosotros mismos, el alma sufre una gran herida. El dolor la obliga a replegarse un tiempo, para sanar y transformarse. Digamos que como las orugas construye una crisálida de la que saldrá mariposa.

Entonces toma el control el ego, que junto con el cuerpo es la parte mortal del individuo. Debido a su carácter “artificial” (no tiene vida propia), no siente ni la herida ni el dolor del alma, pero si humillación, indignación, cólera, deseos de venganza y odio.

Efectivamente, no podemos odiar con el alma. Ella solo ama, no necesita pertenecer a ningún grupo, espiritual o delictivo, porque ya está conectada con el todo. No necesita una identidad porque ya sabe quién es.

Es pues elego al que vamos construyendo toda la vida, pero la personalidad es el resultado de la interacción entre éste y el alma. Si la ignoramos, si no nos acercamos ni compartimos su dolor ni la abrazamos; si no compatibilizamos al ego con ella, nos convertiremos en una de las dos clases de malvados que hay: el que lo es abiertamente, porque su miedo le dice que ya no hay marcha atrás, a riesgo de ser vilipendiado, aislado y “morir”, o el que creyéndose de los buenos siente cierto placer morboso en presenciar actos de violencia, lujuria, crueldad y excesos, cometidos por quienes “no son” como él, ya sea en el cine, internet, la televisión o las calles de su ciudad, sin hacer nada por alejarse o suprimirlos, y creyendo que pueden ser una forma de desahogo de sus impulsos.

Yentonces llegamos a lo que decía Albert Einstein: “El mundo no está en peligro por las malas personas, sino por aquellas que permiten la maldad”.
01 Septiembre 2018 04:00:00
Exponiendo a la mentirosa
Solo hay dos clases de víctimas: la establecida y la fortuita; es decir, la voluntaria y la involuntaria. A nadie le gusta ser esta última. Que un desconocido nos asalte o un conocido nos hiera produce dolor, miedo e inseguridad, pero sobre todo un sentimiento de impotencia insostenible, del que debemos movernos lo más rápido posible. Generalmente transitamos hacia la ira, en la que podemos, malsanamente, instalarnos bastante tiempo.

La otra clase de víctima, en cambio, la establecida, es la favorita de chicos y grandes. Instalados en ella, sufrimos cómodamente, o sea, hasta donde nos es tolerable, mientras obtenemos lo que deseamos: atención, quizá afecto o un heroico rescate. Incluso el paquete completo.

La víctima establecida, como todos bien sabemos, es esa persona que vive contando sus desgracias, renegando de su situación, sintiéndose ofendida, incomprendida, maltratada y traicionada. El victimismo puede restringirse a un solo aspecto de su vida; la pareja, por ejemplo: “es que no tengo suerte en el amor”; o la economía: “es que soy pobre”.

Como evidencian estos ejemplos, el victimismo establecido no es solo una forma de llamar la atención para lograr incluso que un rescatador se haga cargo de nosotros; constituye ante todo un conjunto de creencias limitantes: no puedo, nadie me quiere, nada me sale bien, todos me odian, la vida conspira contra mí, por qué Dios permite estas cosas. Es, pues, la más frecuente forma de mediocridad.

Prácticamente todos podemos detectar una víctima… y también serlo, casi siempre sin advertirlo, por imitación. Muchos nos enganchamos con ella, porque históricamente es la parte inocente, la buena, la luchona, la sufridora, la que merece reivindicación, justicia y bendiciones. Recuerde el estereotipo de Pepe el Toro. Pero la realidad es que la víctima es egocéntrica y manipuladora.

Se cree el centro del universo y desde ahí acusa a todos de ocasionar sus desgracias: al gobierno por su situación económica, su desempleo y su falta de perspectivas; a sus parejas o exparejas por su soledad e infelicidad, a Dios o a la vida porque las cosas no son como desea, etc.

Lo que la víctima rehúye más que al cáncer, es la responsabilidad, porque la confunde con culpa y porque implica hacerse cargo de sí misma, de sus carencias, sus condiciones de vida, su rol en la familia y en la sociedad, lo cual conlleva cometer errores y, por tanto, “cargar con las culpas”.

Hay, pues, un rechazo al error. Todo error que cometa una víctima es ocasionado por otro. La víctima es perfecta. Exacto: aquello que adora el ego. Si teníamos la idea de que una persona egótica era aquella que se imponía abusando de su poder, su dinero, su conocimiento, etc., pues hoy es un buen día para que nos caiga el 20: al ego le gusta más la víctima que el victimario. Este último es un papel muy arriesgado. Los egos agresivos son abatidos rápidamente.

