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Cuenta la leyenda: las historias de terror y misterio más famosas de Saltillo

Las leyendas parecen verdad y aunque nadie puede comprobarlas siguen dando miedo

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Cuenta la leyenda: las historias de terror y misterio más famosas de Saltillo
Foto: Zócalo | Especial
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Saltillo, Coah.- Las leyendas parecen verdad y aunque nadie puede comprobarlas siguen dando miedo.

Para temblar

En estas fiestas patrias no hay nada mejor que juntarse con la familia y los amigos para contar historias de terror, algunas, se presume fueron verdad. Estas historias están incrustadas en las narraciones de generaciones de saltillenses, las versiones pueden variar, el fin es el mismo, provocar el horror, el suspenso o despertar la curiosidad por lo desconocido.

¿Qué es una leyenda?

Una leyenda es una narración tradicional que incluye elementos de ficción, a menudo sobrenaturales, y se transmite de generación en generación. Se ubica en un tiempo y lugar que resultan familiares a los miembros de una comunidad, lo que aporta al relato cierta verosimilitud, es decir, se presentan como reales, pero nadie ha podido comprobarlas.

El callejón del truco


Seguramente has pasado por él muchas veces, pues desde hoy en adelante estarás atento puesto que esta leyenda se desarrolla en nuestra ciudad, en el callejón que se encuentra al lado de la Catedral de Saltillo. Todo comenzó hace poco más de 100 años, un individuo de origen francés y de oficio pastelero, se estacionaba ahí para vender su mercancía.

A la hora de las ánimas exactamente llegaba con los menesteres de su puesto: un brasero, una mesita de madera rústicamente terminada para colocarlo; una canasta de palma “petateada”, llena de pasteles de varias clases, pero todos para ser horneados por el mismo procedimiento y servirlos calientes; un arpillera con carbón vegetal; una tinaja de barro que servía de horno ambulante y que se colocaba sobre el brasero, y un velón de hojalata, sobre un pie de lo mismo, con depósito de sebo y su mecha de borra de algodón.

Muy buenas ventas hacía el pastelero, y llegó a hacerse tan popular su mercancía, que hasta de los lugares más apartados de la ciudad, venían a comprar los exquisitos pasteles. Cada día el pastelero llamaba a sus clientes gritando “Pasen marchantes; aquí hay ricos pasteles y trucos a cinco por un real”.



Los trucos consistían en una especie de tubos de harina con alguna preparación especial, que al ponerse al fuego, se rellenaban por sí solos de una pasta melosa con sabor a frutas. Con el tiempo el pastelero juntó muy buen dinero y se mudó a la capital de México en donde perdió todo en la llamada “Guerra de los Pasteles” en 1838, queriendo recuperar su dinero anunció su regreso a nuestra ciudad, pero nunca llegó y nadie lo volvió a ver, desde entonces cuentan que se puede ver a las 12 de la noche vendiendo pasteles en el callejón del truco en donde intenta a toda costa volver a ser rico.




La leyenda del Consuelo de los Muertos

Esta historia trata de una joven, hija de nobles que una noche se fue con otras dos amigas para dormir juntas. Esta joven vivía en un cortijo enorme, casi como un palacio. Esa noche se supone que iban a estar con su abuela, pero ésta (que estaba muy enferma) tuvo que marcharse al hospital dejando a las tres muchachas solas en el cortijo. Aquella no fue una noche nada agradable, además de lo de su abuela, estaban en pleno mes de julio y una gran tormenta de verano caía sobre su comarca. Asustadas por los ruidosos truenos que rompían contra las montañas cercanas decidieron cogerse de las manos para pasar mejor la noche, era un dormitorio muy grande con tres camas cada una al lado de la otra, con una ventana a la izquierda y la puerta a la derecha, era tan grande que dejaba un buen espacio entre ellas, pero a pesar de eso llegaron a tocarse las manos, cosa que las ayudó a pasar mejor la noche.



Al día siguiente sus padres volvieron trayendo con ellos a la abuela, algo extenuada, pero mejor que la noche anterior y su hija empezó a contarles el miedo que habían pasado y cómo se dieron las manos para tranquilizarse, entonces la madre rió y les dijo que había demasiado espacio entre las camas, las muchachas con incredulidad la llevaron a la habitación para demostrarle que sí, pero al tumbarse e intentar darse las manos descubrieron que les faltaban casi medio metro para tocarse, entonces la abuela se incorporó y dijo “quizás había alguien más que buscaba consuelo anoche, no solo los vivos pasan miedo”.





