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Dan T
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14 Marzo 2019 03:50:00
¡Idiota, mi Instagram!
Como cada mañana, desperté antes de las 7:00 am para cumplir mi deber patriótico de escuchar y reflexionar sobre las pendejadas que dice nuestro Presidente, de lunes a viernes. Y ahí empezó el horror. Siempre sigo la conferencia mañanera por Facebook, pero al entrar a la página –¡virgen!– estaban solamente los antiquísimos posts del día anterior. Era como si el mundo entero hubiera desaparecido, porque no había una sola nueva publicación de ninguno de mis amigos de Facebook, esos a los que nunca veo, pero que cada año felicito porque el “feis” me avisa.

Sentí terror en mi cama: “¿Y si mientras dormía hubo un ataque nuclear y se murieron todos y sólo me salvé yo porque la radiación no alcanza a traspasar mi cobertor con el tigre estampado?” Como un gato desesperado que trata de atrapar su sombra, así arañaba yo la pantalla hacia abajo, una y otra vez, tratando de que se actualizara, de que hiciera algo, cualquier cosa, que me dijera que el mundo no se había acabado. ¿Quién quiere ser el único sobreviviente del apocalipsis si no hay quien le dé like cuando lo presuma? ¡Brrrr! Nomás de pensarlo me da escalofrío.

Me salí de Facebook y pasé a Whatsapp para tratar de encontrar alguna otra forma de vida inteligente en el planeta. Bueno, eso de inteligente es un decir porque en realidad entré al chat que tengo con mis cuates y al que le cambiamos de nombre según el tipo de borrachera que se esté planeando. Le escribí con la esperanza de que se disiparan mis miedos sobre el fin del mundo: “¡Shiaaavos! ¿Ya les amaneció o siguen esperando su beca de ninis? Oigannn: ¿alguien puede entrar al feis? Estoy tratando de ver la conferencia mañanera del cottonhead (cabecita de algodón, pa’ los que son monolingües) y nomás no me puedo conectar”. Y para que no hubiera dudas de que estaba realmente preocupado, acompañé mi mensaje con un gif de Mi Pobre Angelito poniendo cara de espanto. El mensaje de texto pasó, pero sólo marcó una palomita. La imagen de plano se quedó en el reloj dando más vueltas que las explicaciones del Gobierno. Esperé unos segundos con angustia que se convirtieron en minutos de terror pues nadie me contestaba. Era como si los 6 mil millones de personas que hay en el planeta hubieran desaparecido.

Empecé a mandar mensajes de whats a todos mis contactos: mis hermanos, mis primos, al chat de los vecinos, al de los papás de la escuela; hasta a mi tía Mary le mandé mensaje y eso que siempre la he tenido bloqueada para que no me mande todos los días bendiciones y cadenas de oraciones. Nada. El silencio fue lo único que obtuve. Una duda se me trepó al cerebro como chango a un árbol: “¿Cómo se vive sin Whatsapp? Y peor aún: “¿Qué diablos es la vida sin los memes?” ¡Dios: no te lleves al negro de Whatsapp! Después de comprobar que no había ni Facebook ni Whatsapp, no tenía idea de qué hacer. ¿Me levanto o no me levanto de la cama? Decidí que tenía que investigar de alguna manera qué era lo que estaba pasando, por lo que fui a buscar un viejo aparato que, recordé en ese momento, tal vez me podría servir. Es una cosa llamada televisión. La prendí como pude y ahí me enteré que el mundo no se había acabado, pero casi pues se habían caído los sistemas de Gmail, Facebook y Whatsapp.

Saber que había más gente afuera me tranquilizó un poco aunque no sabía cómo podría comunicarme con ella. Supe que tendría que salir de casa y lanzarme a buscarlos, virgen santísima, ¡en persona! Pero antes tenía que comer algo: me preparé unos huevos rancheros y, me muero, tampoco servía Instagram. ¿Quién come sin subir la foto de lo que come? Moriré de hambre.
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