Para saber si somos víctimas inadvertidas, aunque sea en un solo aspecto de nuestra vida, hay que ver cuándo rehuimos la responsabilidad, cuándo señalamos culpables y de qué nos quejamos. Si vivimos permanentemente insatisfechos, también estamos sintiéndonos víctimas de la vida.

Pues hay que moverse de ahí, porque desde ese lugar generamos todo aquello de lo que nos quejamos; nuestros pensamientos y nuestras emociones atraen nuestras desgracias, nos imponen limitaciones.

Pero no se trata de repudiar a su pobre víctima, se trata de que le dé lo que está buscando de los demás, para que pueda trascenderla. Dese amor, respeto, seguridad. La víctima es real: hay un estado de dolor, miedo e indefensión interna producto de experiencias específicas, que trasladamos por conveniencia a otros aspectos de nuestras vidas. Hay que abrazarla y comprenderla. Lo que no hay que hacer es creerle, porque es la voz del ego, que ha estado utilizándola.
25 Agosto 2018 04:00:00
Cambia la idea y cambiará la vida
Hay un poder superior: el arquetipo del creador. De lo contrario no podría ser imaginado ni nombrado. Hasta ahora es una idea, efectivamente. No podemos verlo ni tocarlo, pero sí sentirlo, y la manera en que lo hagamos determinará nuestra cercanía o nuestra lejanía de él, y con ello nuestra calidad de vida.

Llamémoslo con su nombre más conocido: Dios. Si es iracundo, le temeremos; si es amoroso, lo buscaremos; si es ambas cosas, seremos hipócritas, esconderemos nuestros defectos para que no nos castigue y cacarearemos nuestras virtudes para que nos premie, o definitivamente lo negaremos.

La mayoría de los seres humanos, estemos o no conscientes de ello, actuamos acordes a la idea de un creador dual, y entramos en conflicto con él. Por eso nos negamos a sentirlo en esa otra parte donde está siempre: nuestro cuerpo.

Muchos seres humanos han descubierto a su poder superior dentro de sí mismos, y su idea del creador ha cambiado radicalmente, pues han encontrado algo muy distinto a las descripciones religiosas, sobre todo aquellas que nos enseñan a temer a Dios.

Ese contacto es prácticamente indescriptible y absolutamente transformador. Lo primero que comprendemos es que lo más importante en la vida es la paz interior.

Pero casi nadie tiene a Dios presente, todos los días, en el cuerpo, no piensa que cuando disfruta la comida y el sexo con amor, permite que él lo haga también, que si mata se aleja de él y por tanto de sí mismo, que si se odia lo odia a él y que si envidia se siente completamente separado de él. La envidia es particularmente la emoción que más nos aleja del creador, porque nos hace creer que nos ama menos que a los demás.

Retornando al cuerpo, existe una idea que sería estupendo adoptar en occidente, ahora que vivimos en una era de destrucción y construcción acelerada de paradigmas, gracias al internet: Dios nos creó para experimentarse a sí mismo físicamente, en una dimensión de sensualidad: el ámbito material.

No es nueva. Los cabalistas la ilustran muy bien en su árbol de la vida: en Keter, la Corona, Dios se ha desdoblado para derramar su esencia hasta llegar a El Reino, la tercera dimensión.

A estas alturas, ya entenderá que es muchos menos importante saber quién es Dios en realidad, que conocer la idea que tenemos de él. Si bien la ciencia desacredita su existencia, es ella misma la que ha comprobado que lo que pensamos y sentimos determina no solo la calidad de nuestra vida en la famosa rueda del karma y el dharma, sino que modifica nuestras células y, con ello, nuestros cuerpos. La idea de Dios es Dios.

Si en lugar de avergonzarnos por nuestras funciones corporales primarias las concibiéramos como una forma de permitirle a Dios experimentarse, puesto que él está en cada molécula de nuestros cuerpos, habría por supuesto mucho menos desórdenes alimenticios, sexuales y en general psicológicos y conductuales.

Si en lugar de sentirnos mal porque no tenemos ni la cara ni el cuerpo que los estereotipos de nuestro tiempo pautan como belleza, nos aceptáramos y nos amáramos tal como somos, nos acercaríamos a ese amor de Dios que tanto deseamos todos.

Si tuviéramos la mayor parte del tiempo presente que Dios está en los cuerpos que se aman, en las manos que se estrechan, los abrazos francos y las carcajadas, nuestra vida cambiaría radicalmente. Siendo los portadores del creador, nos procuraríamos lo mejor, con respeto, placer divino y ternura, sin excesos. No usaríamos la risa par ofender a otros ni los golpes para someterlos.

Dice Deepak Chopra: “Si quieres cambiar tu cuerpo, cambia primero tu conciencia. Todo lo que te ocurre es resultado de cómo te ves a ti mismo”.