El Trenazo

La siguiente historia es de las que nadie desearía recordar, pero dada la importancia de que fue un accidente ferroviario de grandes magnitudes, donde murieron unos mil peregrinos, la cicatriz aún no ha sanado. El accidente, se dijo, ocurrió a las 23:25 horas del día 4 de octubre de 1972, el mero día de San Francisco de Asís, en el llamado “Puente Moreno”, ubicado a escasos kilómetros del sur de Saltillo.



La razón por la que el tren se descarriló aún no está clara a pesar de que se han hecho muchas investigaciones, la noticia recorrió todo el país, el tren dejó de utilizarse y a pesar del paso del tiempo no se ha podido olvidar, pues cuenta la leyenda que quien se aventure a acercarse a esas antiguas vías del tren a esa hora en que pasó el accidente, y con mayor razón ese día, podrá escuchar el fuerte ruido del tren al voltearse.




La Dama de los Tacones

Las tradiciones familiares mexicanas son estrictas. Una regla no escrita obligaba a por lo menos una de las hijas a quedarse junto a los padres en su vejez.

Ese era quizá el caso de “La Taconera”, quien habiendo ya alcanzado una edad madura, permanecía junto a su madre, quien rondaba los 90 años, por su delicado estado de salud.

Nadie recuerda el nombre de aquella dama que, según la leyenda que recorre aún las calles del Centro Histórico, vivió en una modesta casa de la calle del Camposanto (hoy Juárez).

No tuvo nunca un prometido, pero por el día en el pueblo se murmuraba sobre lo que se escuchaba de noche: sus tacones, bajando la calle entera hasta donde terminaba el cuadro urbano y comenzaban los establos y algunas casas de adobe detrás del Ateneo Fuente.

Se decía que engalanada acudía hasta allí para visitar al hombre con quien sostenía un romance. Las calles en absoluto sosiego al caer la noche amplificaban el sonido de sus pasos. “Ahí va La Taconera”, solían decir las vecinas que alcanzaban a escucharla en su diario recorrido nocturno.

Su madre sufría por las habladurías. Algunos vecinos estaban seguros de que su hija la descuidaba, olvidándose a veces incluso de alimentarla, por lo que le recriminaban su irresponsabilidad.

Una noche, al regresar de su encuentro romántico, la joven encontró muerta a la anciana. Lo grave –sobre todo para la época– fue que la muerte la sorprendiera en absoluta soledad, sin ningún familiar a quien dar una última bendición y sin un sacerdote que diera soporte espiritual a sus últimos momentos.



Y esa fue la causa de la gran culpa que pesó sobre la joven. No volvió a salir por las noches en busca de su amado. Cuentan que el arrepentimiento no la dejó vivir más y finalmente murió de pena.

Meses después los vecinos del barrio volvieron a saber de ella.

Muchos aseguraban ver su silueta esfumarse en el mismo recorrido que hacía para llegar a la casa de su amado. Otros afirmaban escuchar por las noches el paso marcado de sus tacones.

Los testimonios abundan a lo largo de todo el camino que tantas noches siguiera “La Taconera”: de la calle del Camposanto al poniente, doblando en la calle del Reloj (hoy Bravo), hacia el norte por Hidalgo, hasta el campo del Ateneo.

Quienes intentaban seguir el sonido de sus tacones no los alcanzaban nunca. Y aún más curiosa es la afirmación popular de que quienes caminan en sentido contrario no escuchan nada.

Más de 60 años han transcurrido, pero aún hoy, vecinos de las calles Juárez y Bravo, aseguran escuchar por la madrugada el misterioso taconeo.






La Mulata de Córdoba

Es una leyenda colonial mexicana basada en un caso que sucedió en el siglo 16 cuando la Santa Inquisición acusó de hechicería a una joven y bella mulata y cuyo expediente completo se encuentra en el Fondo Inquisición en el Archivo General de la Nación. Sobre esta leyenda existen muchas versiones de las cuales, la que aquí se presenta, aparece en el libro “Cuentos de Espantos y Aparecidos”, publicado en México por Ediciones Huracán en 1984 y se trata de una versión de Francisco Serrano e inspirada en textos del historiador Luis González Obregón y del poeta Xavier Villaurrutia.

