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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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13 Enero 2021 04:04:00
Rendición pactada
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El PRI afronta una situación desesperada. No es la primera vez que, tras perder la presidencia, ocupa el último lugar entre las principales fuerzas políticas. Ya pasó en 2006. Sin embargo, en el Congreso nunca había estado por debajo de partidos marginales como el PT y Encuentro Social, ni gobernando el menor número de entidades: 12, frente a 10 del PAN y siete de Morena. Las votaciones del 6 de junio próximo son de alto riesgo para el partido que durante siete décadas representó la dictadura perfecta, pues podrían significar la puntilla y, ahora sí, la ansiada jubilación del dinosaurio.

El corporativismo desapareció y la estructura electoral cambió de forma. Los sectores obrero, campesino y popular dejaron de endosarle sus votos al PRI y de ser tomados en cuenta a la hora de repartir candidaturas para ayuntamientos, congresos y gobiernos estatales. Antes tenían cuotas, pero la tecnocracia se las asignó a sus nuevos socios. Los triunfos de octubre pasado en Coahuila e Hidalgo quisieron presentarse como el resurgimiento de unas siglas decadentes. En realidad, fueron resultado de la operación política de gobernadores (Miguel Riquelme y Omar Fayad) de estados caciquiles donde jamás ha habido alternancia.

Las elecciones de junio serán cruciales para los partidos, pues de la distribución de las 500 diputaciones y los 15 estados en juego dependerá su futuro. De ese grupo, el PRI gobierna ocho: Campeche, Colima, Guerrero, Sinaloa, Sonora, Tlaxcala, San Luis Potosí y Zacatecas; el PAN, cuatro: Baja California Sur, Chihuahua, Querétaro y Nayarit; el PRD, uno: Michoacán; y Morena, otro: Baja California. El de Nuevo León es independiente. Además, se elegirán mil 920 ayuntamientos en 30 estados e igual número de legislaturas.

La concurrencia de procesos -lo mismo que la pandemia de coronavirus- le viene al presidente Andrés Manuel López Obrador como “anillo al dedo”, pues puede avanzar el proyecto político y social de la cuarta transformación. La atonía de las oposiciones, la popularidad presidencial y el desdén por la alianza PRI-PAN-PRD favorecen el voto en cascada que en 2018 le permitió arrasar en las urnas y obtener, junto con la silla del águila, el Congreso y la mayoría de las gubernaturas.

En esa tesitura, el PRI, descendiente de generales y caciques, prefirió rendir las armas y aliarse con sus otrora enemigos históricos: el PAN, al cual se asimiló desde la presidencia de Salinas de Gortari; y el PRD, producto del rompimiento de 1988 por la imposición de Salinas, liderado por Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y cuadros locales como López Obrador. El escaso entusiasmo ciudadano por la alianza Va por México obedece, entre otros factores, a la relación de sus miembros con Peña Nieto y al silencio que guardaron frente a la corrupción de su Gobierno.

Firme en su rechazo a Salinas de Gortari y al régimen antidemocrático que lo entronizó, el empresario y excandidato presidencial del PAN, Manuel “Maquío” Clouthier, exhortaba a defender el voto y la libertad sin abdicar de los principios: “Solo está derrotado aquel que ha dejado de luchar”. Hoy, la coalición del PAN con su peor enemigo le “revuelve el estómago” a Cecilia Romero, pero la abraza para “evitar un mal mayor”. Las encuestas electorales ven las cosas de otro modo. Para la mayoría, el enemigo es el “prianato”. El PRD, sin sus líderes originales, dejó de existir.
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