Si quieres cambiar tu conciencia, cambia tus paradigmas. Dios no está fuera de su creación. Es su creación.
18 Agosto 2018 04:00:00
¡¡¡¿Por qué a mí, Dios mío?!!!
Le llamamos destino a los resultados de decisiones, actitudes y acciones que tomamos sin darnos cuenta de nuestras verdaderas motivaciones, es decir, los pensamientos y emociones que las guiaron, ni mucho menos de las consecuencias que acarrearían. Y Luego, ante no pocos problemas, nos ponemos a gritar, aunque sea internamente: ¡¡¡¿por qué a mí, Dios mío?!!!

La mayor parte de la vida de cada individuo se compone de causas y efectos. Sobre las primeras se puede, es más se debe, tener el control, sobre los segundos, no. Solo se asumen o no: responsabilidad o irresponsabilidad.

Ese control sobre las causas es lo que se llama libre albedrío. Hay quien opina que siempre se tiene y por eso somos arquitectos al 100% de nuestro destino, hay quien cree que es solo una ilusión y por tanto no tenemos influencia sobre lo que nos sucede, y hay quien piensa que ambos coexisten.

La tercera opción es, por supuesto, la más lógica, pero no es tan simple. Personalmente, creo que hay dos tipos de destino, según su fuente: exotérico (ajeno a nuestra voluntad) y esotérico (producto de nuestras elecciones inconscientes). Este último predomina en nuestras vidas bajo la denominación de locura de Einstein: seguimos haciendo lo mismo esperando diferentes resultados.

El libre albedrío es, por su parte, autodeterminación consciente, por eso en realidad no se tiene hasta que el individuo toma decisiones basadas en un profundo conocimiento de sí mismo y asumiendo de antemano cualquier resultado de las mismas.

En tanto no conozcamos aquello que nos motiva a tomar decisiones, generalmente emociones rechazadas y pensamientos ignorados, no podremos tomar el control de nuestras actitudes y nuestras acciones. No somos internamente libres. Solo reaccionamos, aun cuando nos encontremos en una disyuntiva que parezca requerir una elección y por ello creamos estar decidiendo.

Dos ejemplos: nuestra vida cambia cuando sufrimos una gran pérdida. La mayor es generalmente la del padre, la madre o un hijo. En el orden natural de las cosas no es algo que provocamos y, desafortunadamente, tampoco algo que nos permita hacer uso de una buena dosis de libre albedrío para que duela menos, sino solo para resistir, aceptar el consuelo y dejar que el tiempo pase. Este tipo de acontecimientos y los encuentros que tenemos con personas significativas en nuestras vidas son cuestión del destino exotérico. Vivencias que suceden hagamos lo que hagamos.

No así cuando decidimos la forma en que llevamos nuestras relaciones y cuándo terminan. En estos casos podemos, y debemos, decidir conscientemente nuestra actitud, analizar expectativas, ponderar el grado de participación e involucramiento y finalmente determinar si la relación es buena o no para nosotros. Otra cosa es que no estemos acostumbrados a hacerlo, que solo seamos reactivos a la forma de ser y de desenvolverse del otro, que creamos que no hay alternativa más que soportar o controlar, que nos sintamos obligados a cumplir paradigmas como el de hacer feliz a otro, ser suficiente para otro, mantener a otro, ser admirable, etc.

Esto no es más que ignorancia sobre nuestra naturaleza, poder, carga de libertad, capacidad de elección, potencial de amor propio, posibilidades de salud mental y emocional e importancia de la paz interior.

La forma en que nos sentimos determinará todo aquello que atraeremos a nuestras vidas y cómo nos relacionamos, y está estrechamente relacionada con la forma en que pensamos. El manejo de ambas, con conciencia de cada una, es el libre albedrío.

En otras palabras, no existe el libre albedrío cuando decidimos guiados por una emoción intelectualmente justificada, sin darnos cuenta de que lo estamos haciendo. O sea, no existe el libre albedrío en la mayor parte de la vida de la mayor parte de las personas.

La libertad requiere conciencia, de lo contrario no es más que una elección producto de un impulso.
11 Agosto 2018 04:00:00
Detrás del cinismo
Hace miles de años, en el siglo 5 antes de Cristo, nació un grupo de jóvenes rebeldes –comandados por el irreverente filósofo Antístenes–, que se dedicaron a rechazar los convencionalismos sociales y la moral comúnmente admitida en la época. Se llamaban a sí mismos “cínicos”.

Estos muchachos, en particular, no se quedaron en un grupúsculo revoltoso; no. Representaron toda una doctrina filosófica. El significado atribuido a la palabra cínico es el de “perro”, porque aspiraban a vivir con la sencillez y desfachatez de los cánidos. El humor y la ironía eran sus mordidas.