Cuenta la leyenda que hace más de dos siglos vivió en la ciudad de Córdoba, en el estado de Veracruz, una hermosa mujer, una joven que nunca envejecía a pesar de los años.

La llamaban la Mulata y era famosa como abogada de casos imposibles: las muchachas sin novio; los obreros sin trabajo, los médicos sin enfermos, los abogados sin clientes, los militares retirados, todos acudían a ella, y a todos la Mulata los dejaba contentos y satisfechos.

Los hombres, prendados de su hermosura, se disputaban la conquista de su corazón. Pero ella a nadie correspondía, a todos desdeñaba. La gente comentaba los poderes de la Mulata y decía que era una bruja, una hechicera.

Algunos aseguraban que la habían visto volar por los tejados, y que sus ojos negros despedían miradas satánicas mientras sonreía con sus labios rojos y sus dientes blanquísimos.

Otros contaban que la Mulata había pactado con el Diablo y que lo recibía en su casa; decía que si se pasaba a media noche frente a la casa de la bruja, se veía una luz siniestra salir por las rendijas de las ventanas y las puertas, una luz infernal, como si por dentro un poderoso incendio devorara las habitaciones. La fama de aquella mujer era inmensa. Por todas partes se hablaba de ella y en muchos lugares de México su nombre era repetido de boca en boca.

Hace tiempo, mucho tiempo que vive en la vecindad al lado de la plazuela.

¿En verdad? ¡No es cierto! Nunca la hemos encontrado en el patio, en el zaguán. Ni en la calle, ni en la iglesia ni tampoco en el mercado:



¡Luego ella no es de este barrio, luego llegó de repente!

En Córdoba ¡desde cuándo apareció de improviso!...

Nadie sabe cuánto duró la fama de la Mulata. Lo que sí se asegura es que, un día, de la villa de Córdoba fue llevada presa a las sombrías cárceles del Tribunal de la Inquisición, en la Ciudad de México, acusada de brujería y satanismo.

La mañana del día en que iba a ser ejecutada, el carcelero entró en el calabozo de la Mulata y se quedó sorprendido al contemplar en una de las paredes de la celda el casco de un barco dibujado con carbón por la hechicera, quien sonriendo le preguntó:

- Buen día, carcelero; ¿podrías decirme qué le falta a este navío?

- ¡Desgraciada mujer! –contestó el carcelero–. Si te arrepintieras de tus faltas no estaría a punto de morir.

- Anda, dime, ¿qué le falta a este navío? –insistió la Mulata.

- ¿Por qué me lo preguntas? Le falta el mástil.

- Si eso le falta, eso tendrá –respondió enigmáticamente la Mulata.

El carcelero, sin comprender lo que pasaba, se retiró con el corazón confundido.

Al mediodía, el carcelero volvió a entrar en el calabozo de la Mulata y contempló maravillado el barco dibujado en la pared.

- Carcelero, ¿qué le falta a este navío? - preguntó la Mulata.

- Infortunada mujer- le replicó el desconcertado carcelero-. Si quisieras salvar tu alma de las llamas del infierno, le ahorrarías a la Santa Inquisición que te juzgara. ¿Qué pretendes?... A ese navío le faltan las velas.

- Si eso le falta, eso tendrá- respondió la Mulata.

Y el carcelero se retiró, intrigado de que aquella misteriosa mujer sus últimas horas dibujando, sin temor de la muerte.

A la hora del crepúsculo, que era el tiempo fijado para la ejecución, el carcelero entró por tercera vez en el calabozo de la Mulata, y ella, sonriente, le preguntó:

- ¿Qué le falta a mi navío?...

- Desdichada mujer, -respondió el carcelero-, pon tu alma en las manos de Dios Nuestro Señor y arrepiéntete de tus pecados. ¡A ese barco lo único que le falta es que navegue! ¡Es perfecto!

- Pues si vuestra merced lo quiere, si en ello se empeña, navegará, y muy lejos...

- ¡Cómo! ¿A ver?

- Así –dijo la Mulata, y ligera como el viento, saltó al barco; éste, despacio al principio y después rápido y a toda vela, desapareció con la hermosa mujer por uno de los rincones del calabozo.


El carcelero se quedó mudo, inmóvil, con los ojos salidos de sus órbitas, los cabellos de punta y la boca abierta.

Nadie volvió a saber de la Mulata;

Quien les crea a los cuentos de hechiceras

Que pruebe a pintar barcos en los muros.



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