Si bien el movimiento no trascendió más allá de su época, sí su denominación: cinismo, porque definió un tipo de rebeldía muy específico, aquel con base en el cual se conforman, época tras época, grupos sociales específicos de contracultura.

Estos grupos son siempre, por la propia naturaleza evolutiva del hombre, conformados por jóvenes, y la motivación de fondo, se justifique como se justifique, es ese desprecio que sienten por la autoridad, en su búsqueda de identidad, desde un ego muy poco pulido, más bien en bruto, tendiente a desarrollar una soberbia que otorga la razón absoluta y una arrogancia que justifica en el fuero íntimo cualquier abuso.

Hay de hecho para este tipo de conducta generacional un cuentecito muy ilustrativo, el del joven que se refiere a su padre como un viejo tonto mientras está vivo, y como un sabio cuando él ha madurado y el otro ha muerto.

Pero como la naturaleza humana es contradictoria, aquel que se rebeló para que las cosas cambiaran, ahora ya no quiere que cambie lo que logró. Se aferra. Deja de adaptarse, de crecer, y es muy probable, por tanto, que su personalidad y sus actos permanezcan arraigados en ese desprecio por sus semejantes que lo impele a la burla (o la fina ironía si hay condición educativa), al “trepadurismo”, la falta de respeto, el abuso descarado, la simulación y la doble moral de quien antepone sus intereses personales a los de los demás, ya sea que lo haga desde una actitud de abierto reto, o una de pretendida pertenencia.

Esto es tan común que se ha convertido ya en el significado extendido del término cínico. Pero no cualquiera puede ser un cínico redondo. La moral lo impide. Así pues, claramente uno de los rasgos psicológicos del cínico es la inmoralidad o bien la amoralidad.

Todos los seres humanos podemos actuar alguno de los aspectos del comportamiento entendido como cinismo. El de rechazar los convencionalismos, por ejemplo. De hecho, deberíamos ser cínicos en ocasiones, para repeler los intentos de manipulación emocional de personas que quieren controlarnos. En esos casos tenemos que afirmar nuestra posición, incluso estando equivocada, porque de lo contrario terminaremos pensando o haciendo lo que otro quiera. El arma más afilada para esta batalla es la ironía.

Hay, sin embargo, personas cuyo estilo de vida es el cinismo, y tienen por supuesto conductas reiterativas muy especiales:

1.- Sostienen mentiras evidentes con una cara dura que anonada al más templado.

2.- Defienden acciones y conductas condenables con argumentos justificativos que pretenden hacerlas pasar como necesarias.

3.- Simulan que no hacen lo que hacen.

4.- Responden con desvergüenza y descaro cuando son descubiertos haciendo de las suyas.

5.- Son capaces de pasar sobre cualquiera para lograr sus fines.

6.- Interactúan con una gran dosis de humor negro (el cual por supuesto no es privativo del cínico, pero sí una de sus actitudes favoritas).

Ahora bien, las características psicológicas de la gente que desarrolla este patrón son, entre las más destacadas:

1.- Narcisismo.

2.- Lejanía emocional respecto de sí mismo.

3.- Grandes carencias emocionales ignoradas.

4.- Ambiciones desmedidas de poder y riquezas para subsanarlas.

5.- Mucha rabia acumulada.

Y bueno, no le ponga nombres. Mejor no señale. Acuérdese de que lo que le choca le checa.
04 Agosto 2018 04:00:00
Las trampas de la espiritualidad (2)
El mayor obstáculo para la espiritualidad es nuestra creencia sobre lo que es ser espiritual. Algunos desprecian lo místico, porque no hay pruebas de su existencia, como si Dios tuviera la obligación de responder a nuestro arrogante reto demostrando que ahí está. Otros lo aceptan, pero prefieren no acercarse mucho, porque significaría una serie de renuncias que no están dispuestos a hacer.

Algunos más se acercan ávidamente a la espiritualidad para calmar sus tormentos mentales y emocionales, aliviar su dolor y encontrar respuestas a sus angustiosas preguntas, pero fracasan.

Esto es porque hemos creado estereotipos de espiritualidad inalcanzables. Creemos que ser espirituales es un asunto de sacrificio y privación, de ser un Cristo sufriente; o bien un estado de cómoda insensibilidad y superioridad, mala imitación de Buda iluminado.

Pero no tomamos en cuenta que tanto Buda como Cristo disfrutaron también de la vida material ¡sin culpas! Comieron y bebieron con placer y en su justa medida, erraron, dudaron e incluso desesperaron, para finalmente aprender y entregarse con humildad a su poder superior, en un acto de completa fe; es decir, de confianza más allá del entendimiento. No le pidieron ni a Dios ni al nirvana que les demostrara su existencia para hacerlo ni negociaron sus renuncias.

Así pues, el problema para abordar nuestra espiritualidad es que sólo vemos el lado ideal del arquetipo; o sea, el estereotipo, y este implica perfección mediante la privación y la virtud pura. Creemos que la parte donde no somos generosos, agradecidos, amorosos, solidarios, compasivos, ecuánimes, tolerantes, etc., no es espiritual.

Y nada más equivocado. Esa es la orilla espiritual de la que partimos para llegar a la otra. Y este recorrido interior, llamado espiritualidad, no hará que desaparezca la faceta en que somos superficiales, hipócritas, envidiosos, rencorosos, soberbios, ególatras, codiciosos, etc. Sólo nos permitirá desarrollar nuevas emociones positivas, para que no actuemos las negativas; adquirir técnicas para poner en consonancia nuestros pensamientos, y arribar así a una zona de nuevas realidades casi milagrosas, creadas por nosotros mismos, en el territorio de los sentimientos profundos, que es el que habita el alma.

Ahí está su alma, todo el tiempo, acompañándolo, atada a usted en ese cuerpo, la reconozca o no, la sienta o no. Cuando hace algo que ama hacer, diga lo que diga quien lo diga, está poniendo el alma. Está enriqueciéndose espiritualmente. Si no lo hace, porque para los demás es poco relevante o inútil o sin mérito, se está alejando de su alma, por tanto se está empobreciendo espiritualmente. Pobre o rico, pero en ningún caso deja de ser espíritu ni, por tanto, espiritual.

Así pues, tanto el que huye del camino espiritual porque no hay evidencias sólidas de la existencia de Dios, del alma, etc., o no está dispuesto a renunciar a nada, como el que ya se siente más allá del bien y del mal, emocionalmente hablando, y considera que ha trascendido sus miedos y defectos, sin haber hecho el recorrido arquetípico, no evaden otra cosa que su realidad.

Pero entendamos pues a la espiritualidad como comúnmente lo hacemos: una opción de vida, un camino interior voluntario que nos lleva a desarrollar nuestro máximo potencial místico. ¿Nos premiaría Dios por elegirlo, o nos castigaría por no hacerlo? Ninguna de las dos. Ese Dios es una de las trampas de la espiritualidad.

Dios nos ama tanto, a todos, que respeta nuestro libre albedrío para pensar, sentir y hacer tanto el mal como el bien. Nos mira con el mismo amor cuando no nos damos cuenta de que no nos damos cuenta y cuando ya lo hacemos.

Dios no actúa, para eso nos creó a nosotros. Sólo ama. Y no, no hay evidencia contundente de que Dios nos creó, pero eso al final no tiene la menor importancia.
28 Julio 2018 04:00:00
Las trampas de la espiritualidad (1)
La mayor inclinación espiritual que existe es la búsqueda de la felicidad. Todos queremos ser felices, por tanto, todos somos espirituales. Todos, además, necesitamos amar y ser amados, perdonar y ser perdonados, dar y recibir bondad, seguridad, comprensión, gentileza, apoyo, atención, respeto y una larga lista de satisfactores emocionales que no son otra cosa que manifestaciones muy claras del mundo espiritual.

Sin embargo, lo opuesto a todo ello también es espiritual: adoptar el papel de la víctima o del victimario, maltratar y dejarnos maltratar, odiar, envidiar, ser egoísta, etc. Todo ello es parte del camino interno que, ineludiblemente, hay que recorrer. Si no en esta, en otra vida, pero será.

Crecer espiritualmente es otra cosa, y por cierto no tiene nada que ver con ser perfecto, desapasionado, meditativo, creyente, desinteresado en el mundo material, envuelto en un halo de misterio, enfocado en lo esotérico y otras posturas, actitudes y paradigmas por el estilo.

Crecer espiritualmente es transitar por una serie de despertares de la conciencia que pueden ser bastante turbulentos. Todos comenzamos identificados con el mundo material (lo cual puede durar toda una vida), para después concebirnos como seres espirituales, multidimensionales y progresivos, de manera que empezamos, lenta y torpemente primero, rápida y hábilmente después, a trabajar con nosotros mismos, a crecer y gozar nuestras profundidades.

En todo caso, crecer no es cuestión de mejorar, sino de conectar. Quien crece espiritualmente bucea profundo en sí mismo, enfrenta día a día sus emociones, explora sus miedos, se permite sentir su negatividad, acepta sus creencias erróneas, se emociona con el autoconocimiento y la alquimia interior; es transparente, empatiza con otros, hace conexiones genuinas, en completa confianza y vulnerabilidad, es servicial y solidario con sus semejantes, mira como igual a cualquiera. Hay ejemplos. Piense en Teresa de Calcuta.

Sin embargo, la creencia común es que espirituales son aquellos a los que les están prohibidas la sensualidad, el placer, el enamoramiento, el interés material y la comodidad. Con esta lista, quién querría ser espiritual.

Quítese de la cabeza esta idea equivocada. Sepa que un ser espiritual comete muchos errores, cede no pocas veces a sus apetitos y es, sobre todo, dual: es decir, tan defectuoso como virtuoso. Lo que lo distingue es que lo sabe y lo acepta; lo aprovecha para elegir pensar y actuar lo mejor que hay en él. Es aquí, justo en las elecciones que tenemos que hacer en nuestra vida cotidiana, donde está el milagro del libre albedrío. Hoy podemos elegir entre estar enojados o perdonar, entre sentirnos deprimirnos o ponernos alegres. Tan fácil, tan accesible y tan elemental es la espiritualidad. Piénselo.

Quienes quieren convertirse en su idea de perfección con unas cuántas meditaciones o saltar directamente a la parte de arriba de la escalera espiritual, militando furiosamente en alguna religión o culto, e incluso consumiendo sustancias como la ayahuasca, lo que en realidad están haciendo es evadir lo que tienen que enfrentar: sus emociones.

Sin embargo, es imprescindible el desarrollo psicológico, paso a paso; esto es, la gestión psicoemocional o alquimia interior, tropiezo tras tropiezo, pues el camino es bastante empedrado, pero no tan horroroso como uno se imagina. De hecho, puede volverse emocionante, estimulante y, sobre todo, muy muy satisfactorio.

No existen los atajos espirituales. No hay caminos despejados ni GPS interior. El verdadero trabajo espiritual se parece más al de un respetable pepenador que al de un aséptico médico de bata blanca. Así es como debe ser.

El recorrido nos lleva directo hacia aquello que no queremos sentir ni ver, no para analizarlo ni combatirlo ni mucho menos identificarnos con ello, sino para amarlo, abrazarlo, transitarlo y trascenderlo. Nuestras emociones no pueden determinarnos si no se los permitimos. No son indelebles. Solos nos habitan por un corto tiempo, vienen y se van.

Siempre habrá dolor e incomodidad. Acéptelo y supérelo.
21 Julio 2018 04:00:00
Evadiendo el dolor se evade la vida
Podremos negarlo cuanto queramos, pero todos los seres humanos tenemos siempre cubierta, con una cortina de negación, al menos una parte de la realidad, para protegernos de dolores que no estamos preparados para afrontar.

Esto es normal. En todas las etapas de la vida. Evita la locura. ¿Qué niño puede, por ejemplo –aun con la ayuda adecuada en el momento oportuno–, afrontar correctamente el abandono, el maltrato y/o el abuso? Tenderá a ocultar para sí mismo, a suavizar, justificar o hasta cambiar imaginariamente la porción de realidad que le duela más.

Quien no recibió ayuda adecuada en el momento oportuno es probable que tarde mucho más en digerir emocionalmente sus realidades, pasadas y presentes; o que nunca lo haga. Este es, desafortunadamente, el común denominador. La mayoría no somos, en nuestro potencial dañino como adultos, más que niños asustados y enojados, haciendo berrinche para salirnos con la nuestra, y por tanto adultos inseguros, coléricos, insatisfechos y miedosos, evadiendo la vida.

En estas circunstancias, emocionalmente infantiles, nos resistimos más de lo necesario al dolor, que por tanto crece, todo lo invade sin que nos demos cuenta, hasta que se “normaliza”, porque, claro, lo negamos. Para mejorar este mundo, concretar la justicia social que deseamos y la felicidad personal que sin excepción buscamos, tenemos que educarnos para el desarrollo psicoemocional sano y la colectividad responsable, en las escuelas y las familias.

Las emociones son como los músculos: es necesario fortalecerlas, desarrollarlas, poco a poco, para que puedan cargar con el peso de nuestras mentes, que a su vez deben ser ejercitadas para ser creativas. Es imposible vivir afrontándolo todo tal cual viene en el momento en que viene. El crecimiento es un proceso, no un suceso.

Resistirse a procesar el dolor ayuda momentáneamente, pero no resuelve nada. Eventualmente habrá que hacerlo. Mientras más rápido mejor, o perderemos cada vez más contacto con nuestra realidad, de manera que viviremos inconscientes en la mentira de que los otros pueden y deben llenar nuestras carencias, y que lo harán en la medida en que seamos guapos, ricos, inteligentes y/o carismáticos, populares y/o poderosos; atributos en los que erróneamente hemos depositado nuestra identidad, de manera que si no los poseemos no somos nadie y si los perdemos dejamos de existir.

Por eso es que perder riquezas, estatus, poder, notoriedad y dominio es la muerte para quien solo ve eso en su persona; es decir, para quien deposita en esos elementos paradigmáticos su importancia personal, el sentido de su propia vida.

Ser más que eso; simplemente ser, sin autodefinirse, es puramente cuestión de comprender el proceso del dolor, no como una prueba de la vida ni como un inconveniente, una perturbación o algo indeseado, sino como un síntoma.

El objetivo no es enfrentar el dolor por sí mismo y salir airoso, sino ir a su fuente. El dolor es solo un indicador de que algo no anda bien, está enfermo o herido. Eso es lo que hay que atender.

Lo primordial para encarar el dolor e ir a su fuente, es aceptar que en este preciso momento hay algún aspecto de su vida, un suceso, una emoción generalmente, una situación, que usted está negando, y que esto es normal. Y es que el poder de la negación radica en que puede negarse a sí misma, de manera que se vuelve invisible.

El manejo del dolor sólo es posible mediante una habilidad que se llama templanza, que se va adquiriendo con la resolución de las crisis internas, si no le da por negarlas. Tenemos que salir de estos procesos críticos suficientemente duros y a la vez flexibles, como para enfrentar retos cada vez mayores sin quebrarnos, pero adaptándonos. Adaptación es la forja de la madurez.

Ah, y algo muy importante: el miedo al dolor se vence sintiendo dolor.
14 Julio 2018 04:00:00
Es real la irrealidad
La mente humana es arquetípica: solo puede conocer, aprender y crear a partir de representaciones imaginarias. La comunicación, por el medio que sea, únicamente es posible mediante la transmisión y recepción de modelos compartidos.

Los arquetipos son los unos y los ceros, o sea, el lenguaje binario, con el que se programa el pensamiento, pero –¡ojo!– no la conciencia, puesto que pueden experimentarse estados del “ser” en los que no hay representación imaginaria, sino un “saber” inexpresable; estados arquetípicamente crísticos o búdicos.

Un día todos habremos de experimentarlos, en esta o en otra de las vidas de nuestra infinita existencia, y sólo podremos expresar –tratando de explicar nuestras sensaciones (arquetipos: paz, plenitud, felicidad, etc.)– una millonésima porción de la experiencia y, en ese momento, como decía Krishnamurti, habrá perdido su calidad de realidad y verdad; será simplemente una proyección. De ahí que no esté tan descabellada la nueva teoría científica según la cual nuestra experiencia de vida es sólo un holograma de la verdadera realidad.

Estamos hablando del término arquetipo, por supuesto, como lo concibiera Carl Jung: esa representación que se considera modelo de cualquier manifestación de la realidad, o incluso como lo entiende la religión: tipo soberano y eterno que sirve de ejemplar y modelo al entendimiento y a la voluntad humanos.

Tenemos arquetipos omnicomprensivos, como Dios; primigenios, como madre; modernos, como industria; de existencia concreta, como perro; de carácter imaginario, como dragón. Todo aquello en lo que se pueda pensar proviene de un arquetipo, toda manera de autodefinirse también.

Cada arquetipo tiene, por supuesto, sus características particulares y muchas variantes según las regiones, religiones, culturas, épocas e individualidades humanas. Están arraigados en nuestro inconsciente y, los tengamos o no presentes, los vivimos, los protagonizamos, somos sus avatares.

“Es esencial insistir que no son meros conceptos filosóficos. Son pedazos de la vida misma, imágenes que están integralmente conectadas al individuo a través del puente de las emociones”. Carl Jung.

A través de los arquetipos podemos conocernos a nosotros mismos y, aún mejor, construirnos. Constituyen el universo de todo lo que podemos ser, de polo a polo: de principio a fin, de malo a bueno, de oscuro a luminoso, etc. En nuestro contacto con lo que nos rodea, material o etéreo, vamos modificándolos, dándoles más matices, facetas, formas y significados.

Son la guía intergaláctica hacia las profundidades de nuestra alma. De ahí la importancia de conocerlos. El hombre ha creado muchos métodos para sistematizarlos y convertirlos en un camino iniciático. Uno de ellos es, por ejemplo, el Tarot.

Sin embargo, también podemos utilizarlos para esclavizarnos unos a otros, empequeñecernos, estancarnos. Y, claro, eso es lo que comúnmente hacemos. El sistema que usamos para hacer esto se llama “estereotipar”. Ya estamos en terreno más que conocido, ¿verdad?

Revestimos un arquetipo de características limitadas, fijas y “expandibles”, es decir, aceptables e incluso deseables por una mayoría, de acuerdo a las exigencias de la época y la cultura, y le imponemos el sello “deber ser”. Y esta es, estimados lectores, la razón de existir de la publicidad y la mercadotecnia: marcar tendencias a partir de estereotipos.

¿Cómo se vive usted respecto de su “deber ser”? ¿Es suficientemente delgado o delgada?, ¿posee el coche, la casa y la ropa de marca que lo destacarían?, ¿se dedica a lo que en su entorno le reporta reconocimiento?, ¿tiene las mujeres que lo harían héroe entre sus amigos o los pretendientes que sus amigas envidiarían?

Si sus respuestas son más “no”, es usted afortunado o afortunada, porque está a tiempo liberarse sin tanto dolor de la prisión de la mediocridad, para explorar todas sus potencialidades. Sólo debe renunciar a la idea de que obtendrá todo lo que desea y necesita si, y solo si, encaja en eso que los demás dicen que hay que ser.
07 Julio 2018 04:00:00
La inevitable crisis (2)
Los cambios se llaman crisis cuando una situación insostenible, producto de una persistente resistencia, desemboca en derrumbe de la certeza y la seguridad, más por la evidente inutilidad de una forma de pensar, que por las pérdidas materiales.

Esa resistencia tiene su sustento en el miedo, individual o colectivo, sea en la forma frágil de un temor o en el monstruo devorador del pánico; y no importa cuán bien racionalizado, argumentado y justificado esté, el miedo no deja de ser una de las emociones más dominantes cuando le permitimos salir a la superficie de la conciencia.

Una vez revelada la verdadera naturaleza de la crisis, no es difícil inferir que: 1) vivirla es inevitable, porque el cambio casi siempre asusta; 2) transcurrirla lo menos dolorosamente posible equivale a dominar el miedo o a impedirle simplemente que modifique nuestras convicciones o nos paralice y 3) superarla requiere enfocarnos en las soluciones, que casi siempre son una forma de adaptación, posible sólo mediante la aceptación de nuestras nuevas circunstancias.

El más apto no es el que más domina a otros, por la violencia o la manipulación, sino el que mejor se adapta al cambio, porque es el que evoluciona.

Desafortunadamente, los seres humanos somos bastante porfiados en eso de someter la realidad a nuestra voluntad antes de admitirla tal cual, por eso tendemos a empeorar las crisis antes de afrontarlas.

Dígame si no: 1) Lo que no está de acuerdo con nuestra forma de pensar, está mal; hay que repelerlo, alejarlo o destruirlo; 2) si no sabemos cómo resultará algo, seguramente nos decantaremos por el peor escenario posible, dominados por el miedo; 3) si el cambio nos produce incertidumbre, intentaremos controlarlo, forzarlo hacia cierto rumbo, apresurarlo; 4) Si no soportamos la inseguridad, nos refugiaremos en una creencia, una actividad, una persona o una adicción, para no ver ni sentir; 5) si las nuevas circunstancias se perfilan distintas a lo que esperamos, nos sentiremos víctimas de la injusticia o unos perdedores; de manera que no asumiremos responsabilidades, pues nada de lo que hagamos resultará bien; 6) si el cambio nos perjudica, culparemos a otros, para desquitarnos un buen tiempo.

Estas son solo algunas de las actitudes y conductas que acostumbramos adoptar frente a una crisis. En términos generales, el resultado es que nos paralizamos, nos estancamos en situaciones, relaciones y pensamientos obstaculizantes, durante semanas, meses, años o toda la vida.

Como todo lo que es individual se vuelve colectivo con la sencilla operación matemática de la suma, y después se reproduce con la no tan complicada fórmula de la multiplicación, pues eso que creemos confinado a lo personal, a lo íntimo, se extiende impensablemente para volverse una realidad social, nacional, mundial incluso.

Por eso en el mundo, si sabemos observar con atención, encontramos en todo los ámbitos de la vida en sociedad del ser

humano, y por tanto en su fuero interno, oleadas de resistencia y oleadas de empuje al cambio, a veces indistinguibles; es decir, muchas crisis, desde las naturales, hasta las intencionalmente provocadas, desde las locales, hasta las regionales y las mundiales.

Lo que tienen en común es que todas son producto de la percepción humana. Lo que para usted puede ser una crisis, no lo es para otro. Lo que hoy le aqueja fuertemente, mañana le producirá risa.

Por eso el mayor secreto para remontar una crisis es la paciencia. Ya pasará. No desespere, no se estrese. Viva el día a día. Todo se resuelve en el hoy. Por qué preocuparse del mañana, si un día será hoy.

Algunas crisis pueden ser incluso evitadas, sobre todo aquellas que son repeticiones. Detecte las situaciones que lo ponen en riesgo innecesario y aprenda a darle un nuevo significado a la pérdida y la adversidad.

No hay crisis que no resulte para bien.

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